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COLUMNA

Una polémica vetusta

La Conferencia Mundial contra el Racismo, convocada por las Naciones Unidas y que se acaba de clausurar en la ciudad surafricana de Durban, inició su accidentado desarrollo con el abandono de la reunión por parte de Estados Unidos, en solidaridad con Israel, calificado en la conferencia como país 'racista' por su comportamiento con los palestinos. En otras declaraciones formuladas en Durban se amplió ese calificativo al sionismo, como fundamento ideológico de la creación de Israel. En esta página se muestran dos enfoques diferentes acerca del sionismo.

Nunca aprendí el alemán. En mis intentos dejé por el camino los cadáveres de varios profesores, entre ellos el de una graciosa alemana, veinteañera y progre, con quien cambiamos el alemán por el español, que ella hablaba muy bien, cuando se enteró de que su padre había sido SS. Al cabo de dos o tres lecciones le agradecí el esfuerzo y di por concluido mi aprendizaje con ella. Lo que en contrapartida contribuyó a mi formación era la constatación de que los hijos no son responsables del pasado de los padres. Corolario: en los conflictos que enfrentan a grupos humanos distintos, la historia no debe jugar el mínimo papel.

Cuando en 1975 la ONU votó la moción que equiparaba sionismo y racismo, moción contra natura, adefesio de espíritus dominados por el odio o por intereses políticos particulares, lo que me sublevó no fue tanto la petición de principios que planteaba como el lacrimógeno e hipócrita argumento en su favor, según el cual 'un pueblo que conoció el Holocausto no puede ahora comportarse como antaño sus verdugos'. Sí puede, precisamente porque los actuales israelíes nada tienen que ver con el Holocausto y no se les puede pedir que hagan o dejen de hacer nada por el hecho de que los padres de muchos de ellos hayan sufrido a manos de los SS.

En cuanto a si el sionismo es racismo, la polémica huele a rancio. Conozco a muy pocas personas que no hayan participado en ella en los años setenta. No, el sionismo no es racista, más bien al contrario. Los jóvenes que en los años veinte emigraban a Palestina con el sueño de un Estado judío, eran socialistas, laicos, y organizaban marchas al Muro de los Lamentos comiendo deliberadamente bocadillos de... ¡jamón! De Theodor Herzl y Martin Buber a Léon Poliakov, un número asombroso de filósofos e historiadores nos han dejado bibliotecas enteras para demostrar que Israel había de ser una patria para dos pueblos, el judío y el árabe. La opción racista ni siquiera se planteaba.

Por otra parte, el sionismo es una causa cerrada. Lo que proponía el Primer Congreso Sionista, de fines del siglo XIX, era la creación de un Estado judío. Nada más. Eso se consiguió en 1948 y el sionismo, como tal, habría debido dejar de existir en ese momento. A partir de ese momento, en cambio, los problemas de Israel no habrían debido ser sino los problemas de cualquier Estado del planeta: la sobrevivencia y el buen funcionamiento, la democracia y la igualdad social.

Desgraciadamente no todos piensan así, ni entre los judíos ni entre los palestinos. Entre los judíos están los religiosos ortodoxos, para quienes Israel nunca existió ni existe, porque no lo trajo el Mesías; y los reaccionarios laicos o semilaicos, que hoy ostentan el poder, para quienes el sionismo ha de ser una militancia permanente en favor de la grandeza e imperio del país. Y entre los palestinos están los fanáticos, para quienes Israel no es más que una avanzadilla de un fantomático 'sionismo internacional' con base en Estados Unidos, cuyo propósito es conquistar nuevos territorios a expensas del pueblo árabe. Estos palestinos reaccionarios caen en la amalgama racista clásica: la asimilación de Israel con el judaísmo, y éste con el sionismo, de manera que, cuando dicen que el sionismo es racista, me están tachando a mí, que no soy sionista ni israelí, de racista.

Si en lugar de intentar reavivar una polémica vetusta, la conferencia de Durban y la payasada de la conferencia paralela de ONG se hubieran concentrado en la ideología de los otros sectores de ambas poblaciones -los israelíes progresistas, que no ven en su país sino un país más y, como tal, inmerecedor de la destrucción; y los palestinos progresistas, cuyo propósito de conseguir un Estado propio se parece como dos gotas de agua al sionismo de principios de siglo- probablemente las delegaciones norteamericana e israelí no se habrían retirado y la consecución de una declaración final ecuánime habría provisto, a quienes deseamos la paz entre los dos pueblos, de un instrumento valioso. El posibilismo a veces coincide milimétricamente con la justicia.

Mario Muchnik es editor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de septiembre de 2001

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