Columna
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Hasta donde pudieron

El sueño no tuvo un final feliz, pero no hay motivo para la tristeza. Habrá más campeonatos, otras oportunidades, y en cuanto el equipo español madure un poquito, alguno de sus jugadores, caso de Raúl López, pueda ofrecer un mejor rendimiento y se encuentre donde sea un tirador, el futuro no puede ser otra cosa que extraordinariamente esperanzador. Ganó Yugoslavia por calidad, experiencia y un tal Stojakovic, maravilla de tirador que machacó el aro, con especial virulencia en los primeros minutos del último cuarto, donde destrozó las ilusiones españolas a pesar de Angulo o la defensa 1-4 que planteó en algunos momentos Imbroda. Es lo que tienen los grandes depredadores. Que cuando huelen a sangre, en este caso cuando vio que España mostraba cierta debilidad por el esfuerzo que realizó para plantar cara a los desequilibrios que tiene con respecto a los yugoslavos (más bajos, menos tiradores, menos experiencia), Stojakovic no perdonó.

Hasta ese momento, el equipo español estuvo plantado en el campo de una forma intachable. Liberados de la tensión, los nervios, la responsabilidad de alcanzar el gran objetivo de la clasificación para el Mundial -a estos jóvenes talentos sólo les falta el hervor que únicamente se encuentra en la alta competición- España recuperó su identidad y volvió a ser el equipo que ha devuelto la ilusión a los aficionados y ha llevado la expectación que provocan sus actuaciones hasta niveles ya olvidados. Después de dos partidos de esos que se dice que lo mejor es el resultado -sinónimo de actuación por debajo de su potencial- el equipo español volvió a ser reconocible por su osadía, su desparpajo, por la forma en que concibe el baloncesto. Defendieron, corrieron, intentaron hacer lo que normalmente hacen, sin importarles que enfrente estuviera Yugoslavia, supuestamente invencible a tenor de su trayectoria en este Europeo y que por primera vez vio las orejas al lobo. Eso, por sí solo, tiene ya mucho mérito. El planteamiento táctico fue impecable y sólo la inmensa calidad de alguno de los yugoslavos, como Stojakovic o Bodiroga, o la racha que cogió Drobnjak, un armario ropero de tres cuerpos pero con una mano finísima, pudo paliar la gran actuación española.

España llegó hasta donde tenía y podía llegar. Algo más hubiese entrado en el terreno de los milagros y tiempo habrá para que Gasol y compañía puedan optar a mayores objetivos. De todas formas el campeonato no ha terminado ni mucho menos. Queda en juego un metal y una selección mucho más accesible. Para empezar lo que puede ser una época gloriosa, el bronce suena muy bien.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0008, 08 de septiembre de 2001.

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