VISTO / OÍDO
Columna
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Fin de raza

'Era una buenísima persona', decía Giménez-Arnau, camino de Sevilla para enterrar al duque. Si él habla bien de alguien, hay que creerle. Las bellísimas personas son aquellas que resultan perseguidas por sus vicios y malditas. Las que no tienen ese superlativo se las arreglan mejor. No sé cuál es el nivel de alcohol y drogas por cabeza entre los fotografiados en esas revistas, pero saben cómo. Hay unos manuales de uso que no todo el mundo lee, y el duque de Feria no los había leído. No había leído apenas nada. Como en ese delito de una menor a la que bañó: no venía con las instrucciones necesarias, y era una niña-trampa, pobre infeliz de ella; trampa de su familia, de los cazadores, de los explotadores. Él explicaba esa estupidez que hizo, que no fue más, por el alcohol y la droga. Y quizá por una cacería que en otros puntos de Sevilla se llevó a otros ciudadanos no culpables: cuando les llegó la inocencia, alguno ya había pagado demasiado.

En todo caso, cuando repiten los antiguos vídeos, me vuelve a chocar lo mismo que entonces: no sé qué hacía este hombre blando, un poco descompuesto, sin barbilla, con la cara de fin de raza de quienes han salido de una endogamia que empezó con los hombres nervudos y brutales de la reconquista, casado con una mujer de barbilla alta: no sé cómo podía vivir junto a la 'mujer más elegante del planeta', según unas votaciones que repetía Telemadrid cuando arrancaba y llenaba -muy bien- la noticia. Será también una buenísima persona; pero de otro estilo, y hasta en la alta sociedad el estilo es una cuestión importante. Uno representaba lo demasiado humano; la otra, la imagen, el icono, lo que la misma palabra de su profesión dice, 'modelo'. Lo frío. No, no entro en el interior de cada uno: sólo digo lo que se ve en personas que se exhiben. Ahora vivía él, divorciado y arruinado y perdido, con una mocita sevillana. No sé si este fin de raza de la gran familia Giménez-Arnau la conoce bien: me gustaría que nos dijera que al final de sus días ha tenido alguien que haya podido ayudarle.

'Ha abierto una ventana en su habitación cerrada', dijo alguien en la necrología de urgencia. Como si lo hubiera decidido él, como lo había querido otras dos o tres veces (que se sepa). La metáfora de la pared rota da una sensación de que el aire libre ha entrado por fin en una vida que las personas decentes habían destrozado.

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