Brasil llora la muerte de Jorge Amado
El escritor pidió que sus cenizas fueran esparcidas alrededor del árbol de mango de su jardín

La muerte de Jorge Amado, el escritor de la magia y de la sensualidad, ha causado honda consternación en Brasil. El país está de luto. De él se hablaba ayer en los autobuses, en los bares y en la calle. Y en las favelas de todo Brasil, no sólo en las de Bahía, la tierra que mejor supo contar. Todos los miserables de este país, todos los proletarios, los que tienen menos de un dólar al día para sobrevivir, y todos los personajes más marginales: las prostitutas, los diferentes, los mendigos, los negros, los despreciados por la sociedad de la globalización, lloran a quien les cantó y defendió desde que a los 20 años comenzó a contar sus vidas y sus historias. Su muerte pone fin al Brasil del siglo XX.
El país entero asistió a través de las imágenes de la televisión al adiós al escritor que no sólo había revelado Brasil al exterior, sino que tuvo el valor de revelar a sus propios conciudadanos un Brasil que no pocos intelectuales de su tiempo preferían silenciar. Lo descubrió, lo sacó a la superficie, lo amó y se identificó con sus personajes más marginales. Descubrió lo que de cultura popular había en ellos y él mismo la asimiló.
Fue más querido por el pueblo que por el mundo intelectual y acomodado. Los críticos lo crucificaron toda la vida, pero él era paciente y decía que no reconocía más críticos que sus lectores. Y éstos le retribuyeron comprando sólo de alguna de sus novelas más de 20 millones de ejemplares. Y lo consagró el cine y la televisión. El filme Doña Flor y sus dos maridos, interpretado por Sonia Braga, considerada en aquel momento el paradigma de la mujer brasileña: morena, bella y sensualísima, fue visto por 12 millones de espectadores. Y las telenovelas de la cadena Globo inspiradas en sus obras obtuvieron índices de audiencia nunca alcanzados hasta entonces. Jorge Amado era del pueblo, aunque la noche del lunes se adueñaron de su velatorio las autoridades políticas de Bahía sin exclusión, aunque también estuvo presente todo el mundo de la cultura que lo había sostenido contra las críticas de los selectos. El escritor João Ubaldo Ribeiro se fue la misma noche de su muerte a Salvador para estar presente en su incineración. Eran amigos desde hacía 30 años y está considerado como uno de los mejores seguidores de la literatura de Amado. Muy afectado, comentó: 'Ya sabemos que la muerte es algo natural, pero eso no nos consuela. Yo estoy tristísimo porque se nos ha ido no sólo uno de los mayores escritores del mundo, sino un gran amigo'.
Zelia Gattai, la compañera inseparable del escritor desde hace más de medio siglo, que le había seguido siempre en el exilio, dijo ayer que para ella existe una sola cualidad para definir la vida de su marido: que fue bueno. Un tiempo antes de su muerte el escritor confesó: 'Mi corazón está cerrado a la envidia'. Lo demostró cuando José Saramago recibió el primer Premio Nobel de literatura de lengua portuguesa. Amado, sin rencor, le llamó para felicitarle y para decirle que se lo merecía.
Saramago afirmó ayer que el hecho de que los libros de Amado estén traducidos a 50 idiomas 'representa la proyección de su obra y de su persona'. 'Su muerte', añadió, 'representa una gran pérdida para nuestra lengua y para la literatura internacional'.
Jorge Amado nunca tuvo buenas relaciones con la vejez ni con la muerte. Hacía tiempo que no quería celebrar sus cumpleaños: '¿Para qué celebrar una decadencia?', decía amargo. Poco antes de fallecer había afirmado que no le gustaba la muerte porque 'le impedía amar y seguir siendo testigo de la vida'. Un día le confió al escritor José Sarney: 'Dejémonos de pamplinas, la vejez es una gran desgracia'.
En el retrato que hizo hace unos años de sí mismo afirmó que su mayor condescendencia era para con los errores en el amor; que su sueño era ser elegido un día cardenal; que tenía todas las supersticiones; que su mayor vicio era la comida y que si la cualidad masculina que más apreciaba era la bondad, la femenina era la bunda (el trasero).
El presidente de la República, Fernando Henrique Cardoso, dijo ayer que 'el portugués de Jorge Amado seduce a los cinco sentidos al estar lleno de colores, sonidos, perfumes y tactos'.
No sólo Brasil llora a Jorge Amado. La noticia de la muerte del autor de Grabriela, clavo y canela desconsoló a escritores de todas partes, que alabaron unánimente su obra. En España, Mario Vargas Llosa declaró a la agencia Efe: 'Nunca tendré palabras para agradecer la ayuda que me prestó. Si el cielo existe y algún escritor entra, estoy seguro de que será Jorge Amado'. 'Comenzó escribiendo unas novelas muy comprometidas socialmente, casi en las orillas del realismo socialista, graves, tristes, algo lúgubres, como las que hubiera escrito un hombre de avanzada edad y luego, a medida que fueron pasando los años, se fue rejuveneciendo y escribiendo historias llenas de humor, de alegría de vivir y de sensualidad, con la libertad de invención y de palabras como las de un joven'.
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