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Tribuna:REDEFINIR CATALUÑA

Félix el malo

A pesar de que aquel endogámico, narcisista y prepotente lema pasó a mejor vida, aún hay quien milita en la cuestión con notable tozudez. ¿A qué me refiero? A la frase puix parla català, Déu li dóna glòria, que alguien modificó, para bien de la inteligencia, en un lúcido puix parla català, vejam què diu. Parece de cajón que la bondad o maldad de un pensamiento no viene dada por el instrumento usado, a no ser que haya quien confunda el idioma con el pensamiento mismo. Sin embargo, en este país maniqueo donde lo bueno y lo malo aún se miden por fronteras definibles y la gente es ubicada sin otro matiz que el lado de la frontera donde ha caído..., no parece tan de cajón lo cajonable. ¿Nos escuchamos? ¿Nos leemos? ¿O definitivamente somos autistas de lo distinto, permanentemente secuestrados por nuestros dioses menores, que nos hacen despreciar como demonios los dioses del patio vecino? Creo que en Cataluña nadie escucha a nadie y, lejos de militar en un sano debate de las ideas, militamos en un narcisismo empobrecedor que alimenta nuestra vanidad de la misma forma que sobrealimenta nuestro aislamiento. Tres son los pilares del autismo: ir por libre, y por tanto vivir casi en la nada, especie de extraterrestre al que todo el mundo mira y nadie escucha; ser de 'los nuestros', intelectual de la patria correcta, leído por el régimen y amigos varios, y paciente héroe que asume la pesada carga del hombre catalán, tan cargado de razón histórica como poco reconocido; o ser de 'los otros', los malos, españolitos infiltrados, todos socialistas del socialismo también malo, el pesoe libérrimo, que sólo quieren que Cataluña desparezca del mapa. Y así, alegres en la rueda del maniqueísmo, saltan los matices, se rompen los diálogos y cada cual va por el mundo con su etiqueta pegada en la frente: se dinamitan las palabras, inundan los ruidos y nadie se contamina de las ideas del contrario.

Todo esto viene a raíz de mi último artículo, donde coincidía, en aspectos fundamentales, con un análisis que había hecho previamente Félix de Azúa, aunque planteaba consideraciones complementarias. Lo importante, sin embargo, parece que no ha sido lo que nos hemos dicho Félix y yo, la supuesta razón que podíamos tener, el debate, en definitiva. Lo importante ha sido el sacrilegio que, según parece, ha cometido esta servidora al no lanzar al fuego de los infiernos a Félix con sólo mentar la bicha. Puix és Félix de Azúa... nada de vejam què diu. Directamente al ostracismo purificador, que para eso capitanea el ejército de los malos. Y así he visto como mi correo electrónico se inundaba de lectores perplejos que no tenían ningún interés en lo que discutíamos, sino en lo escandaloso del respeto que nos mostrábamos. '¿Cómo te tuteas tan tranquilamente con un españolista impresentable?', me decía uno. Uno que podría ser el resumen de muchísimos, todos cabreados conmigo por respetar al malo, todos perplejos porque habíamos puesto palabras y no insultos a las discrepancias. Pilar Rahola y Félix de Azúa solo pueden despreciarse, dice el lema de la Cataluña obligada: lo demás son traiciones.

Pues a traicionar, amigos, todo lo que podamos. Porque esta Cataluña del XXI que no llega, enganchada aún al carro de las Cataluñas simbólicas que la virtualizan, no sólo se va a construir con la caída del régimen, sino sobre todo con el cambio de mentalidad. ¿Se puede construir un discurso inteligente de nuestro país dándonos la espalda unos a otros, prisioneros de las etiquetas que nos hemos impuesto y que nos impiden escucharnos? Claro que hay mucho de lo azuístico que no me gusta, pero necesito escucharlo, necesito discrepar de esa inteligencia viva para crecer. Yo y el trozo de Cataluña donde me ubican los buenos a pesar de mí misma. La negación del pan y la sal a un montón de intelectuales que actúan y piensan en Cataluña y la enriquecen sólo nos ha dado la medida de nuestra pobreza intelectual. Que lo babeliano no nos gusta a un montón es evidente, tanto como que ese montón no gusta a lo babeliano, pero nos necesitamos. Una Cataluña no se va a construir sobre la anulación ni sobre el desprecio a la otra Cataluña. Y en el puente de diálogo que un día u otro habrá que construir, quizá descubriremos que había tantas Cataluñas como cabezas pensantes. Quizás descubriremos que los verdaderos malos fueron los que se inventaron el maniqueísmo... Ergo, los que mataron las palabras.

Pero no sé... ¿Pasará? ¿O continuaremos con nuestros lujos suicidas, que nos impiden dejarnos seducir por la maravilla literaria de una Rosa Regàs o por la ironía de un Terenci sólo porque no son de nuestra patria correcta? ¡Eh!, y viceversa: que el desprecio a lo externo ha funcionado a lado y lado de la frontrera. En fin, quiero pensar que sí. Quiero creer que cuando este país reduzca a cotas mínimas su tendencia al melodrama y aterrice en la Cataluña real, dinamitadas todas las Cataluñas inventadas, cuando deje de preguntarse cada día quién es y a quién ama, y empiece a ser adulto, será mucho más difícil crear esos compartimentos estancos de la inteligencia, sin puentes de conexión, sin contaminación externa. Y quizá entonces empezaremos a escucharnos, superada la etapa infantil del autismo narcisista. De momento, sin embargo, ya ven ustedes. Algunas estamos por cargarnos los tópicos a martillazos y practicar la promiscuidad de pensamiento, a ver si de una vez descubrimos la maravilla del sexo libre y nos liberamos del triste placer de la práctica solitaria. ¿Félix de Azúa? Puix parla i escriu, vejam què diu. Eso o continuar viviendo en las felices cárceles de estos 20 años de prejuicios.

Pilar Rahola es periodista y escritora. pilarrahola@hotmail.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de mayo de 2001