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Tribuna:LA CRÓNICA

El atracador del Premio Goncourt

A diferencia de algunos remuneradísimos premios literarios españoles, que llegan a convertirse en una cruz para su ganador y degeneran en comedias bárbaras protagonizadas por escritores Nobel y escritoras novel, el Premio Goncourt de novela, el más codiciado galardón de la literatura francesa, dotado con 10 francos, parece querer, también él, escribir curiosas y extraordinarias novelas. En su edición de 1990, convirtió en auténtica estrella a Jean Rouaud, un modesto quiosquero de París que por las mañanas despachaba la crujiente prensa del día y por las tardes se encerraba a escribir novelas. Diez años más tarde, ha ido a parar a Jean-Jacques Schuhl, autor de dos libros de culto de los años setenta, Rose Poussière y Telex nº 1, del que no se tenían noticias desde hacía 28 años. En la novela ganadora, Ingrid Caven (Seix Barral), Schuhl traza una suerte de biografía de fantasmagórica belleza de su actual mujer, la actriz y cantante alemana Ingrid Caven, un auténtico icono seventie, en su día esposa y musa de Rainer Werner Fassbinder.

Jean-Jacques Schuhl, último premio Goncourt, tenía una obsesión en su visita a Barcelona: comparar su torso con el de Philippe Sollers...

Ingrid Caven no ha podido venir a Barcelona a apoyar la presentación española de la novela que lleva su nombre y buena parte de sus misterios. Se ha quedado en París medicándose contra una de sus alergias recurrentes. Schuhl ha venido acompañado por su amigo Frédéric Prado, un pintor de origen sefardí que, sin ser Ingrid Caven, no resulta en absoluto decepcionante. Ataviado con un elegante traje cruzado de raya diplomática, un col roulé negro y un sombrero de ala ancha, Monsieur Prado recuerda sus viajes infantiles a Barcelona, donde su padre venía a hacerse los trajes, y por las tardes asistía a unos tremebundos espectáculos que tenían lugar en lo que él recuerda como la trastienda de una tienda de ultramarinos, donde un público despiadado y vociferente escarnecía a un elenco de enanos saltimbanquis, prestidigitadores mancos y cabareteras con piernas de palo. Ahora Monsieur Pardo se sorprende de la cantidad de falsos bares de falsas tapas que invaden el ya casi falso centro de Barcelona.

Jean-Jacques Schuhl desplaza su filiforme anatomía con dificultad, sostenido por unas piernas castigadas por la artrosis que parece que vayan a quebrarse de un momento a otro y por un bastón con empuñadura de plata que recuerda un palo de golf. Acaba de cumplir 60 años, pero mantiene esa imagen a lo John Cale, mezcla de rock-star de los setenta y de profesor de literatura. Abandonó el alcohol hace unos años y enciende y apaga continuamente cigarros habanos de mediano calibre. Él y Prado se extasían con el jamón y las gambas de Casa Leopoldo (¿adónde llevar si no a cenar a dos admiradores de Jean Genet y Pierre Mac Orlan?) y desbordan mi cuaderno de notas con biografías abreviadas de starlettes francesas de medio pelo -muy célebres en los cincuenta- y actores eléctricos como Le Vigan, un colaboracionista amigo de Céline que acompañó a éste, su mujer y su gato Weber durante su exilio danés. Hablan también de la curiosa fauna parisina que frecuenta aún la Brasserie Lipp y el Café de Flore, como ese escritor norteamericano, de rasgos muy parecidos a los de un lémur, que trata de disimular su ambición de celebridad tras una ingenua y a la vez sofisticada sinécdoque: 'You know, Ian-Iak? Un jour jei voudray que ma chatte Lola soit aussi connue que Weber'.

La charla nos conduce al ineludible Philippe Sollers, uno de los popes de la cultura francesa de las últimas décadas y responsable, desde su despacho de Gallimard, del regreso de Schuhl a la actividad literaria. A Schuhl le regocija enormemente la historia del retrato que Pedro Madueño tomó de Sollers durante una de sus visitas a Barcelona, sentado en la cama de un hotel y con el torso desnudo. '¡Yo también quiero fotografiarme con el torso desnudo! ¡Como Sollers!'. Charlamos del Goncourt, un galardón que le ha hecho sentirse como un atracador a mano armada del establishment literario francés, y de Rose Poussière, su primer y mítico libro. 'De Rose Poussière se vendieron 2.500 ejemplares en 28 años, de Ingrid Caven se han vendido 250.000 en 28 días', explica Schuhl. 'Pero el Goncourt es el típico libro de la gente que compra un solo libro al año, y además para regalar. Imagino el chasco de una señora de Toulouse que se encuentra Ingrid Caven en el abeto de Navidad, junto a una botella de champaña y un par de guantes. '¿Por quién me habrán tomado?', debe de preguntarse cuando abre el libro y comienza a encontrarse historias de drogadictos y maricones. Tras 28 años en el desierto, he regresado para convertirme ¡en el aguafiestas del Goncourt!'. Pero la historia del torso desnudo en la prensa española de Philippe Sollers ha quedado rondando en su cabeza, y para asombro de la concurrencia de Casa Leopoldo, Schuhl se pone en pie y somete esa parte de su anatomía a nuestro juicio. 'Está claro que no soy Hemingway, que era un profesional del torso desnudo, pero ¿qué le parece el mío?'. 'Para un Goncourt creo que no está mal'. '¡Ya me gustaría ver el de Echenoz! ¡Pero no el de Amélie Nothomb!'.

Horas más tarde concluimos la charla en el salón a oscuras del hotel de lujo en el que Schuhl y Prado se hospedan en Barcelona, donde el escritor expone su particular teoría del fin del siglo XX. 'Para mí terminó a comienzo de los ochenta, cuando con poca diferencia de tiempo murieron Fassbinder, Jean Eustache y el productor Rassam. Murieron los tres en circunstancias parecidas: en una habitación desierta, boca abajo sobre una cama, tras un excesivo consumo de drogas y alcohol, y frente a una pequeña pantalla que escupía incesantes imágenes mudas. El título de esa alegoría sería el siguiente: El cine rindiéndose ante la pequeña pantalla'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de abril de 2001