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COLUMNA

¿Racista yo?

Las recientes declaraciones xenófobas de Heribert Barrera, ex presidente del Parlament catalán y líder de Esquerra Republicana, han puesto sobre el tapete la cuestión de la relación entre la inmigración y los nacionalismos. Digo nacionalismos, sin distinguir entre los periféricos y el inefable nacionalismo español. Porque curiosamente don Heribert no sólo justifica la actitud del demagogo Jörg Haider, sino -y esto me parece mucho más grave- también los sucesos de El Ejido del año pasado. Y es que el catalanismo radical de Barrera se acerca peligrosamente al populismo racista del austriaco y al españolismo ultraderechista de varios de los inductores del intento de pogromo de la localidad andaluza.

'Al racismo hay que combatirlo con la educación en la tolerancia y en el respeto de la diferencia'

Nunca he entendido la fijación de los medios de comunicación con Sabino Arana, convertido en paradigma del racismo. No la entiendo porque los primeros teóricos del catalanismo (por ejemplo Valentí Almirall y Enric Prat de la Riba) y del galleguismo (Vicente Risco) eran tan racistas como Sabino. Siempre he sospechado que no era políticamente correcto satanizar a los nacionalismos catalán y gallego, por lo menos hasta derrotar electoralmente al vasco. Si el 13 de mayo el PNV es desalojado del Gobierno de Vitoria veré pronto confirmada o desmentida mi hipótesis.

Decía Renan que los olvidos son tan importantes para constituir una nación como la propia memoria colectiva. Pero no estará de más recordar que España se hizo expulsando a judíos y musulmanes tras ocho siglos de Reconquista y que, por lo menos hasta mediados del siglo XIX, se impidió a los descendientes de cristianos nuevos ocupar cargos públicos. Los que critican la manipulación de la historia por los nacionalismos periféricos no han puesto ningún empeño en señalar que la esclavitud fue legal en la Península hasta 1870 (y hasta 1880 en Cuba, entonces territorio español). España es producto del racismo institucionalizado. La propia permanencia del pueblo gitano se explica en parte por la discriminación de la que ha sido objeto durante seiscientos años.

Durante la llamada transición no sólo se sobreseyeron los desmanes de una de las dos Españas. También se olvidó, por ejemplo, que antes de la Guerra Civil en Esquerra Republicana de Catalunya hubo un sector ultranacionalista, liderado por Josep Dencàs, prácticamente indistinguible del fascismo. Dencàs fue el protagonista de los acontecimientos que siguieron a la proclamación del Estat Català el 6 de octubre de 1934, que se saldaron con varias decenas de muertos, la suspensión del Estatut y el encarcelamiento del propio presidente de la Generalitat, Lluís Companys.

Afirma Barrera que Cataluña desaparecerá si sigue la inmigración a este ritmo. Con tan pesimista actitud no hace más que actualizar las predicciones del demógrafo Josep A. Vandellós, discípulo del estadístico fascista Corrado Gini. En los años de la Segunda República Vandellós advirtió del peligro de que la 'raza' catalana fuera asimilada por los inmigrantes 'castellanos'. Ahora al parecer son los magrebíes quienes amenazan la continuidad histórica de Cataluña.

Pero supongamos que los temores de los nacionalistas son fundados. Que bajo los efectos de la inmigración Cataluña, Vasconia, Galicia, España entera pueden dejar de existir como pueblos diferenciados. ¿Y qué? Lo que es a mí, tal pérdida me dejaría bastante frío. Una sola vida humana vale infinitamente más que todas las tradiciones juntas. Lo que me hierve la sangre es saber que decenas, tal vez cientos de miembros de mi especie mueren cada año intentando cruzar el Estrecho de Gibraltar por una absolutamente injusta distribución de la riqueza a escala planetaria. Y me revienta especialmente que en este país se haya privado de derechos políticos a varias decenas de miles de personas mientras seguimos hablando de 'derechos históricos' y del sexo de los ángeles.

Según Léon Poliakov, el ser humano es racista por naturaleza y ese racismo natural sólo puede ser combatido por medio de la educación en la tolerancia y en el respeto de la diferencia. Y un vasco universal, Koldo Mitxelena, añadió: 'Soy hombre antes que vasco y antifascista por encima de todo'. Pues aplíquese el cuento, señor Barrera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de marzo de 2001