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Tribuna:

Niza y después de Niza, o sigue tocando, orquesta de Europa

Estar en Niza era asistir a un moderno Congreso de Viena. Si hubieran sentado a Talleyrand, Metternich y Castlereagh en aquella gran mesa ovalada del centro de conferencias Acrópolis, habrían necesitado unos momentos para acostumbrarse a la brutal arquitectura de cemento, a la interpretación simultánea ("¿por qué no habla francés todo el mundo?", pregunta el príncipe Metternich), a los trajes de calle y a los teléfonos móviles. También se sentirían desconcertados ante ese profesor italiano que parece afirmar que es el presidente de Europa. Pero, al captar la esencia de lo que está pasando, pronto se sentirían como en casa.¿Cada estadista propone sus intereses nacionales en nombre de Europa? Por supuesto. Ésa es la primera regla del juego europeo. ¿Los actos están en parte dirigidos por algo que se denomina Consejo de Ministros? Así era en Viena en el invierno de 1814 a 1815. ¿Hay un interminable forcejeo acerca de los poderes mayores y menores? En Viena se discutió con violencia si había Cuatro Grandes, Cinco Grandes o incluso Seis Grandes. Aquí, Alemania reclama más peso porque tiene más población, mientras que España empuja para que se la reconozca como uno de "los grandes", y todos los "pequeños" claman para mantener su comisario en Bruselas.

Las personalidades cuentan, como también la pura energía física, y a los países pequeños les puede ir mejor si tienen una gran personalidad que los represente. Mucho depende de intrincados detalles de procedimiento y del tratado. (En Viena tenían el Comité Estadístico y el Comité del Ducado de Bouillon: de ahí sus propuestas despiadadamente complejas para la Reponderación del Voto). Refinados cortesanos y diplomáticos rondan ansiosos por los pasillos, intercambiando con cautela confidencias y globos sonda. Fuera está el brillante acompañamiento de cenas distinguidas, grandes hoteles, séquitos, carruajes, y lacayos. Pero en el centro de todo hay un grupo de líderes nacionales sentados en torno a una mesa, a puerta cerrada, practicando la alta diplomacia de una manera elemental.

Por supuesto, si Talleyrand y Metternich se quedasen un poco más se sentirían más confusos. Por ejemplo, se sorprenderían al descubrir que sus sucesores habían excluido de forma unánime y definitiva la guerra como instrumento político. (Probablemente se tranquilizarían al ver la prensa británica, con titulares como el del Sun del pasado viernes: "Blair hace la guerra a Chirac", lo que los devolvería a los buenos tiempos en que el Reino Unido parecía estar siempre en guerra con Francia y todo andaba bien en el mundo). Se sorprenderían igualmente al saber que el profesor con gafas, Prodi, representa en realidad una gran estructura permanente, en la que los Estados y sus ciudadanos están sujetos al marco superior de la ley europea.

También es posible que se preguntaran por qué sus colegas en el liderazgo no hacían más que desaparecer del Acrópolis para ir a otro edificio enorme de cemento que estaba al lado. Si los hubieran seguido, habrían encontrado a cientos de periodistas sentados en filas, como revoltosas gallinas ponedoras esperando a que les den su comida. Nos han dicho que desde Viena el prusiano Friedrich von Gentz dejaba caer de vez en cuando una información tendenciosa al Beobachter, y que Talleyrand no estaba por encima de él al utilizar el Moniteur. Pero, preguntarían ellos, ¿qué demonios es la "opinión pública" con la que todos nuestros colegas parecen estar tan preocupados?

Sin embargo, se tranquilizarían al descubrir que el resumen informativo lo hacen casi enteramente las delegaciones nacionales (cada una tiene su propia sala de información, señalada con la bandera nacional), con una historia especial que le cuentan a la prensa de su país. Hay mucha murmuración en contra de una presidencia despótica y partidista de los franceses (digna de Talleyrand, pero menos eficaz). Los franceses afirman en privado que fueron los alemanes los que hicieron la propuesta, obviamente injusta, de que a Polonia se le debían dar dos votos menos que a España, a pesar de tener la misma población, en un borrador de reponderación de votos que surgió el sábado. Los alemanes y los británicos dicen que eso fue un acuerdo hilvanado entre los franceses y los españoles. Y así sucesivamente.

Nuestros veteranos estarían sorprendidos al descubrir que este nuevo Congreso de Viena se reúne sólo durante unos pocos días (pero lo hace con regularidad, por lo menos dos veces al año). Cuando fueron al eterno descanso había una cosa que se llamaba Concierto de Europa. Ahora no hay sólo un concierto, sino una Orquesta de Europa. Una orquesta sinfónica completa compuesta por músicos nacionales que se conocen bien los unos a los otros y tocan juntos todo el tiempo. Pero una orquesta muy extraña, porque aunque tiene directores y un comité de coordinación, la batuta del director se pasa de músico en músico a intervalos de seis meses. Hoy es el trombón francés Jacques Chirac el que está sobre el estrado, agitando los brazos con entusiasmo galo. Pronto la batuta pasará al sobrio percusionista sueco Goran Persson. Incluso el flautín de Luxemburgo tendrá su turno.

Hay dos grandes cuestiones planteadas en esta cumbre de Niza (ciertamente una de las más importantes, así como la más larga, de los últimos diez años). La primera es si la orquesta podrá seguir tocando alguna pieza reconocible si se propone duplicar su tamaño. La segunda es si los pueblos de Europa seguirán aceptando que les dirija una orquesta que toca a puerta cerrada.

Para alguien que ha defendido la importancia de la ampliación, es profundamente satisfactorio ver cómo ahora es aceptada sin reservas y públicamente por las más altas instancias de Europa. Incluso los franceses dicen una y otra vez que Niza es para preparar una UE de 25 o

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30 miembros. Once años después del final de la guerra fría, Europa ha reconocido finalmente lo que sucedió en 1989. Antes de que la cumbre de los quince líderes nacionales de la UE se pusiera en marcha el martes por la tarde, se unieron a ellos los dirigentes de otros 14 países europeos (o, en el caso de Turquía, semi-europeos), 12 de los cuales ya están comprometidos en negociaciones para el ingreso. Éste es el gran orden del día para la próxima década. Como observa el analista alemán Michael Mertes, Niza ha sido llamada "Maastricht 3", dado que formalmente está atando cabos sueltos institucionales que quedaron en Maastricht (1991) y Amsterdam (1997), pero también es "Niza 1", el comienzo de un juego nuevo y más amplio.

"L´ après Nice", como lo llaman aquí, aunque hacen que suene más bien a "l´ après ski", se tratará sobre todo de esto: cómo hacer una Unión más grande que funcione. ¿Cómo, por ejemplo, se puede alcanzar un acuerdo en un juego de diplomacia con treinta (o, con los ministros de Asuntos Exteriores, sesenta) jugadores en torno a la mesa? Pero al mismo tiempo, los músicos tienen que abordar la creciente preocupación de una cantidad cada vez mayor de la llamada "gente corriente" de Europa por el hecho de que la Unión es distante, burocrática y ajena, y está más allá de cualquier control democrático.

Cuando me acercaba al Acrópolis el primer día, mostrando mi insignia para atravesar el cordón de policías y de barreras metálicas antidisturbios que rodeaba toda la zona, pude ver y oír una gran multitud de manifestantes (sindicalistas, verdes, vascos, anarquistas, incluso un grupúsculo de Socialist Worker) que avanzaban por la Avenue de la République cantando eslóganes y batiendo tambores. Eran como un coro griego que proclamase "nosotros somos la gente de Europa y tendrán que oírnos". Éstos eran principalmente lo que los franceses llaman los anti-mondialistes, los que ven a la UE como una explanadora de la globalización capitalista. Pero al día siguiente hubo una manifestación a favor de una integración más democrática, centrada en la demanda creciente de una Constitución para Europa. Un cartel proclamaba "Cumbre europea = Luis XVI, Constitución europea = Democracia". Y había simbólicos hombres de paja con el cartel de "inter-gubernamentalismo". Las demandas populares vienen de todas partes.

Así pues el reto pos Niza es hacer una Europa que sea al mismo tiempo más grande, más eficaz y más democrática. Suficiente material para muchos más Congresos de Viena. Se puede decir que ésta es una forma absurda de regir un continente, pero ¿hay alguien que tenga otra mejor?

Timothy Garton Ash es periodista e historiador británico, autor de Historia del presente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de diciembre de 2000