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Editorial:

Investigar sin recursos

Los datos son tozudos y desafían los intentos de ocultar que los recursos dedicados a la ciencia y a la investigación en España no están evolucionando conforme a las proclamas de las autoridades. El Instituto Nacional de Estadística ha dado a conocer en los últimos días que el gasto en investigación y desarrollo (I+D) para 1999 fue del 0,89% del PIB, una cifra similar a la registrada en los últimos años, incluso algo menor que la correspondiente a 1998. Para este año no hay todavía datos oficiales, pero la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología ha comportado un periodo de ajuste que ha perturbado el mecanismo de concesión de ayudas a proyectos y ha retrasado el libramiento de muchas ya concedidas, por lo que no resulta verosímil que la cifra dedicada a I+D haya experimentado este año ningún cambio significativo.No parece, pues, que estemos acercándonos al promedio europeo, ligeramente superior al 2% del PIB, en contra de lo prometido solemnemente por el presidente del Gobierno, que situaba la consecución de este objetivo para el final de la legislatura. Se intenta, por el contrario, ocultar la escasez de recursos dedicados a investigación añadiendo capítulos, como los gastos en equipamiento militar sofisticado o las llamadas acciones de apoyo a la innovación, que aumentan las partidas contabilizadas, pero en nada modifican la situación real. El fomento de la innovación y los créditos a empresas innovadoras o de nueva creación son, sin duda, factores positivos para la modernización económica de nuestro país, pero lo que se contabiliza como gasto en I+D está definido según normas internacionales que posibilitan la comparación de datos homogéneos para distintos países o periodos.

Es un hecho admitido generalmente que, a la hora de afrontar un futuro en el que las mercancías de mayor valor son el conocimiento, en todas sus dimensiones, y la preparación de las personas, uno de los puntos débiles de España es la escasa envergadura de su sistema de ciencia e investigación. Y la única manera de cambiar este estado de cosas es invertir más en la creación de plazas de investigador en las universidades y organismos públicos de investigación, en fomentar la actividad investigadora en el sector privado, en mejorar el equipamiento científico y en dedicar recursos al apoyo sostenido de iniciativas que aglutinen esfuerzos científicos y hagan más sólido nuestro entramado de investigación.

Hay una generación de jóvenes investigadores que se ha formado gracias a la mejora registrada en este campo a lo largo de los años ochenta y que no está teniendo oportunidades para desarrollar su labor en España. En muchos casos emigran a países más sensibles o más inteligentes, perdiéndose así el esfuerzo invertido en su formación; en otros gastan sus energías en encontrar algún resquicio en un sistema científico bloqueado o desisten de seguir su vocación y buscan otras ocupaciones. Se trata de un desperdicio que de ninguna manera deberíamos permitirnos. Los artificios contables cambian las apariencias, pero no la realidad, que no es precisamente prometedora. Y las declaraciones sólo son útiles si luego se convierten en medidas efectivas que mejoren esa situación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de diciembre de 2000