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Tribuna:

Diálogo con Arzalluz

Interesante entrevista con Xabier Arzalluz la que firma el domingo Cirilo Dávila en el diario Deia. El presidente del PNV dice allí rotundo que en 105 años no han cambiado y que ahora tampoco lo harán aunque lo pida La Moncloa. Aduce en su defensa lo "poco que le preocupó a Aznar nuestro ideario cuando en la anterior legislatura nos necesitó para apoyar su investidura". Pero conviene matizar, primero, que ni siquiera era por necesidad, porque los votos comprometidos de CiU y los de Coalición Canaria ya resultaban más que suficientes, y segundo, que el apoyo del PNV fue mucho más allá de la investidura y se prorrogó hasta el final de la legislatura sin escatimarlo incluso en medidas legales acordadas para el escarmiento al disidente, como aquéllas que declaraban el fútbol de interés nacional o que procedían a la portentosa unificación de los descodificadores para asombro de las autoridades de la UE, impulsadas por el entonces vicepresidente primero Álvarez Cascos y el siempre añorado ministro de Fomento Arias Salgado.Antes, de saque, el presidente del PNV, preguntado sobre si "cree en la bondad del pacto cerrado entre el PP y el PSOE contra el terrorismo", empieza por negar que ese pacto pretenda acabar con el terorismo y asegura que más bien trata de impedir que el PP pierda la batalla de la opinión pública porque, a su entender, "el PP teme que en la medida en que ETA pueda seguir matando, la gente le pida cuenta". Llegados aquí, se impone una primera reflexión sin merma del afecto que se tenga a Arzalluz y sin afán alguno de sumarse a los intentos de linchamiento siempre deplorables. Pero el amigo Xabier debería interrogarse por qué en el caso que él plantea la gente habría de pedir cuentas sólo a Aznar en lugar de pedírselas también al PNV y al Gobierno vasco. ¿Es que el PNV no teme como el PP que en la medida en que ETA pueda seguir matando la gente le pida cuentas? ¿En qué se basa Arzalluz para suponer que no tendría que darlas, igual que Aznar?

En otro momento de la misma entrevista Arzalluz dice que lo de Barcelona fue un golpe muy duro para la política de Aznar y de ahí que se pusieran nerviosos e intentaran reconducir la situación "echando mano de su verdadera obsesión que es acabar con ETA, pero antes terminar con el PNV". Según Arzalluz, sus antagonistas del PP dicen que el PNV tiene la misma ideología y persigue el mismo fin que ETA, de donde "si ETA mata por ideología, habrá que acabar también con los líderes que en el PNV apoyan el soberanismo". Pero si esas fueran las imputaciones que le hacen, Arzalluz pierde otra espléndida oportunidad de aclarar que el soberanismo del PNV no mata y que el PNV combate siempre como tergiversación de su ideología cualquier intento de imponerla con amenazas y realidades de muerte.

Niega Arzalluz que hayan cambiado en 105 años, pero ¿qué ha sido de aquel Arzalluz capaz de afirmar que si ETA ganara en el País Vasco ellos, los del PNV, se convertirían en balseros? ¿Dónde está aquel Egibar que reclamaba de ETA, cuando culpabilizaba al PNV del fracaso de Lizarra, que tuviera la lógica de convertir a los peneuvistas en diana preferente de sus disparos? ¿Cómo entender que Arzalluz, preguntado sobre qué requisito le plantearía a ETA en el supuesto de una nueva tregua, llegue a decir "yo no le pediría nunca a ETA que se disuelva mientras haya un preso en la cárcel, pero sí que ofrezca una tregua definitiva, sin vuelta atrás". Entonces, ¿qué papel le atribuye Arzalluz a esa ETA en tregua definitiva, cuya disolución renuncia a pedir mientras haya un preso en la cárcel? ¿Qué beneficios penitenciarios o de otro tipo añadiría, a su entender, la existencia de ETA respecto a los condenados por los crímenes terroristas? ¿No sería al contrario la disolución de ETA lo que permitiría aplicar medidas de gracia, habida cuenta de que quienes cumplen condena dejarían de estar engarzados en una organización criminal y podrían ser tratados sin la especial severidad que su actual incardinación reclama por la peligrosidad añadida?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de diciembre de 2000