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Tribuna:

Triple encomio del alfabeto

Por un azar editorial, tres libros de este año nos han llegado, desde las prensas ubérrimas de Barcelona, con título y jerarquía de diccionario. Se trata del Diccionari Pla de literatura, debido a Valentí Puig, del Desglossari d'un avantguardista de Vicenç Altaió y, finalmente, del monumental Nou dicccionari 62 de la literatura catalana.Bien como herencia del provecto dictionarium bajomedieval o, remontándonos mucho más atrás en el tiempo, al uso del clásico glosarium, no hay duda de que cualquier recopilación de textos ordenada según el patrón alfabético o según la cadencia de su exhibición pública nos trae enseguida el tintineo de viejos designios dalembertianos u orsianos. Ordenar el mundo en un libro, pues no se trata de otra cosa, es un trabajo hercúleo que tiene a la vez la pretensión de la totalidad y la servidumbre del fragmento. Todo diccionario es una empresa ingenua pero indispensable, y de ahí la atracción que ha despertado siempre en el buen lector, esa especie a proteger.

Valentí Puig, conocedor empático de la obra inmensa de Josep Pla, ha coleccionado en Diccionari Pla de literatura (Destino) las opiniones y los juicios que el viejo cascarrabias de Palafrugell fue vertiendo a lo largo de su dilatada aventura vital. Un cocido sabrosísimo que empieza por "Académie Française" y acaba en "Zorrilla y Moral, José" y en medio recoge toda clase de disquisiciones sobre Baudelaire, el Corán, el Estilo, Gombrowicz, los Jocs Florals, Leopardi, Marx, la Nariz de Cleopatra, el Rector de Vallfogona, Suetonio, el Tedio, Unamuno o Venecia. El resultado es un voluminoso resumen donde las treinta mil diabólicas páginas (¡a razón de doce horas de escritura diaria!) del autor de Coses vistes se convierten en cerca de un millar tematizadas en las cuestiones más propiamente de su oficio. Puig, planiano de buena ganadería, lector metódico y escritor de pincelada fina, opera desde la ventaja del que otorga valor a lo selecto, lo ordenado y lo consultable. En realidad, ¿no está toda obra completa obligada finalmente a la modestia de las páginas escogidas? Ya le gustaría a cualquier escritor de la ambición y las dimensiones del solitario de Llofriu una posteridad de lectores inteligentes capaces de perpetrar ese imprescindible encargo antológico.

Un caso diferente es el Desglossari d'un avantguardista de Vicenç Altaió, también editado por Destino. Aquí nos encontramos con la recopilación de artículos aparecidos originariamente en la prensa, reproducidos ahora para una nueva vida bibliográfica con una elegante y lumínica letra de palo generosamente interlineada.

Nada más opuesto al estilo de Pla que el viaje estético de Altaió, ese traficante de ideas que, sin embargo, sabe bien que no hay nada nuevo que no pueda y deba acordarse con lo viejo. Como dice Pere Gimferrer en el epílogo, Altaió lleva a cabo la rara alquimia de amalgamar los aparentemente antagónicos Foix y Pla, y es lógico que de ella nazca un desglossari, esto es, un glosario deconstruido e inverso. Quizá su modelo expresivo, sin duda singular, pueda parecer al lector no avisado un prolegómeno inopinado de aquellos Eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa, contra lo cual nos previno un poeta certero. Sin embargo, no hay barroquismo innecesario en este libro. Por el contrario, con su característica sintaxis elíptica, Altaió usa la metáfora como Pla el adjetivo. Sus páginas son plásticas, casi táctiles, y hay en ellas una nostalgia activa de los manifiestos de L'Amic de les Arts y de las "palabras en libertad" de Marinetti.

Al fin y al cabo, quien declara tener "la lectura de los antepasados como cuestión de Estado" y al tiempo se considera continuador de las diferentes hornadas de vanguardistas que han jalonado la literatura catalana contemporánea, simplemente nos regala ahora una visión de la realidad más inmediata consistente en un nuevo acoplamiento del viejo binomio de tradición y modernidad.

El Nou diccionari 62 de la literatura catalana, finalmente, viene a abundar en ese tópico, y a sedimentarlo con la fuerza de la auctoritas. Continuador del Diccionari de la literatura catalana que dirigieron, entre 1965 y 1979, Molas y Massot i Muntaner, el flamante volumen, a cargo de Enric Bou, pone al día un repertorio de autores y de otros elementos del campo de la literatura envuelto en la solvencia acolchada del guáflex y con un elenco interior de sólidos colaboradores. Éste es un diccionario clásico, un proyecto enciclopédico poblado de nombres propios donde perderse navegando en un mar de ocho siglos sin más naufragios que los habituales en cualquier otra literatura.

Se me ocurren, por supuesto, las lógicas objeciones que un proyecto de este tipo enseguida despierta. Como recalcaba hace poco Sergi Pàmies, el criterio de no incluir autores nacidos después de 1950 se rompe para admitir las excepciones de Quim Monzó y Enric Casassas, pero no por ejemplo la de Ferran Torrent (que es de la cosecha de 1951). Otro tanto podríamos decir de la oportunidad de la selección bibliográfica o del siempre venenoso asunto del tratamiento de los autores del terreno que no escriben en catalán. Y sin embargo ¿hay algún proyecto sólido exento de peros? Un tocho confortable como éste es un complemento perfecto de la nueva página web de la Institució de les Lletres Catalanes con los escritores contemporáneos (cultura.gencat.es/ILC), y también de la que alimenta el equipo de Biel Sansano en la Universidad de Alicante (mmlab.ua.es/lletraferit) específicamente con lo que los escritores valencianos han publicado desde 1968 hasta la actualidad.

Tres libros, pues, para ejercitarse con calma en la dicción infinita de los fragmentos, triple encomio del alfabeto, una buena labor de compendio y un eficaz prontuario. Y un gran balance.

Joan Garí es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 12 de diciembre de 2000