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Crítica:TEATRO - 'LA VIDA ES SUEÑO'

Fuerza y emoción

Estampa

La vida es sueño

De Pedro Calderón de la Barca. Versión de Calixto Bieito. Intérpretes: Nuria Gallardo, Boris Ruiz, Joaquín Notario, Miquel Gelabert, Àngels Bassas, Roger Coma, Carlos Álvarez, Víctor Rubio, David Martínez. Cantaor: José Miguel Cerro. Percusionista: Juan Flores. Vestuario: Mercé Paloma. Iluminación: Xavier Ciot. Escenografía: Calixto Bieito y Carles Pujol. Dirección de Calixto Bieito. Teatro de la Comedia.

El texto, reducido y compacto, con toda su dureza y su pensamiento; los actores que lo comprenden y no olvidan que está escrito en verso ni un solo momento y trabajan por la comunicación; y de ellos, directo al público. Ésta es una de las mejores versiones, tal vez la mejor, de los miles que ha visto en vida de esta obra, de este noble folletín hijo del desengaño barroco. Calixto Bieito no se priva, como ningún director divo, de añadir su propio juego: un cantaor de flamenco y un gracioso vestido de torero hacen venir a España una acción y unos personajes que el autor llevó cuidadosamente a Polonia. Pienso yo que se hace así para las valiosas representaciones en el extranjero en las que parece que hay que dar algo que sea muy español. Y un círculo de tierra -gravilla negra- en el escenario, donde con algún movimiento de mantos y ropones puede haber una ligera reminiscencia de corrida. Y algunos gestos obscenos, que ahora aparecen en casi todo el teatro. En todo caso, nadie duda ya de que el subterfugio de Polonia hace de metáfora para la gran decadencia española del final del Siglo de Oro, para la terrible crisis de sociedad, de dinero y salud y de los españoles reducidos a un imperio de pensamiento burócrata católico. Sobre todo ello pende un enorme espejo que se mueve en la altura, como si fuera el ojo de Dios por encima de todos, observándolos a todos y a nosotros alguna vez. Pero es interesante ver, como todas estas adiciones que podrían ser discutibles y que podrían funcionar en contra si la base esencial de texto y actor no estuvieran tan justas. Como la versión: no suelen los puristas perdonar los cortes -y aquí son menos perdonables un par de añadidos, aunque aceptados porque corresponden al gracioso y porque, como insisten, son menos perceptibles en la grandeza del espectáculo-, y aquí sirven para comprimir la acción, sin hacer perder una gota de Calderón y del calderonismo, para valorar su verso y su pensamiento.

Es apenas un relámpago el arranque, el famoso hipogrifo violento, y ya está ahí un Segismundo bravo, doliente, duro. La estampa parece arrancada de La Fura dels Baus, con su cabeza monda y su torso libre, y con la cadena girando; pero la dicción de Joaquín Notario es excelente, y el instrumento de su voz suena como debe: los párrafos famosos se afirman, y todas sus intervenciones posteriores quedan engrandecidas. Y así la Rosara de Nuria Gallardo, que llega a sus monólogos con perfección, con emoción y vida. El gracioso, el Clarín, Boris Ruiz, está muy acentuado por la dirección, muy exagerado por la idea general; pero eso se añade a su papel de continua burla y caricatura de la acción principal, sin por ello desmentirla. Son los tres actores sobre los que se conduce la tragedia filosófica y popular. Pero pocos hay que no tengan importancia en la obra: el Rey Basilio, hecho por un Carlos Álvarez meditativo, vacilante entre su edad, su error y su miedo, es también principal.Con todos se selló el éxito largo. Yo sigo creyendo que la mejor labor de dirección que se puede hacer es la que ha logrado Calixto Bieito en este caso: sin negarse a su propio arte, sin abandonar sus gustos, ponerlos al servicio de Calderón y hacer de él, de esta obra, lo que realmente ha sido siempre: una de las más valiosas del teatro español y del universal.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 10 de octubre de 2000