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Tribuna:

Nacer

El feto oye en el útero ruido de tuberías, aunque la madre esté escuchando a Mozart. Mozart llega, con suerte, a través de la placenta, como las proteínas, pero por el oído el bebé sólo escucha borborigmos, gárgaras. Es posible que las oiga como una amenaza, pues él será desaguado más pronto que tarde. Tal vez en el quirófano hayan puesto a Vivaldi, pero él solo oirá el ruido de las esclusas orgánicas a través de las que su cabeza se abre paso. En seguida, alguien cortará el cordón umbilical, que es la tubería por la que aún permanece aferrado a la madre, y el niño será lanzado al abismo de una existencia propia. No es raro que ese cordón sea sustituido por un vínculo invisible que mantiene a los hombres, incluso a los hombres muy mayores, unidos de por vida a la madre. Pensaba estas cosas en un hotel cuyas cañerías no hacían más que sonar. Me encontraba lejos de casa, en un país cuyo idioma me era desconocido y cuyas costumbres me resultaban extrañas, cuando no hostiles. Me había metido en la cama por meterme en algún sitio, y entonces las cañerías comenzaron a sonar. Hablaban el mismo idioma que las de mi país. Apliqué el oído y a través de aquellos sonidos familiares fui recorriendo todas las casas en las que había vivido. En la primera de la que tengo memoria, había un patio interior muy estrecho por el que descendían todas las tuberías del edificio, que tenía bronquitis aguda. Fue la música que me acompañó a lo largo de la infancia. Reconocí ese ruido antiguo, así como el goteo de un grifo mal cerrado o roto, en el hotel.

Pero había algo que sonaba raro en aquel festival de fontanería, como cuando escuchas tu propio idioma en un acento que nunca antes habías oído. Me dio por pensar que aquello que no acababa de reconocer era lo mismo que percibe el feto en el interior del útero: un ruido de tuberías, desde luego, pero amortiguado por la barrera de líquido amniótico que nos protege del exterior. Bajo las sábanas, lejos de mi país, recorriendo los rincones más extraños de aquella cama y de mí mismo, tuve la impresión de regresar a lo más antiguo y nací de nuevo. Pero al poco de nacer bajé a recepción y me hicieron pagar la cuenta. Nada es gratis.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 7 de julio de 2000