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Supersticiones

Hubo una vez un torero del que cuentan que antes de hacer el paseíllo tenía que rezar 300 padrenuestros a cada una de las ciento y pico estampas que llevaba en su capilla ambulante. Tal era el empeño, casi adicción, que se dio el caso en que aquello se alargó más de la cuenta y a la cuadrilla no le quedó otro remedio que, casi arrastrando al matador, salir disparados del hotel, no fuesen a sonar los clarines sin "la figura" liada en su capotillo. El "maestro", cuando le preguntaban si aquello era superstición, espetaba, eso sí, a la defensiva: "Yo no soy supersticioso, porque eso es pecado y no entra dentro del cristianismo. Son sólo manías". Hoy es ganadero, apoderado y empresario, y sigue diciendo que, de ser, será el que más reza del universo, pero que de "lo otro" nada de nada, "lagarto, lagarto".La superstición nace, etimológicamente, de la supervivencia, y pareciera que pensaban en los toreros los inventores del término, porque los toreros son, antes que nada, profesionales de la supervivencia, dobles supervivientes cada una de todas sus tardes. "La superstición viene por el miedo, pero también porque el torero se siente figura y teme a la responsabilidad de que las cosas no le salgan como él desea. Muchas veces se hace dueño de uno y es muy difícil combatirla". Cincuenta años de oficio contemplan esa reflexión, y es curioso cómo coincide con esta otra de un torero novel: "La superstición es una manía que se coge cuando te ha pasado algo o un mal momento. Como en el toro uno se juega mucho la vida, pues entonces se suele tapar con eso el miedo que se pasa".

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Una birria

Parece claro que en el toreo la superstición nace, pero sí que es cierto que también se hace, y se enseña y se aprende, como es el caso de las más clásicas: el amarillo, los martes 13 o el 13 a secas, los tuertos, los curas con sotana, los gatos negros, los saleros, la montera o un sombrero sobre la cama, o que el fundón esté siempre de pie y que no lo lleve nadie que no sea el mozo de espadas. Hay también quien las inventa, como es el caso de otro matador de cierto cartel que de buenas a primeras empezó a mezclar budismo y cristianismo creyendo que con el cóctel espantaría un mal fario que no dejaba de perseguirle, decidiendo que lo mejor para combatirlo era una estatuilla de aquellas de pastelosos colores que se ponían en los aparadores, con la que completaba varias tablas seudogimnásticas frente a las cincuenta y tantas estampas que componen su capilla, alumbrada por media docena de velas y candelillas.

Amplísimo es el abanico de amuletos, talismanes, fetiches, reliquias, conjuros y rituales que se emplean para combatir la superstición taurina, pero la terapia básica y más común, salvo excepciones, son las capillas ambulantes repletas de liturgia y solemnidad. Unos oratorios de quita y pon preñados de estampas de santos y salpicados de medallas que el matador monta y desmonta con desmedido fervor y parsimonioso recogimiento, colocando siempre cada elemento justo en el mismo sitio.

Mayormente, los toreros tienden a ejercitar la superstición a escondidas, conscientes de que pecarán o enloquecerán, porque la superstición también es "aquella creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón y el entendimiento". Sin embargo, son muchos los que lo ocultan, pero es porque, de tanto que lo son, saben que con sólo mentarla se la está llamando y animando. El paradigma fue Rafael el Gallo, que en su dedo anular lucía un aparatoso anillo de oro del que brotaba reluciente un inmenso 13. Dicen que se lo compró tras un sonado éxito que cosechó en Granada cuando desde el tendido le arrojaron envuelta en un papel una bicha, que él, con absoluta calma, se enrolló en el fajín, cuajando entonces una superior faena

Javier Manzano es periodista.

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