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FERIA DE SAN ISIDRO

Padilla: "A pesar de la oreja, queda el sabor amargo de no lograr más"

Hay tardes que huelen a final de feria. En los tendidos, y pese a la mucha alcurnia acumulada por el hierro anunciado, faltan habituales. En la arena, los pablorromeros; los supuestamente de toda la vida. Sopla un viento de polvo agrio. No hace calor, tampoco frío, sólo cansancio. "Tengo la impresión de que desde un año que no veo a la familia". Empieza la tarde y un aficionado hace partícipe a propios y extraños de su sensación de hartazgo. "¡Aguanta, Jorge!", afirma otro con ademán exagerado. Éste, a buen seguro, gusta de ver la televisión."¿Qué quiere que diga? Estoy contento, pero me pesa más el coraje por no haber abierto la puerta grande", afirma Juan José Padilla en sintonía con la tarde. Ni las mayores alegrías alimentan ya. "A pesar de la oreja", continúa, "me queda el sabor amargo de no haber logrado algo más". Juan José Padilla matará este año la camada entera de los pablorromeros (anunciados como Partido de Resina). Conoce en consecuencia las posibilidades del hierro. "Esta mañana, yo ya presentía algo. sabía que algo iba a ocurrir. No sé, es como una sensación extraña". Y, en efecto, ocurrió.

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Embestida noble

El mérito de semejante barruntar la gloria se antoja, sin embargo, menos misterioso apenas se echa una vistazo a las cifras del torero. Este año, dos orejas de un toro de esta divisa fueron para él en la localidad francesa de Arles. Luego, vendrán Dax, Pamplona... "Conozco bien la forma de embestir de estos toros y creo que me acoplo bien. Son toros que van con la cara alta, pero noblones", sentencia.

Salió el primero de sus toros y en seguida lo vio. "Con el capote me he dado cuenta de que era el que valía. Luego, en banderillas me ha permitido lucirme. La gente lo ha entendido así". Padilla se exhibe como un perfecto estratega, siempre pendiente de la exigencia del particular público de Madrid: "Por el tipo de embestida sabía que la forma de llegar a los tendidos era mediante la quietud. Les he oído vibrar. Ya sabía que ese era el camino". En el meridiano de la tarde, la puerta grande quedaba entreabierta.

"Con el segundo, la cosa ha sido distinta. No embestía, topaba... como si pasase por allí. Rápidamente me he percatado de que venía a por mí. No era nada potable", suelta de carrerilla con el sinsabor de los trabajos dejados a medias sólamente. "Además, la plaza estaba en contra. En cuanto se ha caído, ya no había nada qué hacer. En cualquier otro sitio, sí. En Las Ventas, imposible. Lo he intentado. Era mi obligación... pero nada. Ni se daba importancia a las banderillas, ni a nada que hicieras", concluye dejando en sus palabras el aroma torpón de una tarde desapacible, cansada, vaga... Sin el mejor de los aficionados en su sitio.

"¡Qué narices, es lunes!". Pues eso, un grito a tiempo y todo aclarado. Mañana será otro día.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 6 de junio de 2000