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Apoteosis

Celebro sin ninguna reserva que Pedro Almodóvar haya conseguido con Todo sobre mi madre el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. El hecho de que a mí no me interese su cine y que el propio Almodóvar no sea santo de mi devoción, tampoco impide en absoluto que me congratule por el éxito del director manchego. Pero ahora, cuando ya empiezan a amainar los vendavales informativos que atravesaron el país de manera realmente abrumadora, es tiempo de plantearse alguna reflexión al respecto. Se trata de un simple comentario adicional, no referido por supuesto a la calidad de la película premiada o la personalidad de Almodóvar, sino al espectacular derroche de atenciones que han merecido en los medios de comunicación ese galardón y ese personaje.Hay que reconocer, antes que nada, que la habilidad de Almodóvar para las relaciones públicas sólo es equiparable a la pericia de sus expertos en marketing para promocionar la imagen del director por donde más convenga. Y eso lo han conseguido con creces. O así lo supongo, porque tampoco sé muy bien lo que ocurre en este sentido por el mundo adelante. Pero de lo que no me cabe duda es de que Todo sobre mi madre ha alcanzado en la práctica totalidad de la vida española un desbordamiento publicitario similar al que obtiene un triunfo futbolístico o cosechaba una de aquellas frenéticas efemérides franquistas. Entre la obtención de este Oscar y la más sonada apoteosis del espíritu nacional, no ha habido ahora más diferencia que la que va de una patriotera majadería a otra.

En la prensa, en la radio, en la televisión, he leído u oído textualmente frases como estas: "Todos somos Almodóvar", "España está contigo", y otras zarandajas parecidas. No acabo de entender semejante apelación al gregarismo. ¿A santo de qué se nos incluye a todos en un mismo saco de fervores? Ya he confesado que el cine de Almodóvar no figura en el índice de mis preferencias. Todo ese tozudo acarreo de gays, travestidos, putas, yonquis, malcasadas, posesos, me puede atraer a ratos por lo que supone de transgresión, de fórmula provocadora a las hipocresías y gazmoñerías dominantes, pero hasta ahí llego. Lo demás cae dentro de lo que podría llamarse, en términos ordinarios, la estética del batiburrillo.

Estoy convencido de que Almodóvar conoce muy bien su oficio y dispone de un innegable talento para concebir y realizar con brillantez una película. El deje aldeano se le depuró en la movida madrileña, convirtiéndolo sin duda en un profesional listísimo. Otra cosa es su condición de dicharachero, de persona provista de una acusada tendencia a la extralimitación, como quedó enojosamente patentizado en su discurso de agradecimiento por el Oscar. La perorata que consumó en esta fiesta de Hollywood, con su retahíla de dedicatorias a la madre, a las hermanas y a los españoles en general, y sus reconocimientos a distintas advocaciones marianas, incluyó una aseveración apabullante: la de que España es diferente. Aunque el auditorio norteamericano no entendiera lo que dijo Almodóvar, seguro que esto último sí pudo deducirlo.

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