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Tribuna:LA SITUACIÓN EN EL PAÍS VASCO

Seis lecciones en memoria de Fernando Buesa

El autor expone sus reflexiones tras los últimos asesinatos de ETA, entre ellos el de un hermano suyo."Dadme libertad para saber, expresar y argumentar de acuerdo con mi conciencia, por encima de todas las libertades". John Milton.

Los acontecimientos de la última semana en torno al asesinato de mi hermano Fernando Buesa han suscitado en mí un proceso de reflexión del que he hecho partícipes a mis alumnos, primero, y a los estudiantes de la Universidad Autónoma de Madrid, después. Más de uno ha creído que las que he querido llamar lecciones podrían interesar a muchas personas y, por ello, pecando quizá de inmodestia, las hago ahora públicas.

No hay razón para el crimen. Es ésta la primera lección. Fernando Buesa dijo en alguna ocasión que "no vale la pena matar ni morir por ser vasco". Y, verdaderamente, ha muerto siendo libre, pero no es un mártir de la libertad. Fernando no quería dar su vida y se la han arrebatado sin que haya justificación alguna. Tal sinrazón me produce un profundo desconsuelo porque los hombres somos seres racionales que necesitamos, aun en los momentos más terribles, alguna forma de comprensión. Pero en este caso nada se puede argumentar para construir un discurso racional.

Niego la humanidad a los asesinos. Esta segunda lección se deriva de la anterior. Si no existe racionalidad, no puede haber humanidad. No se la concedo a los que han detonado la bomba que segó las vidas de Jorge Díaz y de mi hermano ni tampoco a quienes comprenden, justifican o amparan el crimen. En estos días he recibido muchos mensajes de condolencia, en algunos de los cuales se denosta a estos individuos. Yo no les insulto porque insultarles supone darles un elemento, aunque sea mínimo, de humanidad.

Ensalzo el valor de la solidaridad. Esta tercera lección la he aprendido de todos los que, de una u otra forma, cerca o lejos, han expresado su condolencia. Los que hayan seguido los acontecimientos a través de los medios de comunicación habrán visto entre ellos a grandes personalidades de la vida pública, muchas de las cuales han llorado con nosotros. Les agradezco hasta el infinito su presencia; pero todavía más reconozco a los miles de seres anónimos que he visto desfilar delante del cadáver de mi hermano. A esos viejos militantes socialistas que en el vestíbulo del Parlamento vasco, apretando los labios para no dejar escapar un lamento, levantaban el puño y se paraban a su lado; a los que, desconcertados, apenas si se atrevían a dar un paso en aquella sala; a los que, abatidos, no reprimían su llanto; a todos, en fin, los que nos han hecho escuchar su aplauso. Y tengo que decirles que la suya es una lección que alivia esta tremenda pena que me embarga, aunque no atenúe mi desconsuelo.

No hay lugar para el odio. Marta, Carlos y Sara Buesa, los hijos de Fernando, han pronunciado esta cuarta lección. Han proclamado a los cuatro vientos que "no sentimos odio, ni rencor, ni mucho menos resignación". Y es que la urgencia del momento, la gravedad de los problemas en el País Vasco, es de tal magnitud que no cabe alimentar la enemistad poniendo a los muertos -a nuestros muertos- como excusa para eludir el compromiso de "construir una sociedad libre, donde no quepa el miedo". Un compromiso que ellos, mis sobrinos, reclaman en especial de los jóvenes, pero que yo quiero extender a todas las generaciones.

Declaro que la democracia puede vivirse dentro de la relación familiar. Esta quinta lección es la que más me inquieta, y no porque yo no la haya aceptado plenamente, sino porque veo a mi alrededor muchos signos de incomprensión. Veo a mucha gente que no entiende que dos hermanos puedan haber asumido compromisos políticos muy distintos. Fernando Buesa fue un destacado dirigente del PSE y Juan Buesa -su hermano, mis hermanos ambos- milita en el PNV. ¿Y por qué no? La democracia no consiste sólo en el juego de unos partidos políticos que nos son más o menos cercanos o lejanos, sino que es, en esencia, la posibilidad de que todos y cada uno de nosotros podamos participar de ideologías y concepciones del mundo diferenciadas, sin que por ello nos agredamos unos a otros. Aprendí esto de mi padre -un cabal hombre de derechas- y de sus numerosos hermanos, que, en la mucho más difícil situación española de los años 30, supieron preservar simultáneamente su diversidad y su cariño mutuo. Y ellos, a su vez, lo aprendieron de mi abuelo Ricardo. Para que todo esto se comprenda no me resisto a transcribir un pequeño párrafo de la extensa carta que, en conmemoración de la muerte de su padre, desde el destierro al que fue condenado, enviaba el 21 de febrero de 1946 mi tío Antonio Buesa a su madre y hermanos. Refiriéndose a aquél, dice: "De conversación agradable, no perdía ocasión para enaltecer a su familia..., dando con ello ejemplo a todo el mundo de cómo deben ser las relaciones familiares... Y la prueba es que todos nosotros, a pesar de ser tantos, habremos podido discrepar en cuanto a nuestras ideas políticas..., pero jamás esta diferencia ha servido para alejarnos unos a otros, ya que anteponemos el concepto de hermandad a los demás sentimientos".

Afirmo el papel de las instituciones y reclamo su acción urgente. Esta sexta y última lección ha sido resultado de la lamentable actitud de los miembros del Gobierno vasco en las horas inmediatas al atentado en el que murió mi hermano. No voy a volver ahora a señalar los hechos, que quedan para la historia, pues, aunque haya sido de manera tardía, en un gesto que reconozco y que honra al lehendakari y al portavoz de su Gobierno, la herida ha sido restañada. Las instituciones -y en el caso que nos ocupa, de modo singular, el Gobierno vasco- son esenciales para la vertebración de la sociedad, para asegurar la convivencia de los ciudadanos. En el País Vasco es ya impostergable la necesidad de restablecer el consenso social a partir de la diversidad, con lo que ello pueda suponer para todos de renuncia de lo propio y de aceptación de los otros, pues de otro modo nos encaminamos al enfrentamiento civil. La tentación de dejar que, como dijera el escritor iraquí Alfred Shmueli -otro exiliado más-, "aquéllos que asumen la responsabilidad de hacer girar esta gran rueda corran el riesgo de ser aplastados por ella" está siempre presente. Por ello hago mía la propuesta que en estos días, desde el rectorado de la Universidad de Deusto, ha hecho José María Ábrego: "Los líderes tienen la responsabilidad de evitar la confrontación civil; los ciudadanos, el deber de elevar los horizontes de esperanza y de humanidad".

Mikel Buesa es catedrático de la Universidad Complutense.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de marzo de 2000