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TRIBUNA

De la mala fe al error

Es difícil sustraerse a la impresión de que algunos dirigentes europeos quieren que Jörg Haider gane las próximas elecciones por mayoría absoluta. Los austriacos ya demostraron hace más de una década con la elección de Kurt Waldheim, precisamente los más inclinados a votar hoy al demagogo de Carintia, que son especialistas en romperse una mano para fastidiar al capitán. Dicho de otra forma, les gusta molestar al prójimo perjudicándose a sí mismos.Que Haider iba a responder con chulería a las expresiones de preocupación de líderes extranjeros era previsible. Menos lógico era que los preclaros dirigentes europeos se permitieran la torpeza en la cumbre de Portugal de poner en bandeja a Haider el ideal argumento antieuropeísta de que la UE quiere criminalizar a casi un tercio del electorado austriaco. La política de Haider se basa en la mala fe. Pero los errores del Consejo Europeo no deberían facilitársela. La Comisión Europea ha sido algo más prudente. No se puede castigar a un Estado miembro por comentarios de sus líderes. Por detestables que sean. Mañana puede haber alguien que pida sanciones por los comentarios de algún comunista español -en un hipotético acuerdo de Gobierno con el PSOE- cuando afirme, como suelen, que los crímenes comunistas del siglo XX fueron errores o actos heroicos.

La política de la UE ante la crisis austriaca debería haberse centrado en señalar al auténtico culpable de que llegue al Gobierno federal un populista de ultraderecha de gran demagogia y ningún escrúpulo. Ese responsable es el dirigente de los conservadores del ÖVP, Wolfgang Schüssel, que por llegar a canciller ha dinamitado otras soluciones de gobierno y roto el consenso antifascista que ha regido en Austria desde 1945. Sin la irresponsabilidad de Schüssel, Haider, marginado como merece, podía entrar en fase de descomposición como otras ultraderechas europeas. Sobre todo si, ante la alarma, el SPÖ en minoría o con el ÖVP hubieran comenzado la reforma del Estado, pendiente desde la era de Bruno Kreisky.

Pero tratar desde Bruselas a los austriacos como si fueran hordas de las SS es la peor solución. Le dan a Haider la importancia que sólo él cree tener. Más fácil habría sido expulsar al ÖVP del Partido Popular Europeo por aliarse con gentuza. Y explicarle a Schüssel que más que canciller va a ser un paria en las cumbres europeas. Él se cree aún un defensor de la soberanía y pronto un estadista. Será un patán y camarero de Haider, dure lo que dure esta insufrible alianza. Pero pese a todo hay soluciones. Pasan por un gobierno efímero que haga el menor daño posible y sirva de detonante de la renovación austriaca. Para ello tienen que desaparecer los políticos amorales por prestidigitadores del racismo y los amorales por acostarse en coalición con los citados magos del odio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 2 de febrero de 2000