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Supervivencia

JAIME ESQUEMBRE

Se agarran a los plazos legales como a una tabla en alta mar tras el naufragio de la patera. Cientos de inmigrantes se agolpan estos días ante las oficinas de extranjeros para regularizar su situación en España. La Ley de Inmigración, en vigor desde ayer, acota tiempos para cursar las solicitudes de permisos de residencia y de trabajo. En Alicante, la avalancha fue repelida con cargas policiales.

Primero les concedemos, graciosa y generosamente, un ultimátum, y después los queremos sumisos, sin nervios ni alborotos. Su futuro, su sustento y el de sus familias, depende de un papel que se concede a plazo fijo, pero les damos con la porra cuando, con ese pensamiento fijo, intentan burlar la cola para asegurarse una plaza en el paraíso.

Alteran el orden público, dice la oficialidad. Nos va la vida en ello, responden. En su situación, lo menos que pueden hacer es empujar con fuerza hacia ese futuro, aunque el peaje que impone el mundo supuestamente civilizado sea un mamporro que sienta como a puñalada e insulto.

La imagen que ayer ofrecían las inmediaciones de la Oficina de Extranjeros de Alicante me parece grave. Personas a centenares agolpadas, casi ensambladas, porque el contacto más íntimo acortaba la cola y hasta el efecto psicológico reconforta. Decenas de policías, a lo suyo. Orden, orden y orden.

Las fuerzas de seguridad aprovecharon una calle en obras para distribuir las vallas metálicas formando pasillos y corralitos, y allí se colocaban los inmigrantes, como ganado, sin la mínima privacidad exigible en todo servicio público. Se convirtieron en espectáculo para no pocos oficinistas de edificios colindantes, que se pasaron la mañana con las narices pegadas a los ventanales y señalando raudos con el dedo cuando el ambiente se caldeaba y las porras amansaban.

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Trato indigno y vejatorio, soportado por temor a la expulsión. Vale más palo que hambre, y como de ganado se trataba, ya se sabe que la oveja descarriada a golpes obedece. Somos los primeros en memoria selectiva.

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