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Tribuna:

Morir de pie

Como un hidalgo español de vieja estirpe, Feliciano Fidalgo nació para ir de pie, como si sus genes bercianos tuvieran perfectamente codificada la idea de que ir erguido por la vida es lo que distingue al homo sapiens del resto de las especies. Él siempre fue de pie, porque así oteaba mejor el horizonte y porque era consciente de que el periodismo que humilla el gesto ante la realidad o ante el poder, ya sea por pereza o cobardía, no merece tal nombre. Porque iba de pie por la vida nunca quiso ser otra cosa que un periodista de los así llamados, de los que siempre están al pie de la noticia o de los que, como los buenos futbolistas hacen con el balón, llevan la noticia atada a la bota.El periodista no fue distinto del ciudadano: era un hombre de combate. Y como tal detestó la mediocridad, la falta de grandeza, el conformismo, el aldeanismo, la cortedad de miras, el apoltronamiento, la resignación; odiaba tanto a la España negra como a la de la pandereta; despreció a los medradores, a los reptadores, a los cagatintas y a los mediastintas, a todos los funcionarios del pensamiento y de la acción.

Nunca se resignó a los jefes -aunque los respetaba- ni al paso de los años ni a la enfermedad. Siempre quiso vivir como un hijo del siglo de Larra: peligrosa, heroica, desordenada, entusiásticamente. Siendo un vividor, además de un gran trabajador, tenía un extraño pacto con la vida para ser también un consagrado cascarrabias, como Unamuno, Bergamín, Oteiza y tantos maestros de la lucidez y el exabrupto.

Nació en Tremor, un bonito pueblo minero de la montaña de León, pero no se dejó enredar en sus faldas, hoy soleadas del amarillo del otoño en su adiós. En cuanto tuvo uso de razón se subió al tren que llevaba a la meseta.

Primera estación, Astorga, la ciudad maragata de la que se fue pronto porque le oprimía su atmósfera cargada de uniformes y sotanas. Segunda estación, Madrid, colegio de San Pablo, escarceos con la ingeniería, el teatro e incluso los toros, pero sobre todo el periodismo. Y cuando la ciudad se puso mesetariamente espesa, saltó de nuevo al tren con su prisa de siempre. Tercera estación, París, la capital de la libertad en el exilio y madre de todas las conspiraciones. Había encontrado su sitio. Su casa y su coche fueron puestos al servicio de todas las causas. Nunca fue comunista, pero Feliciano Fidalgo, él solo, fue el socorro rojo para decenas de españoles descarriados de la política, el trabajo y la cultura que recalaban en la capital del Sena.

Desde allí se hizo un sitio en el periodismo español, primero con sus crónicas de Logos, luego desde EL PAÍS, del que fue uno de sus corresponsales más señeros. Y lo más difícil, se hizo visible en la sociedad francesa. "Monsieur Felisiano", decían los franceses: escritores, artistas, ministros, primeros ministros, presidentes. Como Mitterrand, al que detestaba, o Giscard D" Estaing, al que consideraba el hombre más innovador de la Francia de posguerra. "Monsieur Felisiano", el español para el que siempre se hacía un sitio en los templos de la buena mesa, desde que su gran amigo catalán, el periodista Tristán la Rosa, le iniciara en esta religión.

Última estación: Madrid de nuevo, con París siempre en el alma. Trotó España, a su regreso, en una maratón autonómica que plasmó en una larga serie de El País Semanal y que fue su tarjeta de presentación. España y él fueron un shock recíproco, también él lo fue para los lectores. Escribió cosas como: "Las mozas de Orense tienen el culo como un pandeiro". Se ganó tantos enemigos como amigos. Luego, durante diez años puso Luz de gas en el fin de semana. Su fe en el talento logró arrancar destellos luminosos de gente por la que ningún otro periodista hubiera dado un duro. Su sección de los domingos, junto a la columna de Vicent, hizo que durante años, en el séptimo día, el sol entrara en EL PAÍS por la última página.

Una inesperada enfermedad coronaria le sorprendió cuando iniciaba una nueva etapa en el periódico de su vida. ¿Por qué puerta se coló la enfermedad? Su madre había muerto un par de años antes y el tren que llevaba a León se descarrió para siempre en su cabeza. Otro aciago día, con ocasión de un reportaje, se lanzó de espontáneo en una capea y un toro de Domecq le dejó lacerado como a Don Quijote, tan dolido de cuerpo como de alma. "Ahora ya sé que nunca llegaré a torero. Es lo más grave que me ha pasado desde la muerte de mi madre". Lo dijo con sentimiento, como si percibiera no que se estuviera haciendo viejo, sino que se acercaba la hora en que la apuesta por ser eternamente joven ya no sería sostenible.

Por fortuna para él y para quienes le querían, la innombrable ha tenido, por una vez, un gesto de piedad y se ha adelantado a la vejez, que para él hubiera sido como un trago de vino con gaseosa. Como bien saben quienes le conocieron, no derramen ni una lágrima por él, salvo que sea del mejor vino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de noviembre de 1999