Muere Feliciano Fidalgo, uno de los grandes talentos del periodismo actual

Vivió cuarenta años de intenso trabajo entre París y Madrid

Feliciano Fidalgo, uno de los periodistas que formaron parte del equipo fundacional de EL PAÍS, falleció en la noche del martes víctima de una enfermedad coronaria. Durante 25 años de trabajo en París, conoció como pocos la trastienda de la oposición al franquismo y el desarrollo de ETA, sin dejar de penetrar en la sociedad francesa, que le reconoció como uno de los corresponsales extranjeros más importantes. En 1985 regresó a Madrid, donde la muerte le ha sorprendido. A mediodía de hoy será enterrado en León.

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Feliciano era París. Una ciudad mágica que muchos españoles descubrieron a través de su narración. De Gaulle y sus magistrales encuentros con la prensa en las que ese leonés bajito se atrevía a intervenir; un Mayo del 68 vivido al minuto; Jean Monnet y la quimera de una Europa unida; un gatillo nuclear en la calle de la moda; las madrugadas en el antiguo mercado de Les Halles, al que siempre llamaba "el vientre"; Mitterrand, sus trampas y sus amores; Carolina esnifando en el retrete de una discoteca. Veladas de paella con la oposición al franquismo capitaneada por Santiago Carrillo. Un París irrepetible.Feliciano había llegado a la capital francesa a finales de los cincuenta. Era un chico de Tremor (León) al que su padre se empeñó en dar estudios. Primero Astorga; luego, el bachiller en La Salle de Valladolid. Y por fin Madrid. Tenía que haber sido ingeniero, pero lo dejó al tercer año. Probó con Económicas: duró un curso. Pero era periodista antes de serlo: y acertó con el cambio. Fueron también sus años de una desastrosa carrera militar en la que probó ser alférez de artillería. Le degradaron. No sabía mandar.

Se fue a París con lo puesto y la promesa de la revista SP de publicarle sus colaboraciones. No sabía ni palabra de francés. Durmió en la calle. Sobrevivió dando clases particulares. Una señora le ofreció cobijo a cambio de que cuidara a su hijo. Un día el niño le espetó: "Tú, español de mierda, límpiame el culo". Feliciano cogió sus bártulos y volvió a dormir a un banco.

Pero Feliciano siempre decía que la razón de su marcha a París fue conocer a Samuel Beckett, el autor de Esperando a Godot. Nada más llegar se plantó en Editions du Minuit y pidió audiencia con el editor, Jerôme Lindon. "No insista, monsieur Beckett no concede entrevistas". "Pero me debió ver tan compungido", contaba Feliciano, "que cuando ya bajaba por las escalera me gritó: escriba unas líneas y yo se las haré llegar". Una semana más tarde Feliciano y Beckett se encontraban en La Closserie des Lilas, el bar favorito de Hemingway.

A base de trabajo, se convirtió en aquel París de los sesenta en el corresponsal de Ya y la Agencia Logos. Y aprendió a burlar su censura. En la capital francesa, era corresponsal 24 horas al día. En 1976, EL PAÍS le fichó para su equipo fundacional: comenzó la gran pasión de su vida. Cuando Feliciano abandonó París, en 1985, EL PAÍS era el diario europeo más admirado en Francia. Y él se había dejado la piel.

Durante 23 años Feliciano se consagró a este periódico: era su casa y su familia. La familia de un soltero vocacional. Durante ese tiempo no tuvo prácticamente un día de vacaciones. De regreso a la redacción de Madrid, por su serie dominical Luz de gas pasó todo el que era alguien. Su decepción fue haber entrevistado a Luis Roldán.

Lo dio todo. Lo último, el corazón.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 10 de noviembre de 1999.

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