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Tribuna:

Votos y violencia

Se aproximan, inevitablemente, las elecciones generales, que parecen, entre todas, aquéllas en que se juega más poder que en ninguna otra. Hemos configurado, o se ha ido configurando, un Estado autonómico que ha desmembrado el poder de una manera notable. Hay mucho que se juega en las elecciones autonómicas; y, además, se ha producido, desde la Constitución, un incremento notable del poder municipal; también se disputa mucho poder en las elecciones municipales.No es fácil saber dónde hay, sin embargo, más poder; para muchos, el más importante puede ser el más próximo, institucionalmente; y así es a muchos efectos. Pero los ciudadanos tienen un sentido de lo que se dilucida en cada elección que se manifiesta en su actitud como votantes. A pesar de todos los pesares, la abstención en autonómicas y municipales es normalmente mayor que en las generales; y en todas partes, incluso en aquellos lugares que han alcanzado por la Constitución, la historia, la idiosincrasia y, en algún lugar, la violencia situaciones de autonomía hasta hace poco impensables; es decir, donde las instituciones territoriales concentran un poder tal que el del Estado, a su lado, parece poca cosa; así, por ejemplo, en los territorios históricos del País Vasco, que concentran un poder muy notable, a causa de la foralidad y también la violencia.

Y ¿por qué esa actitud? Porque la gente cree que le va más en esas elecciones que en ninguna otra. Comprendo el enojo que esto tiene que producir en quienes, por colocarse fuera del sistema, no desean contribuir a su perduración mediante la participación de las instituciones. Ya ocurrió en otros tiempos con el movimiento anarquista, en nuestro país; sólo el sentido de la conservación les hizo cambiar, en algo, con motivo de la guerra civil. Por eso es lógico que quienes han confiado y confían en la violencia como medio para llegar al poder político quieran retraerse de las elecciones generales; quieran poner a prueba, además, su concepción de la adquisición del poder por medios violentos, con la que unos cuantos han vivido en coherente comunión, animados por otros desde la barrera.

Si no hubiera sido por la violencia, es casi seguro que la autonomía vasca habría llegado a la altura que tiene y que a muchos les parece, sin embargo, poca cosa; pero lo habría hecho con una mayor parsimonia. La violencia tuvo, en el País Vasco, frutos políticos estatutarios; pero, como esos frutos fueron, para algunos, insuficientes, continuaron matando aquí y allá. Ahora, y sin carácter definitivo, no matan. Pero la violencia pasada sigue operativa; no puede ser rechazada como medio, aunque sea la violencia asesina pasada y la otra ilegal pasada, presente y, al parecer, futura. Pero en una organización democrática, de libertades y de protección de minorías, de cualquier minoría, la violencia, la que hubo, la que hay y la que puede haber, ya no puede dar más frutos políticos, pues esto equivaldría al suicidio de la organización política pluralista y tolerante por esencia. La violencia ya ha dado los frutos que podría dar; ahora se trata de otra cosa; la violencia, incluso la pasada, es ahora políticamente estéril; no es estéril la convicción, el entusiasmo manifestado por medios compatibles con la convivencia pacífica y sin temor de nadie; pero la violencia ya no puede dar más de sí; ni puede ganar batallas como el Cid después de muerto.

Comprendo la tentación del demócrata nacionalista: ya que hemos ayudado a que estos bárbaros dejen de matar, vamos a hacer algo congruente con nuestro sentir profundo para que los bárbaros se integren del todo y para siempre; pero creo que esa situación no es la real. La situación real es que los frutos ya se recogieron, y ahora queda la lucha electoral, y la lucha por la convicción y el sentir, en todos los niveles, en todas las instituciones, en todos los procedimientos democráticos.

Ésta es una encrucijada compleja y amarga que envuelve también graves cuestiones morales; un asesino no deja de serlo por ser amnistiado; y una víctima no deja de serlo por mucha amnistía que se dé al autor; estas situaciones dejan huellas profundas y duraderas en una sociedad; todavía están ahí las de lo sucedido en España hace más de sesenta años, a pesar de amnistías; y sólo el tiempo se las lleva, salvo que sean conservadas con amor u odio profundos, que de todo hay. Mientras tanto, pretender obtener más rendimientos de los asesinatos, extorsiones y ataques a la convivencia precisamente porque aquéllos se han terminado puede parecer un tanto chocante; en las condiciones políticas de la España de hoy, o, si se quiere, y para que nadie se moleste, del actual Estado español.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de noviembre de 1999