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Fiesta literaria en los 35 años de Alfaguara

La editorial celebra su aniversario con decenas de escritores en el Círculo de Bellas Artes de Madrid

No hubo discursos ni presentaciones oficialistas. Alfaguara, palabra árabe que significa la fuente que mana y corre, prefirió celebrar su 35º cumpleaños invitando a una copa a sus autores, sus lectores y a centenares de personas más, del gremio y de fuera de él. Bibiana Fernández, vestida con un traje de lentejuelas oscuro y ajustado, cantó el Happy birthday al más puro estilo Marilyn Monroe, olvidando quizá que el fuerte de la editorial es la literatura en castellano.No importó mucho, allí había premios Nobel y superventas, chicas guapas y editores, ex ministras y jóvenes autores, periodistas y autores malditos. Allí estaban Mario Benedetti, Antonio Martínez Sarrión, Javier Reverte, José María Guelbenzu, el ex Gonzalo Torrente Malvido ("estoy feliz porque mi sobrino Marquitos ha ganado el Herralde"), José Luis Sampedro (82 años llenos de lucidez y alegría), el editor Antonio López, el actor Pepe Martín, la presentadora Marta Reyero, Moncho Alpuente, Carmen Alborch, Jesús Ferrero, Carmen Posadas, Jorge Semprún y un largo etcétera.

La Orquesta Chastang presidía en el Círculo de Bellas Artes, de Madrid, una Sala de Columnas casi en penumbra y los suaves acordes de jazz invitaban a la conversación y al recuerdo. José Saramago, tan amable como siempre, decía: "Es mi editorial, la estimo y la respeto. En lo personal, Alfaguara sólo me ha dedicado atenciones y amistad, una cosa rara, a la que añade un trato especial como editorial". Saramago, siempre crítico, no olvidó decir que la editorial llevaba un tiempo un poco debilitada, que ahora se estaba recuperando y que a la hora de pagar es una empresa puntual y seria. A su lado, Javier Marías, al que siempre es raro ver en los saraos, subrayaba que Alfaguara siempre ha respetado su libertad, recordaba que está publicando poco a poco su obra entera, incluida la primera novela -"que escribí con 19 años"- y luego recordó los felices setenta, cuando Juan Benet, Juan García Hortelano, Juan Goytisolo y él mismo formaban parte del consejo asesor de Jaime Salinas. "Las reuniones del consejo eran muy divertidas. Nos daban una paella y Benet y Hortelano empezaban diciendo que el arroz estaba pasado. Luego le decían a Salinas que antes de entrar en materia había que resolver una cuestión de procedimiento y luego seguían con la broma dos o tres horas más. A esas alturas, los whiskys caían como churros y podíamos llegar a dar consejos bastante extravagantes. Hortelano leyó Cien años de soledad y dijo que era un libro comercial, que no estaba mal y que debería llamarse Mil años de soledad. Por suerte, Salinas era más sensato que nosotros y acabó publicándolo".

A propósito de paellas, el escritor valenciano Manuel Vicent, gran experto en el punto del arroz y en la medida de los adjetivos, se puso casi nostálgico: "Yo empecé aquí, gané el Premio Alfaguara en el 66, antes publiqué mi primera novela, luego me fui al Nadal y he regresado hace cuatro o cinco años. Son amigos, lo cual viene muy bien porque la única zona oscura en el proceso de creación de una novela es la relación escritor-editor".

También rondaba por allí Antonio Muñoz Molina, que está a punto de publicar su quinta novela con Alfaguara, y que lleva por título Carlota Faimberg. Molina aseguró que Alfaguara "posee todavía esa cosa antigua y digna que suelen olvidar las editoriales y que es precisamente la literatura. No la tratan como si fuera otra cosa que literatura, porque un libro no es sólo los ejemplares que vende, sino las veces que se lee". También estaba su mujer, Elvira Lindo, que sacará la sexta entrega de Manolito Gafotas en Navidad con el título de Yo y el imbécil. "Esta casa me ha ayudado a crecer para verme como persona que escribe, porque yo todavía no me atrevo a llamarme escritora", aseguró. También acudieron nuevos fichajes de la editorial como Nuria Barrios y Fernando Royuela, aparte de otros jóvenes escritores como Marcos Giralt Torrente, radiante y rodeado de chicas, o Luis Magrinyà. Julio Llamazares puso el broche final contando un secretillo: "En mi contrato hay una cláusula que pone que no haré promoción ni estaré sometido a plazos de entrega". Y Sampedro se ponía melancólico: "Aquellos libros de color violeta sí que eran bonitos. Los distinguías a la legua".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de noviembre de 1999