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Tribuna:

Mamporros

NEGRITASDurante los últimos 20 años en Granada un puñetazo en el hígado o en la mandíbula no ha sido una gesta meritoria sino infame y, según los casos, criminal y punible. Ahora no. A partir del viernes los trompazos -no todos, también es cierto- formarán parte de un género artístico menor y las narices sangrantes, o los pómulos tumefactos, podrán suscitar legítima alegría. Vuelve el boxeo. Los aficionados a verificar como dos sujetos se parten la cara sin que medie ninguna cuestión de honor o enemistad tendrá la oportunidad de asistir el viernes a una pelea entre un tal Ángel Pérez, alias El Terrible, y un remoto Fedor Sokoholov.Lo inquietante, sin embargo, no es el combate en sí mismo sino el rostro levemente satisfecho del concejal Jesús Valenzuela sosteniendo el cartel de la velada bajo el rótulo Mejoramos Granada. Concejalía de Cultura, Turismo y Deportes. Ayuntamiento de Granada, y los escudos de las instituciones patrocinadoras bajo el calzón de Ángel El Terrible.

¿Cómo casar la intención de mejorar Granada, tan alentada desde el Partido Andalucista, y las palabras "cultura", "turismo" e incluso "deportes" que adornan el nombre de la concejalía con una lluvia mareante de mamporros? ¿Es el boxeo un género libresco o literario, un incentivo para que acudan gentes de otras provincias o naciones o un deporte digno de preservación institucional?

El mundo es raro, muy raro. Así le debió parecer Granada al pianista de jazz Herbie Hancock. Fue su primera impresión cuando bajó del hotel. Le habían dicho que Granada era hermosa y muy antigua, pero lo que se encontró en la acera fue una sucesión de hitos de piedra, de sólidos impedimentos colocados por el anterior equipo de gobierno municipal, y respetados por el nuevo, para guiar a los vehículos y impedirles aparcar en los lugares acotados y de camino introducir en las avenidas y las plazas la estética de la perplejidad.

Hancock, antes de interpretar la música de Gershwin -bellísimo The man in love- informó al público de ese desconcertante descubrimiento en aquella ciudad tan hermosa como antigua. Hancock, no sabemos por qué, antes de salir al escenario necesitó un larguísimo periodo de meditación, que demoró el comienzo del concierto casi media hora. Quizá tuvo que borrar de su mente la visión de los cascotes, proteger la música de la hilera absurda de mojones.

ALEJANDRO V. GARCÍA

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 11 de noviembre de 1999