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Tribuna:

El deportista del año

Jim Awtrey, el venerable director de la Asociación Profesional de Golf (PGA) de los Estados Unidos, intentaba calmar los ánimos después de la controversia desatada por el entusiasmo excesivo de sus jugadores en la última jornada de la Ryder Cup. "Estamos acostumbrados a que nuestros jugadores se paseen por el campo como ejecutivos con su maletín", dijo Awtrey. "Hemos visto que son humanos y que se emocionan. Hemos tenido doce Sergios".La Ryder Cup concluyó hace dos semanas. Dos meses atrás si Awtrey hubiera dicho que tenía a doce Sergios el público americano habría pensado que se había tomado una copa de más. No hubieran tenido ni idea de lo que estaba diciendo.

Muy pocas veces en la historia del deporte un jugador ha saltado a la escena internacional de manera tan explosiva como Sergio García. El joven de 19 años de Castellón, el típico chico simpático de la casa de al lado, se ha vuelto tan famoso en tan poco tiempo que hoy las amas de casa americanas que no saben lo que es un bogey y un par, y que difícilmente podrían localizar a España en un mapa, lo reconocen al instante por su nombre de pila.

Ningún deportista en el mundo ha tenido un impacto más espectacular que Sergio en el último año del milenio. Es el fenómeno deportivo global de 1999 y sin duda, y por amplio margen, el deportista español más destacado del mundo.

Pero ¿qué pasa con Raúl, Moyà, Crivillé? Sí, son grandes talentos. Probablemente con una trayectoria más completa en sus especialidades. Pero lo que ninguno de ellos ha logrado, y seguramente nunca lograrán, es dar el salto de ser un deportista brillante a lo que en inglés se llama una megacelebrity.

Si Sergio fuera tranquilo, inexpresivo, introvertido como José María Olazábal, su éxito desde que anotó el mejor recorrido de un jugador amateur en el Masters de Augusta hace seis meses aún sería considerado meteórico. Ha ganado el Abierto de Irlanda, el Masters de Alemania, fue segundo en el PGA de EE UU (uno de los cuatro grandes del golf) y fue el mejor jugador en la Ryder Cup, el equivalente golfístico más cercano al Mundial de fútbol.

Pero lo que marca la diferencia en Sergio es su personalidad, su estilo, la luz que brilla en sus ojos. Se puede afirmar sin temor a equivocarse que este chico, él solo, ha redefinido la manera en que se juega al golf. El golf, tanto a nivel profesional como amateur, ha sido siempre un juego que ha valorado el decoro, en el sentido estricto que se le daba en la alta sociedad del siglo XIX. Reprimirse en el campo ha sido una virtud. Como dijo el director de la PGA, se espera que los golfistas se comporten como gentlemen de traje y maletín.

Sergio reacciona a un buen drive, a un putt que entra en el hoyo, como si hubiese marcado un gol en una final de Copa. Abrazos, bailes, gritos. Pero lo realmente sorprendente es que los Mister Awtreys de este mundo, los guardianes de un juego cuyo pionero fue un rey escocés de la época de Felipe II, no sólo no desaprueban tales excesos, sino que los consideran un modelo apropriado de conducta.

¿Cómo puede ser? Hay por lo menos dos explicaciones. Una es que por más primitivas que resulten las manifestaciones de alegría de Sergio, él conserva ese respeto básico por el juego y esa generosidad hacia sus rivales que representan la esencia más fina del golf. Cuando se enfrenta a la prueba definitiva, es un buen perdedor. Al contrario de McEnroe, por ejemplo, o Martina Hingis, cuando Tiger Woods lo derrotó por la mínima en el torneo de la PGA, Sergio fue el primero en felicitarlo, en abrazarlo, en el hoyo 18. Incluso le dió un beso a la sorprendida madre de Tiger.

La segunda explicación es más profunda pero más efímera. La atracción estelar que provoca Sergio se debe a que brilla como una figura universal, en el sentido literario de la palabra. Se le identifica como la quintaesencia de la juventud en su exuberancia, su ausencia de temor, y su feliz esperanza, aún no minada por los desengaños de la vida. Tiene una cualidad, totalmente natural e imposible de imitar, que transciende las fronteras y el tiempo, que toca el corazón humano.

La mejor prueba de esto es que durante la apoteosis de la Ryder Cup ocupó las portadas de todos los periódicos españoles, protagonizó las noticias de la radio y la televisión. Todo indica que puede alcanzar la meta que Ballesteros y Olazábal nunca consiguieron. En el siglo XXI Sergio García puede convertirse en un héroe tan grande en su propio país como lo es ya en el resto del mundo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 1999