Ir al contenido
_
_
_
_
Tribuna:
Tribuna

Cosmética universitaria

Algunas recientes novedades, realizadas en los ambientes universitarios, podrían hacer pensar al lector ingenuo que las organizaciones académicas gozan de buena salud y presentan un aspecto inmejorable. Mientras la Universidad de Alicante inaugura una oficina de diseño curricular, en otros ambientes universitarios se abren las asignaturas optativas y de libre elección a distintos deportes de moda, pudiendo así consumir unos cuantos créditos, académicos por supuesto, a cambio de realizar alguna que otra afición. Al fin y al cabo ya sabemos que el deporte es saludable y no cabe duda que el ejercicio físico siempre viene bien, incluso a los futuros médicos, psicólogos, fisioterapeutas, y demás titulaciones. Sin embargo, que no se despiste nadie, esto es simple cosmética universitaria, es tan sólo el iceberg de un deterioro progresivo, es la negociación encubierta entre los que se sienten débiles y el paternalismo interesado de las estructuras de poder.Hemos pasado de la orientación vocacional a la oficina de diseño curricular, atravesando por la malograda formación profesional. Antes, tiempos pasados, el universitario buceaba en su interior para descubrir cuál sería la profesión para la que estaba destinado. Luego, con el éxito del conocimiento técnico, unido al crecimiento económico y al progresivo consumismo, muchos de nuestros jóvenes discurrieron, orientados por sus desinteresadas autoridades académicas, por los caminos de las profesiones más prácticas, menos abstractas y más pegadas a las necesidades inevitables de las sociedades del bienestar, que de eso se trataba con la invención de la formación profesional. Hoy, en la sociedad de la información y de la imagen, la Universidad acaba de inventar la oficina de diseño curricular. Vamos, que los estudiantes, al margen de hacer colas para matricularse y analizar mil veces las múltiples asignaturas de las que dispone y no entiende su contenido, tendrá que pasar por una ventanilla, informatizada y mágica, que en poco minutos le proporcionará la combinación de asignaturas y créditos a gastar más adecuada para el perfil ocupacional al que aspira. Todo un ejercicio de cosmética, pero justificado como atención al estudiante. Cosmética y deterioro porque el universitario nunca estuvo tan mal atendido y peor tratado como ahora, que dispone por ley de horas de atención por parte del profesorado, de sistemas de revisión de exámenes, de comisiones múltiples en las que supuestamente participan, de centros de apoyo para ayudarles a resolver todo tipo de problemas, tanto académicos como personales.

Todos sabemos, y se viene denunciando desde hace tiempo, que muchas asignaturas de ese diseño curricular son un mero producto de las necesidades de un profesorado que convierte en materia de estudio la tesis doctoral, los trabajos de investigación o la memoria de oposiciones y, a veces, hasta las aficiones o creencias extra-académicas. En los ambientes universitarios se dice que la mayoría de las asignaturas que componen una titulación tienen nombre y apellidos. Claro que es una perversión inevitable, porque la entrada masiva de profesorado hacia inviable una distribución docente de calidad; y no porque fuese profesorado joven, sino porque se exigía dotar a todo el profesorado de docencia. Una docencia inexistente que se ha tenido que inventar sobre la marcha, adaptando el conocimiento al perfil y características de ese profesorado masivo. Toda una negociación encubierta, a costa de la formación de nuestros universitarios, pero destructivo por la fragmentación del conocimiento que hemos ido adoptando progresivamente desde la implantación de la LRU.

En los ochenta, el modelo de titulación anterior a la LRU estaba obsoleto porque partía de una concepción vertical, de arriba abajo y además cerrada de la enseñanza y las titulaciones. El universitario sólo elegía una cosa: la carrera que quería estudiar; una vez decidido eso, todo lo demás le venía impuesto. No han pasado ni veinte años y nos encontramos con el fenómeno contrario; el alumno de hoy elige todo, salvo la carrera, que le vendrá dada por las elecciones múltiples que vaya haciendo. El modelo previo a la LRU ya no se acoplaba a la nueva sociedad, una sociedad abierta y plural, en la que los individuos quieren elegir y las instituciones sociales deben proporcionar un abanico de posibilidades de elección. El ciudadano del final de siglo quiere elegir su estilo de vida, la distribución de sus vacaciones, la enseñanza que quiere recibir, su estilo de matrimonio y de familia.

La LRU abrió la enseñanza a ese modelo social de elecciones múltiples y diversas. Los estudiantes podían confeccionar su propio plan de estudios, elegir las asignaturas, los profesores y los tiempos de realización. La intención es correcta, pero la resultante es que el alumno ya no sabe qué va a estudiar cuando elige unas asignaturas, porque se diseñan en función del profesorado de turno, su nombre ya no indica ningún conocimiento establecido, ya no pertenecen a la inteligencia colectiva de la comunidad académica, sino a los intereses ingenuos de algunos y a los más interesados de otros, pero en cualquier caso intereses individuales. La paradoja reside en que el modelo plural y abierto, horizontal y democrático de la universidad nos está haciendo regresar a un egoísmo ilustrado, al sálvese quien pueda, siguiendo tendencias hobbesianas, pero ahora sin decirlo y ocultando los intereses bajo las llamadas oficinas de diseño curricular o los planes deportivos para rellenar créditos de titulación.

Lo dicho, el universitario nunca estuvo tan mal tratado y tan mal valorado como ahora. Los estudiantes se están infantilizando a pasos agigantados. No sólo por la época que les ha tocado vivir, sino también por sus figuras de autoridad que, escondiendo sus ansiedades, se vuelcan en un proteccionismo interesado. En vez de llevar mochilas y lápices de colores a las clases, con goma y sacapuntas incluido, deberían dar a sus autoridades una lección de madurez y desvelar públicamente lo que ellos saben de la universidad, pero que desconoce la mayoría de los ciudadanos por los afeites y la cosmética de los nuevos diseñadores.

Adela Garzón es directora de la revista Psicología Política.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_