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El día después

Escribía ayer Maruja Torres que, mientras guardaba cola para entrar en el Liceo la noche de la inauguración, comentaba con Terenci Moix si no se habrían equivocado de función, si no debían haber acudido a la del día siguiente, la de los auténticos aficionados. Si eran auténticos o se lo hacían, no sabría decir. Que había mucho menos paripé-pé, eso desde luego. Pero, sobre todo, lo que hubo fue una función mucho más acabada y convincente que la de la apertura. Lo cual demuestra que los estrenos, con toda su pompa y circunstancia, multiplicada por mil en este caso, suelen ser enemigos jurados del buen hacer musical.Por lo pronto quedó claro que esta producción de Turandot, con todas las dificultades que la han acompañado, se ha ensayado a fondo. En la función del viernes la música fluía, respiraba holgadamente, llenaba el teatro con comodidad: la tensión había cedido el paso al buen trabajo realizado desde principios de septiembre. A la orquesta se le notaba "hambre de foso". Lo decía el director De Billy días antes del estreno. Cuando empezó a ensayar esta ópera constató en seguida que la orquesta era profundamente operística. Su esfuerzo futuro deberá consistir en desoperizarla un tanto para sinfonizarla algo más: sólo por ahí se obtienen los matices que aún no posee, como esa tendencia a las dinámicas exageradas o una cierta uniformidad tímbrica que aplana el contraste. Pero de afinación y capacidad de respuesta a las órdenes de la batuta está ciertamente por encima de las expectativas previas.

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El segundo reparto de voces se mostró de largo más homogéneo que el primero. Para empezar, hubo tenor. Eso no es ninguna sorpresa tratándose de Johan Botha. Su Nessun dorma no sólo impidió que nadie se durmiera, sino que tensó los ánimos, desbordados en los aplausos finales. Y hubo también sopranos. Eva Marton, idolatrada por el liceísmo militante, posee hoy, tras su paso por tantas Brunhildas y Elektras, una voz un tanto pesada para el papel de Turandot, pero como se lo conoce al dedillo sabe negociar con astucia los momentos que le son menos favorables. Por su parte Ana María Sánchez compuso una Liù vibrante y llena de fortaleza que lució espléndida en Tu che di gel sei cinta.

Los estrenos, y más uno como el del Liceo, no sólo inducen a errores a los intérpretes. También los que escribimos nos contagiamos del clima de precipitación generalizado y metemos la pata. Deshagamos pues el entuerto: ahora sí incorporaron Àngel Òdena, Antoni Comas i Josep Ruiz, respectivamente, los papeles de Ping, Pang y Pong, por cierto con un excelente resultado. Habían sido programados para la primera función pero a última hora, sin que algunos nos enteráramos, quedaron excluidos, supuestamente por no dar la talla escénica, pues la musical la dieron considerablemente por encima de sus predecesores. Consiguieron funcionar como un personaje único, que es de lo que se trata: un curioso personaje, algo histérico, que Puccini se sacó de la manga para comentar acciones y aliviar tensiones del drama. Simón Orfila sacó un buen Timur y Lluís Sintes dio vida a un aplomado Mandarín.

Últimas líneas para la producción. Constatemos: la iluminación ha mejorado. Pero viendo, en el segundo acto, avanzar hacia el proscenio el carromato del emperador, uno sigue pensando en un Liceo muy viejo, aunque ahora con mucho más dinero, lo que no se sabe si es mejor o peor. ¿Homenaje póstumo al señor Pamias? Si es así convendría subrayar más el guiño. Es cierto que también hay momentos más poéticos, especialmente la escena del dúo final, cuando sólo quedan la noche estrellada y los lances del amante para que el corazón de la princesa de hielo por fin se derrita. Añadamos que a la gente le gusta, pues también el viernes el montaje fue muy aplaudido. O quizá es que también los aficionados tenían hambre de Liceo y eso les recuerda su vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 10 de octubre de 1999