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Tribuna:

Camarero muerto de risa

Me llamo Lucas, he cumplido 37 años y soy camarero desde que tenía 18. Siempre he ejercido en Madrid. Hasta el momento, he pasado por 23 establecimientos de variada ralea: cervecerías, discotecas, clubes privados, bares de alterne, cafeterías clásicas, nidos de modernos, ambientes depravados, restaurantes finos, comedores cutres, bingos, tapaderas, piscinas, tascas de barrio, hospitales... No es que sea culo de mal asiento, simplemente soy guaperas y resultón, cosa que ya me está resultando molesta: las mujeres me acosan; tengo que huir de mis novias y de mis apaños ocasionales como geisha por arrozal. Conozco bien el arte de la fuga compulsiva, es decir, la despedida a la francesa. Total, que Madrid no tiene secretos para mí.Actualmente trabajo en la cafetería de una emisora de televisión que tiene su sede en San Sebastián de los Reyes. Ahora mismo estoy de baja laboral. Hace diez días, un ataque de risa estuvo a punto de llevarme al otro mundo. Los médicos me han aconsejado que me mantenga alejado de cualquier persona o situación que pueda provocar hilaridad. Una carcajada inoportuna puede ser mortal para mí.

Las cafeterías de las televisiones son un peligro para los espíritus sensibles. Ves lo que no está escrito, oyes lo que no está grabado, te enteras de lo que no quieres y has de hacer como que no te enteras de nada. Un camarero tiene que ser espabilado, pero simulando que es ciego, mudo, sordo, algo tonto y bastante olvidadizo. Yo soy todo lo contrario. No olvido caras ni conversaciones. Estoy a la que salta.

El ataque de risa antes mencionado fue provocado por una artista que acudió al programa Cala Mar, presentado por el actor catalán Josep Julien. Se trata de Rosita Amores, vedette clásica valenciana que ha trabajado en el cine con Luis García Berlanga y que sale en una novela de Manuel Vicent. La tal Rosita, a la cual jamás podré olvidar, destaca, entre otras cosas, por disponer de unas glándulas mamarias espectaculares que la gentil dama maneja con fluidez digna de encomio. Estaba Rosita Amores comiendo en la cafetería, y yo me percaté enseguida de la sublime magnitud de sus pechos. Ofuscado por la visión, me puse nervioso y era incapaz de dar pie con bola. Las ubres de las mamíferas me hacen mucha gracia. Rosita compartía mantel con las barcelonesas Hermanas Bandera, que son las cupletistas de cabaré más gordas del mundo: cada una de ellas pesa 140 quilos, y llevan su magnitud con alegría y con un apetito voraz. En mi ofuscación, derramé un plato de sopa caliente en los pechos de Rosita Amores. La artista emitió un grito desgarrador, y todo el comedor quedó atónito. Enseguida se desembarazó de su blusa y quedó al descubierto una especie de espectacular andamio metálico para sujetar el tonelaje de sus glándulas. A las Hermanas Bandera les dio una risilla tonta que comenzó en susurro y acabó en clamor escandaloso. Las 300 personas que comían en aquellos momentos comenzaron a reír, y reír, y reír. Yo, con la sopera en la mano y con cara de panoli, tardé un minuto en percatarme de mi hazaña. Recuperado del susto, sentí en mis entrañas un cosquilleo torrencial que me hizo verter la sopera encima de una de las gordas. En vez de quejarse, explotó en una carcajada monstruosa. A esas alturas, todo el comedor era un mar de lágrimas. El encargado de la cafetería se acercó a mí como un basilisco y recriminó mi torpeza. Pero yo ya no estaba para broncas. Me retorcí como una sabandija borracha y di con mi cabeza en las ubres pechos de Rosita. Ella se limitó a decir: "Muchacho, ¿te has pensado que mis pechos son un sofá?". Justo lo que me faltaba. Una opresión endocrina se apoderó de mi alma y de mi garganta. Se me cortó la respiración y caí al suelo fulminado en medio de un síncope de risa. Fue la propia Rosita quien me recogió, gritando: "¡Un médico, por favor, un médico, que este chico se nos muere!".

Desperté en la enfermería. A mi lado estaban Rosita, las Hermanas Bandera y Toni Boneu, un cineasta catalán que andaba por allí. Al ver a esa gente, otra vez me dio el mal. Me metieron muerto de risa en una ambulancia y me depositaron en urgencias del Ramón y Cajal. Cuando los médicos preguntaron por la causa de mi enfermedad, intenté explicarles la sintomatología, pero me fue imposible: la risa se hizo dueña de todo mi ser. Rosita de mis Amores, eres la causa de mi mal, pero te adoro. Y también a las Hermanas Bandera.

Ahora bien, tendré que buscarme la vida lejos del mundanal ruido. Voy a solicitar trabajo en la hospedería de la Cartuja de Miraflores.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 1999