Crítica:FESTIVAL DE PERALADA - "IL TEATRO ALLA MODA"Crítica
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Ayer tal como hoy

Il teatro alla moda, una crítica ácida y cómica de los excesos y vicios del mundillo operístico, escrita por Benedetto Marcello en la primera mitad del siglo XVIII, mantiene toda su vigencia, pues los problemas allí denunciados siguen siendo hoy exactamente los mismos de entonces. Convertido en un espectáculo "meta" y "para" operístico, Il teatro alla moda se presentó el pasado viernes en el Festival de Peralada.El núcleo de Il teatro alla moda, escrito en forma de "manual de instrucciones" para profesionales de la ópera por el compositor Bendetto Marcello y publicado en Venecia en 1720, viene a ser, más o menos, el siguiente: es inútil que los libretistas, incompetentes por definición, se esmeren en afilar la pluma y pulir el verso, los compositores, aún más incompetentes, destrozarán su labor; pero da igual, los cantantes, vanidosos, veleidosos y cretinos por naturaleza, cantarán lo que les de la gana, y los escenógrafos, unos inútiles, acabarán de asesinar la obra. Todo ello no es importante, pues los empresarios, unos delincuentes desalmados, la presentarán, por si acaso, en las peores condiciones posibles ante un público (y una crítica) idiota y que no se entera de nada.

Es evidente que los vicios y excesos operísticos que por la vía de la sátira se ridiculizan sin piedad en Il teatro alla moda siguen siendo hoy los mismos y está clarísimo que la idea de convertir el viejo texto en un espectáculo de escenario es en principio buena y llena de posibilidades, otro asunto es que los objetivos fijados se alcanzaran en su totalidad.

A partir del texto original, escrupulosamente respetado y con sólo las amputaciones necesarias para que pudiera asumir unas dimensiones teatrales razonables, Rosa Novell, la directora de escena, concibió un espectáculo de dimensiones camerísticas protagonizado por un actor, Fernando Guillén, en el papel de Benedetto Marcello.

En el espectáculo se intercalaban - interpretadas de la soprano Núria Rial, el barítono Vicenç Esteve y un quinteto de músicos de la orquesta Barcelona 216 situados sobre el escenario- obras del mismo Benedetto Marcelo, un Concerto a cinque y otras músicas, mayormente arias, procedentes de las ópera L"impresario delle Canarie, de Giambattista Martini; Der Schauspieldirektor, de Mozart; Le convenienze ed inconvenienze teatrali, de Donizetti, y L"impresario in angustie, de Cimarosa. Obras, todas, que, a partir del ejemplo lanzado por Marcello, abundaron en los decenios siguientes en la ridiculización del mundillo operístico y sus extravagantes personajes. Hubo ideas felices, como la entrada de la soprano en escena, la aparición de las máscaras, el juego de luces, a cargo de Albert Faura, para cambiar el registro narrativo por el canto o la idea de cerrar con el capítulo de la rifa, un punto en donde el texto empieza a tomar un cierto vuelo poético, pero la repetición de la fórmula de la alternancia texto-canto acabó haciéndose excesivamente monótona y, a pesar de que todos pusieron esmero y empeño en la interpretación, el espectáculo a menudo perdía tensión por excesivamente previsible.

La idea de base es buena, pero el espectáculo aún se puede pulir y debería mejorar su ritmo.

Lamentablemente, aunque ello demostró que el texto de Marcello es de una actualidad total, los espectadores fueron víctimas de aquello mismo que el texto critica, de la incompetencia. Fernando Guillén hablaba alto y claro, con entonación y pausas de actor de vieja escuela, pero la amplificación aberrante de su micrófono inalámbrico, combinada con la acústica resonante de la iglesia del Carme, provocaba que más allá de la quinta fila su discurso se entendiera con mucha dificultad. Esto, en una obra que se sostiene con un solo actor que protagoniza un largo monólogo, es fatal y le amargó la noche a más de uno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 07 de agosto de 1999.

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