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Tribuna:

Padres e hijos

JUSTO NAVARRO Los bares: qué bendición de Dios en semejante lugar solitario y maldito, qué enciclopedia universal. Espía de paso, pongo la oreja en un bar de la calle Mercedes Gaibrois, en Granada, y oigo la conversación sin inmutarme, porque con los años he ido perdiendo aquella sensación de que la oreja-espía crece, cambia de color hasta que suena una alarma como de coche o caja de ahorros. Ahora oigo las conversaciones con tranquilidad, tal vez demasiada tranquilidad, también castigada: empiezan a pesarme tantas conversaciones. Estoy invadido: son demasiadas voces y demasiadas vidas, la invasión de los ladrones de mentes. Una hija de menos de veinte años discute fervorosa y amigablemente con sus padres en la barra del bar, y yo oigo. Padres e hija coinciden en un punto: los tres beben cerveza. Los padres se quieren ir a Cazorla, unos días, una semana. Es que en esta estación todos queremos irnos de donde estamos. Queremos ser, si es verdad lo que decía el gran Blanchot: -Cuando estoy solo, no soy. Nos pasamos el año con nosotros mismos, solos, quizá muy cerca de alguien con quien compartimos casa y cama y con quien nos gustaría volver a encontrarnos. Y se nos ocurre que, puesto que no nos sentimos completamente juntos en la casa común, quizá lo consigamos bajo otro cielo, en cualquier otra parte, fuera del mundo de todos los días. Así que estos padres han decidido irse a Cazorla, aunque la hija sentencie: -Yo no me quedo con los abuelos. Me voy con vosotros. Los padres se niegan: tienen derecho a estar solos y juntos unos días, sólo unos días al año. Soy testigo de una situación revolucionaria, parecida a la que viven el comandante Chávez y sus venezolanos asamblearios. No hace mucho los hijos estaban deseando que se largaran los padres para tomar el palacio del padre emperador y movilizar a las masas, diez amigos y diez cajas de cerveza, y llenarlo todo de ceniza y vasos y cajas de discos vacías que han perdido irrevocablemente su compacto. Ahora los padres luchan por desembarazarse de sus hijos, como antes los hijos luchaban por desembarazarse de sus padres. Estos pobres padres quieren irse a Cazorla solos, pero la hija amenaza con acompañarlos, joven carabina, mientras a su lado sonríe un novio gigante y rubio, muchacho extraordinario en todos los aspectos. La niña prefiere ir a Cazorla con sus padres antes que quedarse en Granada compartiendo el novio con su abuela y su abuelo. Me dicen que hay treintañeros y cuarentones que pleitean con sus progenitores para conseguir la custodia, es decir, para conseguir ser custodiados a perpetuidad por sus padres. Los padres, a su vez, anhelan librarse de esos viejos extraños que los persiguen sin fin como alienígenas de un planeta horrible que se llama Pasado. Pero la madre, el padre y la hija del bar me parecen otra cosa: existe un nuevo tipo de padres cuarentones e hijos veinteañeros que, casi perteneciendo a la misma generación, sufren las mismas incertidumbres y pueden permitirse el juego dialéctico de discutir fingiendo que intercambian los papeles. Ese juego suele ser una broma en la que hay bastante verdad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de agosto de 1999