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La segunda "media final"

Ni la militancia empresarial y el servilismo que suele implicar han acallado el disgusto de Patxi Eugi y Aitor Elkoro, los dos finalistas del manomanista escindido. Ambos se sentirán medio-campeones si ganan, semifinalistas si pierden. Ninguno de los dos tiene la culpa de que las empresas que monopolizan este juego sean incapaces de arreglar sus diferencias, que lo económico arruine (o, como poco, desvirtúe) lo deportivo. Ninguno de los protagonistas se sentirá cómodo bajo los focos. Demasiado poco voltaje. Justo la mitad de la potencia deseada. Sin embargo, el partido ha despertado gran expectación en Guipúzcoa. La cancha del Astelena de Eibar, que alberga su primera final desde 1973, podría registrar un lleno que contrastaría con las sillas desiertas del Atano III durante la otra final, la de Beloki y Arretxe. Amenazada por un posible aplazamiento -estudiado y posteriormente rechazado por Eugi-, la cita coloca a éste último con ventaja en los pronósticos. El navarro, reconfortado respecto a la lesión en su mano derecha (el año pasado, la última final unificada se retrasó varios meses debido a sus problemas) exhibe una sólida base física, necesaria para medirse al pelotari más rocoso de la especialidad, el que más se agarra a su fortaleza y voluntad para llevarse los encuentros por la vía del desgaste ajeno. Aguantar y responder Aitor Elkoro admite su inferioridad con un discurso realista, que relega sus opciones a una mera cuestión de pulmones: aguantar, responder y conducir el choque del lado del músculo. Suspira por un encuentro maratoniano, por contener el saque de Eugi, que ha mejorado enormemente en esta faceta. Los atributos de Elkoro explican su regularidad: dos finales (1997 y 1999) y una semifinal (1998) en tres participaciones, datos que revelan también sus límites, una frustrante falta de recursos para pesar decisivamente sobre adversarios más imaginativos. El guipuzcoano teme la pegada de su rival, aptitudes manomanistas innatas ante las cuales, y careciendo de atributos similares, uno sólo puede proponer corazón. Desde esta perspectiva, sólo un encuentro con intercambios largos podría mermar la objetiva superioridad de Eugi, más inclinado a dominar con holgura que a arrastrarse en peleas sordas. El de Aóiz se dispersa cuando la reunión pierde electricidad, cuando el brazo se convierte en pala y el rival en frontón. Los caminos del sudor exagerado no están hechos para él. Ahí, Eugi acusa una tendencia al aburrimiento que le aleja rápidamente del objetivo. El navarro ha declarado estos últimos días sus ganas de imponerse, declarándose sin pudor en un gran momento tanto físico como anímico. Nunca ha negado que hubiera preferido medirse a los mejores pelotaris del panorama, Beloki incluido, su verdugo en la última final unificada del manomanista. En los prolegómenos de la final, Elkoro ha mantenido su discurso, entre modesto y realista: se sabe con opciones y reconoce las condiciones que le pueden conducir al que sería su primer título individual. En todo caso, la cita se prevé más relevante que la descafeinada final que enfrentó recientemente al campeón Beloki con un Arretxe muy desdibujado. Separados los pelotaris, la pelota no sólo pierde interés deportivo; arruina todo lo acometido en los últimos años para impulsar una modalidad que languidecía apartada del escaparate audiovisual. Ahora puede producirse -se está produciendo, de hecho- una situación paradójica, cómica casi: que la pelota se pasee por televisión ante la indiferencia generalizada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 1999