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Tribuna:

El sufragio de la extenuación

PEDRO UGARTE Algunos ciudadanos aún seguimos las campañas electorales con resuelta expectación, con sobrecarga de periódicos y atenciones de entomólogo. Día a día tomamos la temperatura política, apreciamos los puntos álgidos de la contienda dialéctica, los momentos de laxitud, las inflexiones del tono, el mensaje subliminal. Hoy resulta de buen tono desligarse de estas cosas, despachar el tema político con un sumario desprecio hacia las instituciones y los partidos. Pero aún somos muchos los que asumimos aquella máxima de que la democracia, al fin y al cabo, es el menos malo de todos los sistemas: nadie inventó nada mejor. La maratoniana campaña de las presentes elecciones locales ha cubierto ya un importante trecho, pero queda mucho por andar. Los discursos, no por repetidos, se nos hacen menos interesantes. La clave reside en eso que podríamos llamar "temperatura": según se insulten o retrocedan a posturas moderadas, nos parece que los políticos están tramando algo, y eso hace interesante seguir sus peroratas con aire detectivesco. Sin embargo hay una vertiente martilleante y pertinaz de la campaña que, a medida que van avanzando las jornadas, se transforma en mero empalago: son los altavoces callejeros, las furgonetas, los carteles móviles, esa parafernalia destinada exclusivamente a agredir al peatón. El volumen sonoro va creciendo con los días. A medida que se acerca la jornada de reflexión, las caravanas electorales, irreflexivamente, invaden las calles y los parques. El nerviosismo de los comités de estrategia se incrementa. Las furgonetas mitineras recorren con más saña, si cabe, las ciudades y los pueblos. Nada parece suficiente cuando se trata de arrancar unos cuantos votos, aunque el recurso al ruido sólo pretenda obtener el sufragio de la extenuación. En realidad, las costosas campañas electorales se dirigen a una bolsa de electores indecisos que son siempre los que resuelven al final el resultado. De nada vale que muchos ciudadanos (paradójicamente, aquellos que siguen con más interés la quincena de barullo) tengamos nuestro voto decidido desde que el mundo es mundo: nos atormenta la multicolor caravana electoral y, muy posiblemente, la sección que más nos exaspera es la afecta a nuestras ideas, la del partido de nuestros amores, al que seguiremos votando tras la sólida reflexión que realizamos hace décadas y que no es muy probable que vayamos a alterar. A uno le entran ganas de decir a los muchachos que se larguen con la música a otra parte: "Le juro que les votaré, oiga, pero váyase de aquí: me está despertando a la criatura con su maldito altavoz". Hay algo incivil en tanta insistencia, en esa cruel persecución de nuestro voto, en esa omnipresencia electoral y mitinera. Desde que los ayuntamientos pusieron firmes a los partidos en el tema de la publicidad electoral, desde que, muy razonablemente, se proscribieron las octavillas y los sucios carteles emplastados con engrudo, la campaña electoral se ha vuelto acústica. Prohibido el tupido follaje electoral que ensuciaba las ciudades, los partidos están dispuestos a gritarnos su eslogan a la oreja, hasta que los oídos supuren. Y desde luego, conviene preservar un buen oído, en las campañas y en cualquier otro momento. Es necesario, si uno quiere apuntalar mejor su propio discurso político. Pero, sinceramente, la aportación de los altavoces callejeros a la ilustración general resulta ridícula, imposible, completamente inútil. A la gente no debería convencerle un mero eslogan electoral. Pero si lo hace sería desalentador: la prueba de que el electorado es voluble y de que, sobre la masa de voto fiel y militante, al final los resultados se resuelven por ese otro sector que bailotea, de formación en formación, según hacia dónde soplen los vientos, con inconsciente criterio de veleta. Posiblemente, y para desgracia del sistema, la realidad sea así. Y esos tipos que conducen atronadoras furgonetas electorales por mi barrio lo entendieron mucho antes que yo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 1999