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REPORTAJE

Diez años después de Tiananmen

Pekín ha cambiado sus métodos de control, pero hoy su objetivo sigue siendo el mismo: cortar todo germen de 'revolución contrarrevolucionaria'

¿Se acuerdan de aquel 4 de junio? Al despertarnos, nos enteramos de que los carros de combate del Ejército Popular de Liberación acababan de "ahogar en sangre" esa noche a los últimos estudiantes contestatarios de la plaza de Tiananmen. Descubrimos imágenes de cuerpos inertes y vehículos incendiados que revelaban al mundo entero que el Ejército chino se había enfrentado a los suyos. Sucedía hace 10 años: la llamada matanza de la plaza de Tiananmen señaló el fin de 50 días de entusiasmo que hicieron temblar el poder en la capital.Todo empieza el 16 de abril, cuando varios centenares de estudiantes lloran la muerte, ocurrida la víspera, de Hu Yaobang, secretario deneral del partido, destituido en enero de 1987 por estar demasiado próximo a los intelectuales reformistas. Los manifestantes rinden homenaje al puro y, a través de él, denuncian la corrupción y el nepotismo de los principales dignatarios, en primera fila de los cuales figura el patriarca Deng Xiaoping.

A la mañana siguiente son ya miles los estudiantes que ocupan la plaza. A ellos se unen otros tantos obreros, empujados a la calle por una inflación galopante: se pide la liberalización de la prensa, la libertad de expresión, más democracia y mejores condiciones de trabajo en la universidad. Solicitan ver a Li Peng, que desde el primer momento habla de "la conspiración de un pequeño grupo de gente". Muy pronto, a los estudiantes -que forman un sindicato autónomo- se unen los intelectuales y con ellos varios miembros de la Asamblea Nacional Popular. Durante los funerales de Hu Yaobang, el 22 de abril, son los habitantes de Pekín los que invaden la calle desafiando todas las prohibiciones.

Ante la efervescencia de un movimiento que pronto adquiere dimensión nacional, el poder se endurece con el apoyo de los conservadores, que aconsejan a Deng que lo reprima sin perder más tiempo. Los días 25 y 26 de abril, Deng condena el movimiento estudiantil y decreta que "toda manifestación es ilegal". Consecuencia: al día siguiente hay 150.000 estudiantes en la calle. El reformista Zhao Ziyang, todavía secretario general del Partido Comunista Chino, propone en una reunión del Politburó el 1 de mayo que se ataque la corrupción para satisfacer las demandas de los estudiantes. Li Peng se opone y Zhao Ziyang insiste en vano el 11 de mayo.

Sin embargo, el 12 Li Peng acepta el principio de un "debate informal" no televisado con los estudiantes. Pero ese día el movimiento da un giro radical bajo la influencia de la carismática Chai Ling, que preconiza una huelga de hambre para obligar al Gobierno a escuchar sus exigencias: "Nosotros los jóvenes estamos dispuestos a morir", afirma. Personas próximas a Zhao Ziyang, que temen que los sectores duros del Gobierno encuentren ahí una razón para aplastar el movimiento, intentan disuadir a los estudiantes y no lo consiguen.

Impulsados por el apoyo que reciben de toda China, los jóvenes ya no quieren escuchar a los mayores -esos activistas que vivieron el muro de la democracia en 1979- ni aceptar la idea de coordinación con el movimiento de los trabajadores: "Creían que el poder no osaría jamás disparar sobre un movimiento constituido exclusivamente por sus hijos", explica hoy en Hong Kong Hang Dongfeng, que aquella primavera intentó, sin éxito, coordinar el movimiento obrero.

Tampoco surgirá ningún liderazgo sólido, ninguna estrategia elaborada de unos movimientos más espontáneos que organizados. En realidad, los más moderados quedan marginados rápidamente. Y el movimiento adquiere velocidad. El 17 de mayo, obreros, activistas, periodistas, médicos, abogados, conductores de taxis y autobuses, campesinos de remotas provincias..., todos salen a la calle para apoyar a los que hacen huelga de hambre. Suman un millón. Los estudiantes enarbolan pancartas con el lema Democracia y libertad. Es una inmensa fraternidad.

En Pekín, ciudad marcada por una historia de traiciones sin fin en la que reinan la sospecha y la desconfianza hacia el vecino, la gente habla entre sí, se atreve a pedir más libertad, se olvida hasta de tener miedo. Sin embargo, esa noche del 17 de mayo es el momento en el que un puñado de viejos dirigentes, bajo el mando de Deng Xiaoping y Li Peng, toma la decisión de imponer la ley marcial: el poder se repliega sobre los conservadores y Zhao Ziyang dimite.

Al día siguiente, las conversaciones entre un puñado de representantes de los estudiantes -sobreexcitados, agresivos y confusos- dirigidos por Wuer Kaixi, por un lado, y Li Peng, por otro, no logran ningún resultado. El diálogo resulta imposible. La población, informada de que la ley marcial es inminente, intenta impedirlo levantando barricadas, y el 20 de mayo, a las diez de la mañana, se declara la ley marcial: el Ejército recibe la orden de desalojar la plaza y restablecer el orden. Pero los soldados confraternizan con los estudiantes. Al día siguiente la población vuelve a salir a la calle. Son un millón de personas, que impiden que el Ejército entre en Pekín.

En esos días de finales de mayo, decenas de miles de personas vuelven a salir a las calles de la capital china para reclamar la dimisión de Li Peng. Pero los estudiantes están agotados tras el tiempo de acampada pestífera en Tiananmen. La diosa de la democracia, erigida por los alumnos de la Academia de Artes el 30 de mayo, es el canto del cisne. Los ciudadanos se muestran menos dispuestos a afrontar la ley marcial, muchos estudiantes han regresado a su casa o su universidad, los recursos -incluida la comida- se agotan, la huelga de hambre deja extenuados a los últimos resistentes. "Los radicales tenían la impresión de que al aceptar la retirada de la plaza los estudiantes iban a perder el último pilar de su poder", admite Wang Dan. Éste, en el bando de los moderados, no consigue dar la talla ante una Chai Ling que se declara comandante jefe de los jóvenes y toma el poder de un movimiento que se agota. Por el lado de las autoridades, ya han comenzado las purgas en los ministerios y los medios de comunicación y entre los dirigentes obreros.

Los días 2 y 3 de junio, el Ejército entra en Pekín y se despliega alrededor de la plaza. El día 3, a las 18.30, las autoridades difunden por televisión varios comunicados en los que ordenan a la población que no salga de casa porque "la seguridad no está garantizada". En la noche del 3 al 4, unos soldados que se dirigen a la plaza disparan sobre civiles desarmados, participantes en la protesta y paseantes, en la avenida Chang"an, que desemboca en Tiananmen, y en las calles vecinas. Vehículos blindados destruyen las barricadas y hay civiles muertos y heridos. De acuerdo con testimonios recogidos por Amnistía Internacional, en esa misma avenida hubo estudiantes aplastados por tanques. A las cinco de la mañana, los varios miles de estudiantes que se negaron a salir de la plaza son evacuados a la fuerza.

Las autoridades chinas, que siempre han negado que hubiera muertos en Tiananmen, han reconocido finalmente que hubo 300 civiles muertos en las calles adyacentes. Por su parte, Amnistía Internacional, basándose en interrogatorios realizados en los hospitales de las grandes ciudades chinas, calcula que en todo el país murieron varios miles de personas.

Si el origen de los acontecimientos sigue siendo objeto de un duro debate, lo que está claro es que a partir del 4 de junio las autoridades recuperan las riendas de la situación con gran severidad. Durante ese mes son detenidas oficialmente 4.000 personas -en realidad, varias decenas de miles- y se las traslada a lugares desconocidos donde algunas permanecerán en prisión hasta 18 meses sin procesamiento.

El 13 de junio, todos los medios nacionales de comunicación difunden una lista de 21 estudiantes acusados de crímenes contra la revolución. Varias decenas de personas son ejecutadas en Pekín, Jinan (en el Shangdong), Chengdu y Shanghai por "crímenes contrarrevolucionarios" y "atentados contra el orden público". Son muy numerosos los desaparecidos, por lo que los movimientos de derechos humanos calculan que el número de ejecuciones fue muy superior. El poder se reorganiza. Jiang Zemin, hasta entonces líder del partido comunista en Shanghai, es nombrado secretario general del partido para sustituir a Zhao Ziyang. Éste es acusado de haber "apoyado los disturbios e intentado dividir al partido". La organización hace una depuración entre sus dirigentes, de los que un centenar había mostrado su respaldo a los estudiantes. En los cuerpos del Ejército en Shenyang, Pekín y Nankín, donde habían surgido grupos simpatizantes con los jóvenes, se detiene asimismo a varios jefes militares y algunos de ellos son condenados a muerte.

Para restablecer la armonía en el partido, el Gobierno y el Ejército, desde las instancias superiores se organiza una campaña de rectificación ideológica. En los periódicos, donde había muchos que defendieron desde el principio las reivindicaciones estudiantiles, se produce una gran purga: hay periodistas que se quedan sin trabajo, pierden el derecho a ejercer y se encuentran en la situación de que ninguna danwei (unidad de trabajo) puede contratarlos so pena de represalias. Ciertas publicaciones, como el World Economic Herald, semanario de vanguardia en Shanghai, permanecen cerradas desde mediados de mayo.

Algunos intelectuales señalados como "conspiradores de la rebelión" reciben condenas prolongadas, pero no son ellos quienes sufren la peor represión. En el medio obrero, en todas las unidades de trabajo, se lleva a cabo una caza de brujas sistemática.

El periodo inmediatamente posterior a Tiananmen es una época de glaciación en China, pero los acontecimientos suponen, paradójicamente, un momento decisivo para la aparición de una China moderna. Entre 1979 y 1989, las reformas aperturistas habían resultado caóticas como consecuencia de una descentralización mal dirigida que favoreció la corrupción en todos los niveles de la Administración. La sociedad civil no había sentido los efectos benéficos de dicha reforma; de ahí la amplitud de las reivindicaciones en esa primavera de 1989.

En 1992, durante una gira por el sur de China, Deng pronuncia su famosa frase "enriquecerse es glorioso". La "economía socialista de mercado" se incluye en el preámbulo de la Constitución en la primavera de 1993. Esa política de apertura introduce una cadena de reformas de la que ya no puede desengancharse. La liberalización de los mercados debilita a los grandes grupos públicos; ni el Estado ni los bancos tienen los medios para subvencionarlos de forma constante y el Gobierno se ve obligado a acelerar su reestructuración y poner en la calle a millones de obreros.

Esta aceleración de las reformas señala el principio de una gran liberalización de la vida económica, de la que se benefician los chinos en su conjunto, que van a ver cómo en 10 años cambia su vida cotidiana más que durante los 40 años anteriores. Antes de Tiananmen el Gobierno controlaba todo: viviendas, comercios, transportes; para adquirir el medio de vida, un coche o una casa era preciso siempre tener una autorización. A partir de entonces, cada uno puede comprar lo que le permitan sus medios, escoger el oficio que quiera, trabajar para una empresa extranjera, cambiar de empresa sin necesidad de declarar su fidelidad política, crear una empresa y viajar dentro y fuera de China. Los estudiantes tienen más profesores, los campus universitarios se renuevan, existe la posibilidad de estudiar en EEUU y, sobre todo, la libertad de escoger el trabajo. Los profesores e investigadores también obtienen aumentos de sueldo anuales y tienen la libertad de trabajar como consultores para obtener ingresos suplementarios. Todos se benefician del hecho de que el poder desea apagar los posibles focos de disidencia.

Esta liberalización de la vida económica se ha traducido en un enriquecimiento increíble de la población. Con precios constantes, los ingresos medios de los habitantes urbanos aumentaron un 60% entre 1990 y 1997 (últimas cifras disponibles). La práctica totalidad de los hogares tienen televisor en color, frente al 59% en 1990. El consumo por habitante se ha multiplicado por tres. El número de comercios se ha multiplicado por dos. Ha aparecido una verdadera clase media que posee automóvil, electrodomésticos y, desde hace poco, vivienda en propiedad. El nivel de vida ha avanzado de tal manera que determinados barrios de las grandes ciudades son irreconocibles.

Dado que todos -con la notable excepción de la clase obrera, gran víctima de estos 20 años de reformas- han visto cómo su situación personal se transformaba para mejor, ya no aspiran más que a una sola cosa: la estabilidad. La consecuencia es que el idealismo ha dejado paso al individualismo y a la búsqueda de la mejora de la vida personal.

La ideología del partido comunista, enfermo de corrupción, ya no tiene público, pese a que cuenta con más miembros en la actualidad (57 millones) que hace 10 años (46 millones), porque muchos despedidos de las empresas públicas se incorporan al partido para hacer mejor carrera en la Administración.

En la Universidad de Pekín, los estudiantes no aspiran tampoco más que a ocuparse de sus propios asuntos, y están mucho más dispuestos a hablar de Bill Gates que de Wei Jingsheng, el disidente puesto en libertad en 1998 y refugiado en EEUU. Para los jóvenes, moldeados desde hace 10 años por la propaganda nacional, la revuelta estudiantil fue un error y piensan que es mejor llegar a la democracia a través de la reforma que mediante enfrentamientos. Si más de dos millones de estudiantes navegan por Internet, y su número va en aumento, es más para intercambiar consejos empresariales que para entablar debates sobre la organización del poder.

Pero la liberalización de la vida civil no va a alcanzar a la política, que sigue estando totalmente cerrada. Aunque el sistema de control del Estado sobre el ciudadano sea más refinado que antes y aunque el Gobierno combine negociación y represión en los conflictos obreros que se declaran cada día para evitar que los enfrentamientos se extiendan. Después de Tiananmen, Pekín ha cambiado de métodos, pero el objetivo sigue siendo el mismo: cortar de raíz todo germen de "revolución contrarrevolucionaria".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de junio de 1999