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Tribuna:

LA CRÓNICA La limpieza étnica, vista desde Viena MONIKA ZGUSTOVÁ

Heldenplatz (Viena), 1938: Adolf Hitler anuncia, entre los gritos entusiasmados de los miles de vieneses allí congregados, la anexión de Austria a Alemania. 1999: un grupo de 100 personas se reúne allí cada tarde. Los hombres y las mujeres tienen los ojos llenos de una bondad triste, esos ojos que suelen ser dados a los débiles, a los infelices, a los perdedores. El grupo que se reúne cada tarde a las seis en la Heldenplatz de Viena son albaneses de Kosovo. Todavía no son las seis. Paseo por la plaza, esperando la hora, para observar y para -¿cómo decirlo?- solidarizarme con ellos. Suele haber otros participantes, vieneses altos y rubios; pocos. Acabo de comprarme Heldenplatz, una obra de teatro de Thomas Bernhard que, curiosamente, pronto podremos ver en Barcelona. Me dirijo a los jardines Volksgarten para leer unas páginas. La primavera está en pleno resplandor, narcisos amarillos y pensamientos malvas cubren el césped. Me siento en un banco y abro el libro: "Todo es mucho peor que en el 38", dice Bernhard en esa obra escrita hace 10 años, "mucho más horrible, la hostilidad, el odio a los judíos se muestra ahora ya de una forma totalmente abierta". Recuerdo la inscripción, hecha con aerosol negro, "Saujude" (cerdo judío) que, unos días atrás, había visto en una pared blanca de la Schulerstrasse, una pequeña calle céntrica de la capital austriaca. Viena, capital del antiguo imperio multinacional, multicultural y multiconfesional, que tradicionalmente ha acogido a refugiados de todas partes, es tal vez la ciudad más contradictoria que conozco. Es la ciudad que, durante el reino de los valses de Johann Strauss, la opereta, el biedermayer y el kitsch, supo dejar espacio a Freud y Schönberg, Alban Berg y Schiele: judíos y vanguardistas. Me dirijo a la Burgtheater, donde me ha citado una amiga austriaca, al Burgtheater, el único escenario que admitió representar las obras de Bernhard, a pesar de su crítica feroz de Austria. "¿Cómo has pasado el fin de semana?". Mi pregunta es banal. "Pasé la tarde del domingo limpiando una inscripción, "Saujude", que había aparecido en un cubo de basura de mi barrio". La respuesta no es banal. Y mi amiga me cuenta que, durante la II Guerra Mundial, los vieneses arrojaban ese insulto a las largas procesiones de judíos que se dirigían a los trenes que los llevarían a los campos de la muerte. A la limpieza étnica. Me esfuerzo por ahuyentar de mi cabeza esas frases de la obra de Bernhard: "Los judíos tienen miedo de Viena... en todo vienés hay un asesino múltiple". Prefiero no contarle a mi amiga eso de las inscripciones de la Schulerstrasse. Este fin de semana, esta joven mujer, el polo opuesto del vienés que describe Bernhard, no tendrá tiempo para pasarse la tarde limpiando paredes. Espera a dos refugiados de Kosovo, que acogerá en su casa. Otra vez sentadas bajo unas lilas blancas del Volksgarten, mi amiga me cuenta: "En Europa Central se está llevando a cabo un encendido debate sobre los pros y los contras de la guerra de Kosovo. La mayoría de los vieneses están en contra de las bombas de la OTAN. Tienen miedo porque estamos muy cerca". Me enseña unas declaraciones de Peter Handke, que al principio del bombardeo aliado fue a Belgrado para solidarizarse con el pueblo serbio. Luego, el escritor austriaco esbozó unas líneas que tituló La patria se llama Serbia. Allí dice que "desde que Marte ataca, toda la Tierra se llama Yugoslavia y es la patria de todos aquellos que no se han convertido en matones verdes de Marte". Abro el periódico austriaco Der Standard; salta a la vista el titular Los artistas austríacos prefieren callar, donde se explica la actitud reservada de los austriacos ante la intervención de la OTAN. Al contrario, Elie Wiesel, premio Nobel de la Paz, declara que "el que calla se convierte en cómplice ". La revista alemana Der Spiegel publica un artículo llamado Los intelectuales. Disminuye la conformidad con los bombardeos de la OTAN en que, a la postura negativa hacia la intervención de los aliados, de parte de algunos intelectuales como Alexandr Solzhenitsin, György Kondrád, Peter Handke, Mikis Theodorakis, Frederick Forsyth y Martin Walser, se oponen otros, cuya postura es claramente favorable: Günter Grass, Hans Magnus Enzensberger, Herta Müller, Ismail Kadaré, Bernard-Henri Lévy y André Glucksmann. Nos dirigimos a la Heldenplatz. En esta pomposa plaza de los Héroes ya se ha reunido el grupo de cada tarde: hombres y mujeres kosovares. Cabizbajos, derrotados, oscuros. Son carne de limpieza étnica y lo saben. Empieza a llover. ¿Por qué los ojos ensanchados por la tristeza, esos ojos de ciervo herido, son los más bellos? Varios jóvenes serbios rondan alrededor de los congregados y les lanzan insultos: "¡Turco sucio!". Entiendo el idioma serbio, y esas palabras me suenan al "Saujude" de los vieneses. Entonces recuerdo la preciosa frase de otro judío centroeuropeo ilustre que nació en los Balcanes y vivió muchos años en Viena, Elias Canetti: "Sólo hay pueblos elegidos: todos los que todavía existen".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de mayo de 1999