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Tribuna:DE PASADA

Ana y Nora

TEREIXA CONSTENLAAna Botella es una mujer bastante adelantada a su tiempo. El miércoles 31, durante su visita a unas bodegas de Sanlúcar de Barrameda, estampó su firma en un barril de manzanilla, como hacen todos los seres ilustres, y grabó la fecha para la posteridad: 31 de mayo de 1999. Nora de Pastrana, esposa del presidente de Colombia, Andrés Pastrana, como su propio apellido prestado indica, también plasmó rúbrica, pero se ve que es mujer menos adelantada porque reseñó el momento con la exactitud reservada para los teletipos de las agencias informativas. Ambas damas han pasado la Semana Santa en Andalucía. Y parece que pipa. La familia Aznar-Botella instaló el campamento en el Parque Nacional de Doñana, en el palacio de las Marismillas, al que accedieron tras una aventurera travesía (primero en todoterreno y luego en barcaza, escoltados por submarinistas de la Guardia Civil) y tras repartir saludos y autógrafos. José María Aznar no tuvo reparos en firmar la gorra amarilla que le ofreció un fan, aunque sí planteó objeciones a la hora de hacer sesudas declaraciones políticas a los informadores. Lo más, lo más: "Este aire me cambia". La verdad es que entre pelear dineros en cumbres europeas donde no hay amigo que valga y zamparse langostinos en Sanlúcar con el amigo Tony Blair hay un abismo. O, al menos, una tercera vía. Pero este año, que no ha venido Tony para acompañar al presidente, está Nora para codearse con Ana. Las dos mujeres, con nombres de heroínas literarias (una de Ibsen y otra de Tolstoi), alternaron las procesiones y las manzanillas; Sanlúcar y Sevilla. El argumento no da para escribir un clásico narrativo o teatral, pero bastará para figurar en la próxima entrega de la "biblia" del corazón. Ambas rehusaron el baño de masas, que las hubiera obligado a una heroica inmersión en la madrugá sevillana, y aceptaron amablemente un asiento en el palco oficial junto a la alcaldesa Soledad Becerril para presenciar ese efecto óptico que invita a creer que el Gran Poder avanza a zancadas sobre la gente. Por allí también pululó el ministro de Defensa, Eduardo Serra, que además se acercó hasta la basílica de la Macarena. Lo del cargo debe condicionar un tanto, porque el ministro eligió el único paso que lleva armaos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 1999