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COPA DE LA UEFA

Partidazo sin recompensa

Un golazo de Di Biagio compromete la eliminatoria para el Atlético , que fue superior al Roma

ATLÉTICO MADRID 2 ROMA 1Un Chamot imperial, un José Mari heroico, Roberto y el gol de su vida... El racimo de cosas buenas que el Atlético depositó ayer sobre el Calderón no fueron suficientes. Tras completar la mejor actuación de la temporada, después de aprisionar al Roma y tenerlo literalmente de rodillas durante unos cuantos minutos, cuando ya se frotaban las manos con un 2-0 de lo más sugerente, los rojiblancos debieron conformarse con un resultado lleno de veneno para la vuelta. El gol que incrustó Di Biagio a última hora estropeó la fiesta a los madrileños y dejó completamente viva la eliminatoria.El Atlético diseñó una primera media hora magnífica, de equipo experimentado, grande. Fue el tiempo que destinó a desanimar al Roma, a sus pretensiones de victoria, dominio e iniciativa. Se plantó unos metros por delante de Molina, con las líneas muy juntas, y complicó con una presión sincronizada y agresiva la construcción rival. El Roma sufrió lo indecible. Y por mucho que buscó las paredes o los dos contra uno en banda, sólo acertó a poner en aprietos a los rojiblancos con dos o tres pelotazos cruzados a la cabeza de Delvecchio, uno de esos delanteros con pericia para ganarle la espalda a los defensas. Sus restantes ataques acabaron en pies del Atlético o en fuera de juego.

Atlético: Molina; Aguilera, Santi, Chamot, Toni (Geli, m

88); Roberto, Baraja, Jugovic, Serena; Juninho; y José Mari (Lardín, m. 72). Roma: Chimenti; Cafú, Zago, Aldair, Candela (Wome, m.80); Tommasi (Alenitchev, m.68), Di Biagio, Di Francesco; Paulo Sergio, Delvecchio (Fabio Junior, m.68) y Totti. Goles: 1-0. M.13. Serena cuelga el balón desde la izquierda y José Mari, de cabeza, bate a Chimenti. 2-0. M.47. Baraja profundiza sobre Roberto, que recorta por dos veces a Candela, lo deja sentado, y conecta un derechazo terrible que se cuela por la escuadra izquierda de Chimenti. 2-1. M.75. Di Biagio coloca en la escuadra un durísimo lanzamiento de falta desde la frontal. Árbitro: Sars (Francia). Mostró tarjeta amarilla a Santi y Aldair. 40.000 espectadores en el Vicente Calderón. Cuartos de final de la Copa de la UEFA. Partido de ida.

Esa primorosa fase inicial dejó en muy buen lugar a Carlos Aguiar, que no pudo saldar de mejor manera su estreno en Europa. Porque detrás de la fabulosa actuación del Atlético se intuía un plan bien trazado, una sensación abrumadora de que ahí abajo, sobre el césped, cada rojiblanco sabía lo que tenía que hacer y creía ciegamente en ello.El Atlético dio imagen de conjunto armado, competitivo al cien por cien y con las tareas bien repartidas. Y además, cada futbolista se acercó a su mejor versión. Los rojiblancos estuvieron también sobresalientes en el plano individual, con Chamot a la cabeza.

Estamos definitivamente con Chamot ante un defensor de una pieza, majestuoso, uno de esos tipos raros que aterrizan de vez en cuando en el fútbol y convierten en arte una tarea tan antipática y poco vistosa como la que corresponde a los zagueros. Chamot estuvo imperial ayer, gobernó el partido. Lo hizo todo bien el argentino. Interpretó a la perfección cada jugada, las condujo todas a su terreno, al que más favorecía a su equipo. Adivinó, anticipó, midió con una precisión insultante y le dio siempre una salida correcta a la pelota. Su repertorio incluyó tres o cuatro subidas autoritarias de lo más oportuno, cuando los romanos amenazaban con crecerse y los rojiblancos con venirse abajo, y tuvieron un efecto corrector fulgurante. Estuvo inconmensurable el argentino.

Con otro estilo, José Mari estuvo igualmente extraordinario. Fue el suyo un ejercicio heroico. Se olvidó de su soledad y su cansancio y retó a toda la zaga romana. La dobló por calidad y por agotamiento. Peleó todos los balones, buscó el desmarque con constancia y se pegó tres o cuatro lujos de crack, gol y remate al larguero incluido. Abandonó el campo con la lengua fuera poco más allá de la hora de juego, y la grada le premió con una ovación estruendosa.

Chamot, José Mari, Serena, Jugovic... Los rojiblancos vencían a los romanos en todos los sentidos. Y eso que el conjunto italiano, por actitud y estilo, también contribuyó a engrandecer la reunión. Vivió una noche difícil,pero trató de no traicionar sus ideas ofensivas del fútbol, la buena relación con la pelota, la iniciativa, la ambición y todas esas cosas. Se encontró con un rival magníficamente organizado, crecido espiritualmente y letal a las contras, se dio de bruces con un marcador desfavorable a las primeras de cambio, con otro gol con aspecto de sentencia nada más descorcharse la segunda mitad, y jamás le torció la cara al partido. Quizás se metió en más discusiones internas de las recomendables, no fue el suyo el anunciado ejercicio de ataque suicida, pero al menos buscó el balón en todo momento y las asociaciones en torno a él. El tanto con el que dejó la eliminatoria en el aire, el golazo que se sacó de la chistera Di Biagio en el lanzamiento de una falta, fue tal vez un justo premio a su saludable manera de entender el fútbol. Pero sobre todo fue un castigo excesivo para un Atlético soberbio, el mejor de la temporada. Defendió de cine el Atlético y contragolpeó con velocidad y sentido. Fue conquistando la contienda palmo a palmo. Y por momentos, en algunos tramos del choque, especialmente al comienzo de la segunda mitad, amagó con comerse a los romanos, con pasarlos por encima. Sucedió justo después de que Roberto cosiera la mejor jugada de su vida y, naturalmente, del partido.

Recibió la pelota en el rincón derecho del área y allí encaró al francés Candela, que cayó en todos sus amagues: en el recorte con la derecha y en el posterior con la izquierda que le mandó directamente al suelo.

Tras el doble quiebro, Roberto enganchó un chutazo formidable, brutal, que se empotró en la red. Un gol de bandera, conmovedor, que le hizo justicia: por lo que pelea, por lo que acompaña, por el entusiasmo que le pone a la tarea de desmentir su condición de futbolista normal. Un golazo de esos que dan la vuelta al mundo durante meses si el autor es un personaje célebre, un Raúl, un Ronaldo, un Rivaldo. Tras el 2-0, el Atlético vivió sus mejores minutos de ataque. Con el Roma sensiblemente tocado, sin demandar tanta atención en defensa, los rojiblancos se vinieron arriba y acariciaron la sentencia. Fueron perdiendo gas, pero tenían el partido bajo control. Y en ésas apareció Di Biagio para dejar ese gol que tanto temían el Atlético, que tan difícil le pone la vuelta. Para pasar, los rojiblancos están obligados a jugar en Roma como lo hicieron ayer. O sea, de manera formidable.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de marzo de 1999