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Tribuna:

En recuerdo de Manuel Azcárate Diz

Manuel Azcárate nació en una familia y recibió una educación (Institución Libre de Enseñanza, un colegio de élite en Ginebra donde su padre era alto funcionario de la Sociedad de Naciones, y la London School of Economics de la época de Harold Laski) que auguraba un futuro acomodado de político en un país democrático, de profesor universitario o de intelectual libre y comprometido. Lo primero lo impidió la guerra civil española; lo segundo, su propia opción vital. Cumplió su tercera vocación de forma compleja y con enormes costes personales.Su biografía y muchas de sus reflexiones políticas han quedado, por fortuna, publicadas en dos libros de memorias. El primero, Derrotas y esperanzas (Tusquets, premio Comillas 1993), y el de inmediata aparición, Luchas y transiciones (Memorias de un viaje por el ocaso del comunismo) (El País-Aguilar).

Un aspecto relevante de estos textos es su peripecia personal por lo que tiene de memoria histórica y de coherencia y valor de su opción política. Abandonó los estudios londinenses en 1934 para empezar su actividad en la política española en relación con la sublevación de Asturias, militó en el 11ª División (Líster) del Ejército Republicano en la Guerra Civil y se exilió al término de la misma. Organizó la Resistencia a la invasión hitleriana en la zona francesa ocupada, realizó tareas de enlace del PCE en la Europa liberada, vivió unos pocos años en Moscú una etapa del deshielo jruschoviano y, en 1964, pasó a formar parte de la dirección del PCE, en la que se mantuvo como responsable de relaciones internacionales y director de la revista de reflexión política Nuestra Bandera hasta su expulsión en 1981.

Una opción, como puede verse, muy costosa en términos personales. Puede pensarse que determinada por las circunstancias que le tocó vivir, pero esta explicación sería insuficiente. A muchas personas les tocó vivir la misma circunstancia y muy pocos hicieron la opción de Manolo, que, además, confirmó en diversas ocasiones en que su padre le ofreció reconducir su vida hacia opciones más tranquilas y remuneradoras.

También podría pensarse -con cierta maldad- que la opción fue provocada porque el salario alternativo de Manolo fuera de la política sería nulo. Una explicación que cae por su base si se tiene en cuenta cómo fue capaz de rehacer su vida a los 60 años en que pasó a ser colaborador de EL PAÍS, escribiendo durante 15 años agudos editoriales y análisis de política internacional, dictando conferencias por medio mundo y escribiendo algunos libros de política. Se mantuvo activo hasta sus últimos días, en que concluyó un largo ensayo de más de cincuenta páginas sobre su padre fechado en mayo de 1998 (Semblanza de Pablo de Azcárate y Flórez, 1890-1971), que publicará en breve el Senado español.

¿Qué representa Manolo en el panorama político del siglo XX?: lo mejor del comunismo español y europeo occidental, donde hemos militado tanto comunistas y no comunistas. Y esto, salvo que se sufra de amnesia histórica interesada, es mucho. Es la lucha arriesgando la vida contra la sublevación franquista; es la lucha, de nuevo con riesgo vital, por la libertad y la democracia en la II Guerra Mundial. Es la denuncia desde dentro del sistema soviético, de las invasiones de Hungría, Checoslovaquia y Afganistán; es la lucha por la autonomía de los PC europeos respecto al soviético; es la lucha por la democracia en España.

Manolo hizo todo eso, pero además lo hizo con profunda convicción, no como opción táctica inevitable como muchos de los líderes comunistas occidentales. Defendió desde fechas ya lejanas la necesidad de que una izquierda transformadora -y no sólo administradora- de la sociedad enarbolase la bandera de la libertad y la democracia política, porque ambas eran condiciones necesarias para la democracia económica. Aunque no suficientes. Y por ello buscó lazos de unión con los cristianos -iniciando el diálogo cristiano-marxista-, introdujo cambios en las relaciones del PCE con los medios de la cultura y la educación, fomentó el debate libre sobre dogmas políticos en el seno del PCE, fue uno de los impulsores y elaboradores más importantes del llamado en su día eurocomunismo, y un largo etcétera. Y por defender esas posiciones recibió el premio de una ignominiosa expulsión del PCE bajo la acusación de estar preparando un desembarco en el PSOE. Varios de quienes entonces votaron su expulsión se sientan hoy en el Parlamento, ésos sí en el grupo del PSOE, y Manolo siguió ejerciendo su labor de analista político y crítico con independencia de toda adscripción partidaria.

Su vida y su obra rezuman tres características personales que creo importante destacar. Por una parte, su modestia: en sus memorias hay un rosario de peripecias personales que hacen palidecer La orquesta roja y que, sin embargo, son contadas en un tono de distanciamiento que las hace aparecer como actos sin valor alguno que cualquiera hubiera realizado en las mismas circunstancias. Pasaron 10 años (!) antes de que me contara su papel de responsable en la resistencia en la Francia ocupada; y me lo comentó dándole la misma importancia que al hecho de que Léon Blum hubiera tomado un día café en casa de su padre en Ginebra, cuando él era un niño.

Otra característica era su falta de interés y distanciamiento del poder. Nunca quiso hacer "carrera" en el PCE, teniendo oportunidades magníficas para ello. Porque lo que le interesaba era el análisis, la reflexión y discusión sin restricciones a priori de los problemas políticos y sociales del mundo. Y sabía que eso era incompatible con la carrera política, como el tiempo se ocupó de demostrar.

La tercera característica fue su honestidad intelectual. Siempre se distanció en sus análisis de las decisiones del PCE, y criticó la falta de memoria histórica y las concesiones innecesarias en la transición, la forma superficial y propagandística en que se realizó el debate sobre el leninismo, la falta de democracia interna que ponía en duda el grado de aceptación real del eurocomunismo, la incapacidad de analizar y asumir las reivindicaciones de los movimientos sociales más allá de su simple instrumentación con fines electorales, la ignorancia de la elaboración teórica en la práctica política diaria, la propia organización interna de los partidos políticos. Por ello fue una persona incómoda para el mundo en que vivió durante más de cuarenta años, siempre vigilado con suspicacia y desconfianza desde el poder, y molesto para quienes vivían de los dogmas.

Y, en tiempos tan acomodaticios como los actuales, Manolo mantuvo siempre viva la luz de un intelectual laico, tolerante y representante de la mejor conciencia del siglo XX. Nos ha dejado una amplia obra escrita que demuestra todo esto y que constituye un testimonio de enorme valor para conocer muchas de las claves de nuestro tiempo.

Y murió como vivió. Con modestia, dejando escrito que no quería ningún tipo de ceremonial funerario. Alejado del poder, hasta el extremo de que en su cremación no se encontraba presente una sola personalidad política nacional ni representante alguno de partidos políticos. Coherentemente con su visión laica de la vida, y sobre todo de la muerte, que se manifiesta con una lucidez sobrecogedora, y al mismo tiempo alegre, en el último capítulo de sus memorias en que se describe la muerte de alguien que ha cumplido holgadamente los 70 años como un acto natural, previsible e, incluso, festivo si uno ha vivido esos años de forma plena y de acuerdo con sus convicciones. No habiendo hecho todo, sino en cada momento lo que consideraba más importante. No habiéndolo hecho todo bien, sino siendo capaz de descubrir los propios errores, y avisando de los mismos para evitarlos a otros en el futuro. Una muerte que deseó tuviera el aspecto festivo de la plasmada en el magnífico musical de Bob Fosse sobre el óbito de José Gideon.

Quizá nada mejor para sintetizar muchos aspectos de su posición ante el mundo que el último párrafo de sus memorias: "No quiero disimular mi preocupación, al poner fin a mis memorias, por el hecho de que si el poder logra uniformizar el pensamiento -con los instrumentos de que dispone ya, y sobre todo con las novedades científico-tecnológicas que apuntan- se produzca una reducción, o quizá una anulación de esa minoría de pensamiento ateo que, sobre todo desde el siglo XVIII, con Diderot, D"Alembert y D"Holbach, la Enciclopedia en Francia, tanto ha ayudado a que se establezcan en Europa sociedades libres y laicas".

Una minoría en la que Manolo Azcárate ocupa un lugar de privilegio en el siglo XX.

Julio Segura es catedrático de Teoría Económica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 9 de septiembre de 1998