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El cine de Hollywood y la política domésticaJOSEP M. FRADERA

Leo en el diario del 2 de septiembre que la dirección del Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC) opina que retrasar la confrontación directa de su candidato con el actual presidente de la Generalitat favorece sus intereses electorales. Supongo que la noticia refleja con fidelidad las intenciones del principal partido de la oposición. Si es así, esto quiere decir que el cine de Hollywood continúa haciendo estragos en Cataluña. Un aspecto consustancial al cine norteamericano es la construcción de la trama moral de las películas. Una primera condición indispensable es que los grandes dilemas morales y sociales sean encarnados siempre por personas específicas, por individuos solos o, de manera bastante perversa, en pareja. Esta estructura permite establecer con facilidad y naturalidad el juego habitual entre the hero y the villain; es decir, entre el bueno y el malo. Esta estructuración, tomada en préstamo de la novela del siglo XIX, que reflejaba a la perfección la cosmovisión de la burguesía de la época, encajó perfectamente tanto con las pautas de fondo de una sociedad liberal, y sumamente moralista desde sus orígenes, como con las necesidades de simplificación expositiva de una industria de masas y en rápida expansión. Esto explica en parte por qué el cine europeo -el de culturas exóticas como el japonés o el chino es otro asunto- es tan mal aceptado por el público norteamericano y reservado sistemáticamente a circuitos realmente underground. El segundo mecanismo de la construcción de la trama moral a la que nos referimos es el vaciado consciente y riguroso de cualquier pretensión de discurso racionalizado de los personajes. The hero es bueno, generoso, en el cine más lineal o menos elaborado; es más ambiguo, arrastra más dudas y vacilaciones, es más complejo, si se trata de películas más sofisticadas. Cuando la cosa llega a la apoteosis nos encontramos ya con los Spade o Marlowe y sus legítimos descendientes, personajes construidos con habilidad para expresar las buenas intenciones que hay bajo presencias tan adustas. Las simpatías por los losers, que pululan y pueblan los Estados Unidos de la depresión o de la segregación, son ya parte de la mitomanía de muchos de nosotros. Nunca, sin embargo, razonan en términos intelectuales, en términos de opciones morales colectivas, expresadas en sistemas de ideas que se pueden leer y comunicar. Esta estructura moral se puede transferir, sin demasiadas variaciones, a la de la política contemporánea en aquel país. Al ciudadano no se le forma para intervenir en la vida colectiva. Tiene que ser respetuoso con la ley y con los demás. Podrá disfrutar, si lo hace, de una existencia libre, con pocas constricciones personales. En definitiva, podrá gozar de muchísima libertad y de una más que precaria democracia, algo que exigiría, por definición, una educación de otra índole para el ciudadano. Desposeído el ciudadano-elector de la intervención en los grandes asuntos colectivos, los que afectan a la distribución de la riqueza y del trabajo, de la libertad personal o colectiva o de la igualdad real de oportunidades que se forja en el sistema educativo y asistencial; la formación de la moral personal se deja a la voluntad de las organizaciones religiosas o benéficas. Esta división del trabajo entre la sociedad política y la civil es un factor de una enorme ambigüedad y fuente de muchas de las cosas que están pasando estos días en the land of freedom. No me parece demasiado osado sugerir que el cine, forzado a encontrar muy de prisa un discurso funcional a las necesidades de una industria nueva muy exigente y en el marco de una competencia encarnizada, anticipó una buena parte del discurso moral indispensable para el funcionamiento del sistema político norteamericano del siglo XX. Sin embargo, no quisiera llevar más lejos esta abusiva esquematización, ni dejar de mencionar que siempre ha habido piezas que no encajaban en la corriente principal. Estados Unidos es un país, no la granja de Occidente, aquélla que preocupaba un poco menos a Orwell. La dirección del PSC parece haber optado por un guión a la norteamericana en el momento de elegir, para las elecciones autonómicas, el escenario más idóneo; concepto éste que, casualmente, utilizan mucho la ciencia política y la técnica electoral. Los catalanes y catalanas serán llamados a expresar sus buenas intenciones. Se debe pensar que con esto hay suficiente para ganar unas elecciones, y tal vez lo haya. Para ganar el país, sin embargo, se necesita algo más. Y, yendo todavía más lejos, para formar ciudadanos haría falta un guión todavía más elaborado, un guión que se dirigiera a otras vísceras aparte del corazón. Aunque, razonablemente, a veces se pueda dudar de ello, todos queremos saber más cosas de lo que se piensa hacer en los terrenos más convencionales de la política -distribución de la renta, plasmación cotidiana de los derechos democráticos-, en los característicos del lugar donde vivimos -la política cultural que necesita la sociedad catalana, con toda su complejidad- y en relación con los retos de la política menos convencional -gestión de los recursos naturales, igualdad de derechos de determinados grupos sociales o culturales, tratamiento de la inmigración extracomunitaria-. Sobre estas cuestiones, nuestros políticos tienen ideas formadas, pero muchos pensamos que más que las ideas pesan los intereses y las inercias. Se podría imaginar una película, que con toda probabilidad no encontrará productor: se declara una moratoria electoral y se dedican las salas cinematográficas a discutir hacia dónde dirigir el país. Por desgracia, cuando vivía William Morris, el cine aún no se había inventado ni el Titanic se había hundido por exigencias del guión.

Josep M. Fradera es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Pompeu Fabra.

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