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Primarias y poder oligárquico

Aunque en la vida toda nueva idea siempre tiene algún precedente, no cabe duda que las primarias celebradas por el PSOE constituyen una innovación de notable trascendencia inmediata y sobre todo futura en el esclerótico y grisáceo panorama político español (y cómo no en el valenciano, si bien esa vertiente de la cuestión la dejaremos para otra ocasión). Han sido las auténticas primeras primarias de ámbito español tras el preámbulo vasco y vendrán seguidas de otras muchas. Las consecuencias del primer experimento, en buena parte imprevistas y no deseadas por el núcleo dirigente de la organización convocante, no han hecho más que comenzar y ya han producido -pese a quien pese- una notoria convulsión política, un cambio instantáneo en las expectativas electorales y una entusiasta animación del cotarro hasta ayer mismo desencantado y casi entregado al adversario. ¡Por fin una novedad importante -y con éxito inicial- en el régimen español de los partidos políticos, tras muchos años de inmovilismo oligárquico y recurrente! Corresponde al PSOE el mérito del riesgo adoptado con la iniciativa y en especial a Joaquín Almunia el haberse sometido a una prueba que otros destacados dirigentes consideraban innecesaria y potencialmente "debilitadora del partido". Y corresponden pues al PSOE los primeros dividendos de la operación, cosechados principalmente porque la experiencia a pesar de sus deficiencias ha tenido suficiente credibilidad y porque ha permitido el triunfo de quien no estaba en el guión trazado, pero que indudablemente era el candidato en liza que reunía ante la opinión pública y los potenciales votantes las mejores condiciones para vencer a José María Aznar y a los otros contendientes en las elecciones. Que José Borrell era mejor candidato resulta ahora evidente, aunque durante el proceso la plana mayor del partido haya intentado insistente e interesadamente negarlo, ocultarlo o desdibujarlo con argumentos elusivos, peregrinos y en algunos casos propios de lo que Albert Hirschman ha calificado en su penúltimo libro como Retórica de la Reacción o de la Intransigencia al difundir la tesis alarmista del desastre o la inestabilidad si no ganaba el candidato oficial. No ha ganado, y se ha producido el efecto justamente contrario: el reforzamiento ante los ciudadanos de un partido debilitado, la recuperación de la ilusión generada por las nuevas posibilidades que se abren por sorpresa y que desbloquean una situación estancada. Menos mal que al final la ejecutiva federal del PSOE no llegó a pronunciarse colectivamente a favor de Almunia como pretendían algunos al insistir en que tal pronunciamiento "no sólo era un derecho sino también una obligación". La incómoda posición en que han quedado la amplia mayoría de sus miembros (parece que 32 de 35) se hubiera convertido en un mayúsculo ridículo, y en una crisis autogenerada e irresponsable. Ahora lo que toca hacer a la cúpula del PSOE es digerir la experiencia, aprender de los errores y no contribuir a que se produzca la inestabilidad que muchos de ellos pronosticaron. Lo contrario volvería a ser castigado inmediatamente por los potenciales votantes, dilapidaría los beneficios cosechados y por cosechar y dificultaría la multiplicación a otros ámbitos de una saludable iniciativa. Pero estas primeras primarias no sólo afectan al PSOE. Su significado esencial es una ampliación y profundización de la democracia que antes o después se verán obligados a adoptar el resto de los partidos políticos que se consideren realmente democráticos, e incluso es posible (y deseable) que se acabe por cambiar las propias reglas electorales. Hasta ahora el acto principal de la democracia consistía en votar el día de las elecciones sobre las candidaturas alternativas en listas cerradas y bloqueadas (excepto para el Senado), seleccionadas por los partidos mediante procedimientos internos y generalmente oscuros. Los votantes -es decir, los ciudadanos de a pie- no tenían participación alguna en la decisión previa de quienes debían ser los mejores candidatos, y la mayoría de los afiliados ejercían una influencia muy escasa. La confección real de las listas estaba en manos de unos pocos dirigentes que a menudo atendían a criterios internos basados en redes oligárquicas, en equilibrio de facciones o familias e incluso en representación de intereses. Un primer paso -tímido pero crucial- para romper ese caduco sistema ha sido el dado por el PSOE al posibilitar que sus militantes voten directa y secretamente desde el principio su opción preferida para el cabeza de lista. Constituye el inicio de una nueva etapa en la que parafraseando a Immanuel Kant se comienza a reconocer la salida del afiliado de la minoría de edad (la cuestión de si esa minoría es autoculpable merecería otro artículo). Una especie de Sapere aude! político, de atrévete a pensar y decidir por tí mismo, de adquiere el coraje de no dejarte achantar o manipular por los poderes orgánicos establecidos y los mandarines de turno. Los resultados obtenidos ratifican las virtudes de esa apuesta moderadamente liberalizadora e ilustrada, ya que en ausencia de primarias no se hubiera elegido al candidato más razonable para los objetivos perseguidos. Las primarias no son -ni han sido- una panacea, pero abren nuevos caminos a viejos problemas y crean interrogantes y paradojas inéditos en la política española. Ahora resulta que el militante socialista es algo más responsable, algo más ciudadano y algo mayor de edad que los militantes de los otros partidos. Esa discriminación no se podrá mantener debido a la presión de la opinión pública y de los propios afiliados y para no conceder ventaja al adversario, Pero, ¿por qué limitarla sólo a los militantes, cuando la diferencia entre militante y simpatizante a menudo es mínima y borrosa? La experiencia debe extenderse a todos los partidos democráticos y a todas las personas sinceramente interesadas en ampliar su participación en la vida pública. Sistemas hay en el mundo para abordarlo. Y, por último, ¿por qué no considerar al conjunto de ciudadanos como mayores de edad y terminar con el obsoleto sistema de listas cerradas y bloqueadas en los procesos electorales que es el arma principal de los poderes oligárquicos en los partidos? Ese sería un final lógico y saludable del principio democrático reavivado tras las primeras primarias. Aunque naturalmente estas consecuencias no vienen solas, hay que adyudarles a venir con ánimo e imaginación.

Vicent Llombart es catedrático de la Facultad de Económicas de Valencia y afiliado al PSPV-PSOE

* Este artículo apareció en la edición impresa del lunes, 04 de mayo de 1998.

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