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Tribuna:

La fe

Que nadie se lleve a engaño viendo las colas interminables de vehículos huyendo de las grandes urbes camino de las playas. Que nadie vea en la salida masiva de aviones cargados de turistas o en el lleno hasta la bandera de cines, restaurantes y discotecas durante la Semana Santa un retroceso del espíritu en favor de la materia. La fe sigue moviendo montañas. Sólo en Madrid capital han sido programados 55 actos religiosos, al margen de los 13 conciertos de música sacra que ha montado el Ayuntamiento. Habría que disociar desde luego cuánto hay de sentimiento religioso y cuánto de folclorismo tradicional en ese prodigio estético que son las procesiones, pero los datos confirman que el fenómeno está más vivo que nunca.Unas 200.000 personas participaron el año pasado en cada, una de las procesiones que salieron con Jesús del Gran Poder, con Jesús el Pobre y con María Santísima de la Esperanza. Ninguna de ellas pudo, no obstante, hacerle sombra al paso de Jesús Nazareno de Medinaceli, al que acompañó una multitud estimada en 700.000 personas. El Cristo de Medinaceli es el auténtico superstar de Madrid. Sus devotos crecen cada año en progresión geométrica como lo demuestran los acontecimientos vividos el pasado primer viernes de marzo, en el que se superaron todas las previsiones de asistencia al templo donde se le venera. Se habló de un millón de personas y, aunque pueda resultar una cifra algo exagerada, no seré yo quien se atreva a discutirla para restarle al Cristo un solo feligrés.

Este fervor mostrado por los fieles constituye un acontecimiento de valor incalculable para la Iglesia madrileña, asediada por otras confesiones religiosas. Anglicanos y reformistas cristianos ganan adeptos lenta pero inexorablemente, mientras que otras confesiones más radicales avanzan y a de forma espectacular. Es el caso de los Testigos de Jehová, que han logrado triplicar sus fieles en los últimos años. Antes, los de Jehová se escondían de los medios de comunicación limitando la proyección exterior a su característica campaña de captación puerta a puerta y en parejas, siempre temible por la barrila inmisericorde que propinaban a la potencial feligresía. Ahora, en cambio, pugnan por su cuota mediática y proclaman a los cuatro vientos los avances logrados inaugurando en el municipio de Ajalvir una sede nacional en la que han invertido la friolera de 1.800 millones y cuyo estreno celebraron con una concentración en el estadio Vicente Calderón el domingo pasado. Mil ochocientos millones no se consiguen pasando la gorra o colocando por agotamiento intelectual de sus presas la revista Despertad, órgano de prensa de este hiperactivo grupo religioso. Hay mucha fe en esos bolsillos.

No es menor el fervor económico, que asiste a los acólitos de la Iglesia de Jesucristo de los Últimos Días, la de los mormones. Esta confesión, que profesan el 90% de los habitantes del Estado norteamericano de Utah, no tiene más de 30.000 miembros bautizados en toda España. A pesar de ello, están edificando en el madrileño barrio de Moratalaz un templo que pretende ser la envidia de la cristiandad. Levantado sobre un solar de casi 13.000 metros y que el propio Ayuntamiento de Madrid le vendió por unos 3.000 millones, llevan gastados la friolera de 4.000 millones de pesetas en esta iglesia construida al gusto norteamericano, es decir, en estilo caro. Un esfuerzo de recursos que da una idea de la proyección de crecimiento que los mormones han creído ver entre nosotros.

A pesar de los mármoles y los oropeles, la muestra más palpable de que los caminos del Señor continúan siendo inescrutables está en ese estudio estadístico realizado por una empleada del Ayuntamiento de Robledo de Chavela y que publica en su último número la revista Tráfico. Un informe que demuestra que los vecinos del municipio que encomiendan su coche a la Virgen de Navahonda consiguen evitar la muerte en el caso de que sufran un accidente de circulación de extrema gravedad. Su prestigio protector es de tal naturaleza que lo primero que hacen los vecinos de Robledo al comprar un coche nuevo es llevarlo ante la ermita y encomendárselo a la Virgen.

Así la fe mueve también los vehículos que les llevan a la playa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de abril de 1998