Tribuna
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El alcance de las primarias

La convocatoria de elecciones primarias en el partido socialista para la designación de quien encabece las listas en las próximas elecciones legislativas generales va atrayendo la atención sobre datos y realidades, constitucionales unos, sociológicos los más, que han ido definiendo nuestro sistema desde el fin de la transición hasta la democracia. Afecta, pues, a la cultura de los partidos y es, por tanto, central a nuestro régimen, que, como todas las democracias de fin de siglo, es una democracia de partidos (García Pelayo). Para comprender el cambio que puede representar no es inútil una brevísima referencia a los supuestos sociológicos y psicológicos que acompañaron, cuando no dominaron, nuestra restauración democrática.La situación de 1978, y, sobre todo, la percepción de la misma por una ciudadanía que se entrenaba después de tan largo paréntesis de exclusión, abonaba el temor a la inestabilidad política. No existía la experiencia de autogobierno; se había acumula do la lectura de nuestro pasado como proclive a la inestabilidad; existía un desequilibrio peligroso entre carga ideológica (muy fuerte en el último periodo de la lucha contra el régimen autocrático) y la práctica política; había que construir partidos, hacer conocer a los líderes, consagrarlos; era necesario llevar a cabo una ruptura como consecuencia de una reforma que a ella conducía; era preciso insertarse en el nivel de nuestro entorno internacional. De ahí que todas las instituciones a definir se pensasen bajo el foco ya no de su idoneidad para actuar en el sentido de favorecer el cambio en la sociedad y en su cultura, sino también para encauzar, y en cierto modo contener, el cambio. De ahí el voto de censura positivo, el sistema electoral proporcional corregido por D'Hondt; el reglamento de las Cámaras con la prima al papel de los portavoces, y una definición de la jefatura del Gobierno que, sin romper la lógica del régimen parlamentario y representativo, permitía una deriva hacia un cierto presidencialismo de jefe de Gobierno, larvado en un principio, pero acumulativo.

A estás cautelas constitucionales frente a un exceso de ideologismo y frente a un exagerado número de partidos (la famosa sopa de letras) se unió una concepción de los partidos en que se consagraba el poder del líder sobre los órganos colectivos, una concepción de las ejecutivas como equipos o instrumentos del líder, la unión (no estatutaria, pero sí aceptada casi por consenso) de jefatura de partido y candidatura a jefe de Gobierno; el predominio de los portavo ces sobre los meros diputados o senadores en cuanto a participación en los debates, etcétera. Todos los partidos (con la excepción del PNV en lo que se refiere a presidente de la formación y candidato a lehendakari) que se presentaron a las elecciones de 1977 presentaban en sus estatutos esta estructura. La tendencia oligárquica y el predominio de la visión ejecutiva se acentuó, naturalmente, en la práctica de gobierno y oposición.

Desde hace tiempo, coincidían muchos en que esta operación y este clima de preocupación por los peligros de división y de inestabilidad han dado un resultado globalmente positivo; pero también que la fase estaba agotada y que el peligro ahora no era el exceso de nervio y vaivenes, sino, por el contrario, la esclerosis parlamentaria, las dificultades para la ósmosis entre sociedad y clase política, el burocratismo partidista y el exceso de liderazgo de los dirigentes; en definitiva, el aumento de la distancia entre gobernantes y gobernados que era para el jurista Hauriou la clave de toda situación. (Yo mismo he abordado en estas páginas estos temas y en fecha ya lejana, Tiempo de reformas, EL PAÍS de 30 de mayo a 2 de Junio de 1990).

El enfrentamiento con las tendencias, a mi modo de ver retardatarias y deformadoras de la progresiva democratización de nuestro sistema, se facilita ahora con el proceso abierto de primarias en uno de los grandes partidos españoles. Para alcanzar un juicio mínimo, pero necesario en este nivel, de su alcance, conviene reflexionar sobre la conexión entre sistema de primarias en una formación política y cultura de régimen repre sentativo.

Las primarias pueden representar una inflexión importante en la tendencia hacia la concentración oligárquica y la propensión burocrática y endogámica de los partidos tal y como los imperativos de la transición favorecieron. Pero, como el alcance de esta prác tica que se inicia va más allá de la corrección de una inercia, conviene, tal vez, profundizar algo en su inserción en la lógica de la cultura y práctica de las formaciones políticas. He venido indicando que una deriva de nuestro sistema ha sido la personalización del poder, manifestado en un presidencialis mo de jefe de Gobierno. Las primarias para el cabeza de lista de las legislaturas ¿no vendrá a incrementar esta tendencia? En el Comité Federal del PSOE, algún miembro, el secretario general de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, por ejemplo, ha señalado la posible contradicción entre la tendencia que abre esta consulta y el carácter representativo de nuestro sistema general. Hay que considerar esta opinión, en lo que vale. De hecho, la personalización de los partidos y el énfasis en el carisma no provienen de una elección, sino de las circunstancias históricas, el papel en ellas de las personas y del vacío y carencia de antecedentes en que nos encontrábamos en el momento del cambio. La personalización de la política era casi un imperativo de la situación. Y, como consecuencia, la primacía de la imagen. Ahora la situación es bien distinta. La sucesión de un liderazgo, carismático como el de Felipe González se produce en menos de 48 horas en un congreso en cuyas vísperas nadie se la plantea, sino temas complementarios de reparto de poder bajo su dirección. De manera que no cupo al 34º Congreso debatir su sucesión, sino sustituirle por quien parecía que planteaba menos alteraciones y quien a la vez ofrecía una buena combinación de continuidad y de posible cambio. Si, como algunos propusimos, varios candidatos se hubiesen dirigido al congreso, la elección, sin duda legal, correcta y aceptada, tal como se realizó, hubiese pasado, por la prueba formal de la contraposición de posiciones.

De manera que las primarias aumentan la legitimación del ahora secretario general no ya como tal, que esta consulta no pone en cuestión -y que nadie la puede poner, ni él mismo debe hacerlo, porque proviene de otra fuente, la del congreso, no cuestionado en las primarias-, sino como eventual cabeza de lista a las elecciones generales. Almunia sale reforzado moral y políticamente al impulsar las primarias. Con ese valor añadido que es la búsqueda del libre asentimiento y también de la manifestación del coraje político. Y quien aparecía en el congreso como eventual alternativa, José Borrell, también y muy notablemente, puesto que su presentación presta realidad a las primarias y en sí mismo es una personalidad muy atractiva. Y, sobre todo, se diluye la impresión de que en la formación política todo transcurre a puertas cerradas y casi mecánicamente. La opinión da muestras de apreciar este aire fresco que se cuela por ventanas atrancadas con los fuertes postigos.

El carácter representativo del sistema no queda disminuido por que el elegido obtenga un refrendo en el seno de comicios interpartidistas. No se desequilibra la relación entre los poderes. Sobre todo, cuando los resultados no se acercarán a la consagración. La salvaguarda del carácter representativo del sistema -general, no del partido- no está aquí, sino en la contención de la tendencia al presidencialismo, y en la proclamación, más que de un patriotismo de partido, de lo que los germanos denominan patriotismo constitucional.

En toda situación democrática se debe buscar un equilibrio entre los elementos más directamente representativos y los que contienen una carga plebiscitaria, diríamos que carismática. En la República de Weimar, el equilibrio se rompió porque el presidente se convirtió en el foco del elemento carismático. El mismo presidencialismo americano, tan exitoso, se contiene con el respeto fidelísimo a la división de poderes. En el régimen representativo paradigmático, el británico, el poder y carisma creciente del primer ministro se contiene con el hecho de no ser presidente del partido gobernante y en la confirmación anual de su liderazgo por el grupo parlamentario, por ejemplo, en los conservadores, lo que condujo a la sustitución de un jefe de Gobierno elegido por el electorado como fue el caso de Margaret Thatcher.

No hay atentado ni disminución, pues, de los principios del sistema representativo, sino una de la participación y una disminución de la distancia entre la dirección del partido y su militancia. Es decir, un proceso que va en el sentido del acercamiento que vitaliza a la democracia. La recepción por la opinión del proceso indica que la tendencia a lo que los más críticos llaman partitocracia no ha ahogado la reacción en la ciudadanía de que lo que pasa en las principales formaciones políticas no es asunto exclusivo de unas clientelas, sino que afecta a los ciudadanos en general.

Para que esto se mantenga y ahonde sería conveniente que los dos candidatos, en el brevísimo periodo de campaña, nos ilustren sobre cuáles son sus posiciones sobre los principales temas en los que el matiz, dentro de la plataforma partidista, puede abrir unas u otras perspectivas. En concreto, se me ocurre, aparte, naturalmente, de expresar su concepción del modelo de partido: a) cómo disponer al país para la competencia en la economía global sin desarmarse en la cohesión social; b) cómo corregir el automatismo y el exceso de visión monetarista del Banco Central Europeo a partir de 1999, y c) sobre su visión del desarrollo autonómico del Estado. Fernando Morán es eurodiputado socialista.

Fernando Morán es eurodiputado socialista

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0003, 03 de abril de 1998.

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