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Tribuna:VISTO / OÍDO

Hijos de la miseria

Bill Clinton sube en las encuestas: más que nunca en su presidencia. Puede ser el "efecto Diana": una reacción finisecular a favor de la libertad sexual. O amorosa: no es incompatible el sexo con el amor. A veces es un amor urgente, que nace, se desarrolla y muere. O no: muchas confesiones a la SER, de madrugada, son de quienes se enamoraron en el acto de una prostituta y fueron correspondidos: les suelen contestar otros que hicieron así su pareja y les salió bien. Todo lo bien que puede ser una "pareja para la eternidad" (título de un libro primerizo de Fernando Fernán-Gómez) y luego se resuelve en menos tiempo. Depende del concepto de eternidad: una hora o mil años. Los republicanos presentaron a Clinton como "un monstruo sexual" y "un caso patológico", porque no es su idea de lo normal: o sea, la idea de someter a los otros. Siempre fueron así los moralistas. Freud: los represores son reprimidos que castigan en otros la libertad que ellos no osan.La Sala Segunda del Tribunal Supremo sentencia sobre libertad sexual: absuelve a cinco varones condenados por yacer en un prostíbulo con mujeres de quince a diecisiete años, y dice que no las indujeron: ya estaban prostituidas. Un precedente valioso, sobre todo para el caso Arny. Pero no dejo de pensar en esas chicas, en cada una de ellas -quince no es igual que diecisiete, aunque el cuerpo lo parezca-, y en los miles que hay en prostíbulos nacionales (o autonómicos). Me da la sensación de que están condenadas para siempre (una eternidad) a un ejercicio tenido por deshonroso, explotado, excluido, maltratado por la sociedad. Sociedad de reprimidos represores, y de corruptos agentes de la autoridadque controlan el sexo por la coditia de mandar en la natalidad, en la sucesión, en la casta, en la herencia. Tardará mucho en aceptarse, si se acepta, que el sexo no es un daño, y no es un delito, y el mal está en cómo la sociedad autocrática lo administra. Aún no se acepta el hambre sexual. Esas chicas son de aquí y de ahora: y me angustian. Y también que quieran redimirlas a la fuerza: encerrándolas, catequizándolas. Diana, Clinton son a lo mejor señales de que el pueblo acepta esa transgresión: contra un mundo caduco. Pero se sigue manteniendo una muralla frente a la prostitución: y de esa muralla salen los protectores. Chulos, rufianes, tratantes. O representantes de la ley. Para condenar por vida alas hijas de la miseria.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 1998