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Tribuna:

El último capítulo

La vida en sentido biológico es un fenómeno natural, pero la vida en sentido biográfico es una obra de arte. Cada uno de nosotros es el artista de su vida, el autor de su biografía, el director de su película. El arte siempre está sometido a constreñimientos, y el arte de vivir empieza con pie forzado. Cuando uno se pone a redactar el guión de su vida se encuentra con que el primer y decisivo capítulo ya está escrito y no se puede borrar. A uno sólo le queda continuar la novela, cosa que hacemos mientras vivimos, como Ortega y Gasset subrayó repetidamente. Aunque no nos es dado redactar el primer capítulo, a veces podemos escribir el último. Ya que no podemos elegir cómo nacer, al menos podemos elegir cómo morir, a no ser que la muerte se nos adelante y desbarate nuestros planes.Con frecuencia, el zarpazo de la muerte nos sorprende con la pluma en la mano, antes de que nosotros queramos morir. El libro de nuestra vida queda truncado, la película se acaba bruscamente, el final no es nuestro, nos sobreviene como un accidente externo, sin que nosotros tengamos arte ni parte en el asunto. Otras veces, los demás (legisladores, jueces, obispos, burócratas y médicos sañudos y arrogantes) irrumpen en la filmación de los últimos planos, nos apartan de la dirección de la película y la alargan contra nuestra voluntad con escenas inacabables de miseria, agonía y dolor que no estaban en el guión. Pisotean nuestra libertad de autor y convierten lo que podría haber sido una obra de arte cabal en un bodrio lamentable.

Por desgracia, y como ha señalado Nuland, la mayoría de la gente no muere del modo como elegiría morir. El ideal del hombre (o la mujer) libre consiste en tomar el mando y asumir la autoría de su vida y de su muerte. Que podamos decidir el punto final, que podamos elegir el día y la hora de nuestra muerte, y el dónde y el cómo morir, que nuestra muerte sea la muerte inventada y elegida por nosotros, nuestra muerte propia. Como pedía Rilke: "Oh, Señor, dale a cada uno su muerte propia". Todo lo que vive muere, y sería necio pretender escapar a esta ley universal. "No aspires, oh, alma mía, a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible", decía Píndaro. El ideal posible no es la inmortalidad, sino la buena muerte (buena dentro de lo que cabe, claro), la muerte elegida, la muerte sin dolor y sin angustia (primero narcótico y luego inyección letal), bien pensada y preparada, rodeados de nuestras personas queridas, y asistidos por un médico competente y servicial. La muerte mejor, la más deseable, la más acorde con la autonomía humana, es el suicidio racional, sereno y asistido.

Como sabía Séneca, "lo que importa es lo buena que sea tu vida, no cuán larga sea. Y, muchas veces, que sea buena es que no sea larga". Sopesar bondad y longitud de nuestra vida no es tema baladí. Según Camus, "no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el del suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida es responder a la cuestión fundamental de la filosofía". Esa cuestión tiene una respuesta distinta en cada caso, que sólo el interesado puede dar. Sólo uno mismo es competente para juzgar si su propia vida vale o no la pena de ser vivida a partir de cierto punto. ¿Quién osaría decidir por otro? ¿Quién osaría privarnos de nuestro último derecho y conculcar nuestra última voluntad?

Aquí no estamos hablando de las fugaces depresiones de los adolescentes, que a veces atraviesan etapas de extrema labilidad y turbulencia, en las que no saben lo que quieren, y en las que cualquier contratiempo (una mala nota en el colegio o un primerizo desengaño amoroso) puede conducir a morbosas y absurdas ideas de suicidio, que enseguida se pasan. Tampoco nos referimos a las pasajeras ventoleras de desánimo o cobardía ante dificultades superables, y todavía menos a las posibles conspiraciones de herederos sin escrúpulos para abreviar su codiciosa espera. Aquí hablamos de los casos de personas maduras y estables, confrontadas a problemas físicos tremendos e irreversibles, que les impiden llevar una vida que (en su opinión) valga la pena de ser vivida, casos, por ejemplo, como el reciente de Ramón Sampedro.

En 1961, Percy Bridgman, que ganó el Premio Nobel de Física por su investigación de las altas presiones e introdujo el operacionalismo en filosofía de la ciencia, sufría los efectos de un cáncer progresivo del que sabía que pronto lo incapacitaría totalmente. Decidió poner fin a su vida, pero todavía sacó fuerzas de flaqueza para completar el índice de la edición en siete volúmenes de sus obras científicas. En cuanto lo hubo terminado y enviado a Harvard University Press, se suicidó en solitario y con un arma de fuego, mientras todavía podía. Dejó una nota en la que decía: "No es decente que la sociedad le obligue a uno a hacerse esto a sí mismo, pero probablemente hoy es el último día en que todavía puedo". Declaró que le gustaría aprovechar la situación en que se encontraba para establecer el principio general de que, en tales circunstancias, el individuo tiene derecho a pedir a su médico que ponga fin a su vida.

Aunque las encuestas muestran que la mayoría de la gente piensa como Bridgman y está a favor de la legalización del suicidio asistido en las circunstancias aquí consideradas, la arrogancia encallecida de políticos, prelados y ayatolás mantiene la prohibición absoluta del suicidio asistido en casi todas partes. En España, la propuesta civilizada del jurista Cesáreo Rodríguez-Aguilera cayó en saco roto, como también lo hicieron las peticiones de Salvador Pániker y de las asociaciones por una muerte digna y los recursos de Sampedro ante los tribunales. Menos mal que la gente es más sensible y razonable que los políticos, y en todas partes (incluso en países con leyes draconianas, como Francia), los jurados populares absuelven sistemáticamente a los que por compasión ayudan a sus seres queridos a suicidarse en situaciones desesperadas. En Estados Unidos, incluso el doctor Kevorkian, famoso por su ayuda manifiesta a multitud de suicidas, ha sido absuelto por el jurado cada vez que ha sido llevado a juicio.

La tabuización o prohibición del suicidio se defiende con tres argumentos falaces, de irracionalidad creciente:

1. Que el suicida perjudica a la sociedad, pues la priva de sus servicios. A lo sumo, eso sólo valdría para quien está en posición de prestar servicios a los demás. Obviamente, ése no es el caso de los tetrapléjicos y enfermos terminales.

2. Que el suicidio no es natural y va contra el orden natural de las cosas. Pero lo mismo puede decirse de toda la medicina actual. Son precisamente las interferencias artificiales y antinaturales de la terapia tecnológica las que provocan la existencia de casos como los que estamos comentando.

3. Que el suicidio es un robo, pues la vida de uno no le pertenece a uno,- sino a Dios,por lo que quitarse la vida es robar a Dios, su dueño. Este galimatías mitológico, tomado en serio, nos llevaría- a prohibir cualquier actividad, empezando por la de afeitarnos o cortamos el pelo (el pelo pertenece a Dios, etcétera). Que se lo pregunten, si no, a los sijs.

La asistencia al suicidio o eutanasia activa voluntaria es difamada como asesinato, olvidándose de que este último es un atentado contra la libertad vital. Así como la violación es un delito contra la libertad sexual, pues el violador no quiere copular, mientras que el sexo consentido no tiene nada de malo, así también el homicidio es un delito contra la libertad vital, pues el asesinado no quiere, morir, mientras la asistencia consentida a la muerte no tiene nada de malo. Es más, en el futuro muchos la necesitarán. Es previsible que la tecnología del mantenimiento artificial de la vida (por muy deteriorada, agónica y residual que sea) siga progresando. Por eso es importante postular el derecho a decir basta, y a elegir el final de la película. Nuestra libertad y nuestros derechos de autor están en juego. A vivir, que son dos días. Y, después de una buena vida, una buena muerte.

Jesús Mosterín es catedrático de Filosofía, Ciencia y Sociedad del CSIC.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 1998