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Editorial:
Editorial

Mover el alfil

ESPAÑA DEBERÍA aprovechar la brecha que ha abierto el Papa en Cuba, y, sin demora, nombrar a un embajador y llenar el hueco. Es condición previa para que el Rey viaje a La Habana, y puede que no se presente un año más oportuno como el del Centenario del 98 para abordar esa visita que habría de resultar positiva para España y para los cubanos. Ambos gestos podrían contribuir a una apertura cubana, y, en todo caso, favorecer una plena presencia de España a la hora de apoyar, desde dentro y desde fuera, la inevitable transición cubana. De otro modo, España perderá puntos, mermará su capacidad de influencia y echará a perder la oportunidad que ha abierto Juan Pablo II.No se trata de ayudar a Castro, sino a los cubanos, especialmente a la oposición interior, que es la que más sufre la persecución del régimen, y servir de puente entre unos y otros para preparar el cambio. Pues si algo ha puesto en evidencia la presencia del Papa en Cuba es que Fidel Castro, dure lo que dure, no es inmortal, y que la transición cubana no debe estar ya muy lejana.

Hay que ser conscientes de que otros -Italia, la propia Iglesia católica, o quien vengase aprovechan de esta presencia coja de España, sólo justificada, tras la crisis desatada por la negativa del plácet cubano al embajador designado por España, en una supuesta actitud moral, bajo cuyos pies ha segado la hierba el propio Papa con su visita a Cuba, y que incluso Washington podría dejar en ridículo si flexibilizara su actitud hacia el régimen castrista.

Pero, además, el nombramiento del embajador esun tema de debate que pierde sentido cuando el Gobierno intenta rectificar su política hacia Cuba por lavía indirecta, ya sea con visitas comerciales, con la ampliación de las coberturas de seguros a las inversionesen Cuba, con los planes de proponer la incorporación de la isla al Convenio de Lomé de la Unión Europea con los países ACP (África, Caribe y Pacífico), con la apertura de una casa de la cultura, o una delegación permanente de RTVE.

Evidentemente, el Gobierno español debe garantizarse unos mínimos, entre ellos la libertad de movimientos del nuevo embajador -cuyo nombre más que probablemente ya ha sido seleccionado- para que pueda cumplir ese papel de interlocutor de diversas partes de la sociedad cubana. Unas buenas relaciones podrían facilitar también que el régimen castrista entregue información a España sobre la presencia y movimientos de etarras en la isla. Tampoco en este aspecto servirá de mucho la política del enfrentamiento.

Manipulando la historia, Fidel Castro, en sus discursos ante el Papa, y su hermano Raúl, después, al proponer elevar un monumento a las víctimas "del genocidio español", están inventando una bandera contra el "colonialismo español" en provecho propio. No hay que hacerles caso, ni caer en la trampa de retrasar por ello el nombramiento de embajador -que requiere el plácet de La Habana- o buscar en esos gestos una excusa para que el Rey, que con campechanería propició un encuentro entre Aznar y Castro en la última Cumbre Iberoamericana en Isla Margarita, no viaje a Cuba. Que el Gobierno considere una afrenta al sentido patriótico español la crítica a la colonización de Cuba por los hermanos Castro constituiría un preocupante reflejo de unos tiempos pasados y rancios.

Aislar a Castro para que caiga o se democratice no tiene sentido, y menos aún para un país con los vínculos históricos, sociales y culturales que tiene Cuba con España. Estados Unidos no lo ha conseguido tras 37 años de embargo, y es la filosofía opuesta a la que ha llevado Juan Pablo II a Cuba. ¿Va a ser en materia cubana el Gobierno español menos papista que el Papa?

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