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Reportaje:PLAZA MENOR: ORIENTE

Un paseo por la corte del faraón

La nueva plaza de Oriente es peatonal, lo que facilita extraordinariamente el aparcamiento de coches oficiales y oficiosos junto al Teatro Real con ocasión de galas, recepciones y saraos de cierto fuste. Al parecer, el faraónico aparcamiento que el Ayuntamiento ha puesto bajo sus pies no es lo suficientemente bueno para ellos, o quizá sus tarifas les parezcan un despilfarro inútil a los detentadores o propietarios de los lujosos automóviles que se dan cita al aire libre, bajo la atenta vigilancia de una docena de policías municipales en amena charla con los conductores uniformados y francos de servicio.A pocos metros de tan apacible escena se alzan, como negros catafalcos, las garitas de los ascensores del aparcamiento. Al mundo subterráneo se desciende también por unas escaleras de piedra rematadas en la superficie por artísticas barandillas muy parecidas a las que solían dar paso a los urinarios públicos. Una imagen engañosa pues los servicios del flamante parking permanecen cerrados a las cinco de la tarde dé un viernes, a salvo de degenerados, vándalos, toxicómanos e incontinentes. Claro que la posibilidad de una emergencia evacuatoria entre la reducidísima clientela que frecuenta el establecimiento a esta hora resulta altamente improbable.

La zona reservada a los autobuses turísticos es una vasta y desolada planicie con un solo ocupante varado en el centro. A la salida, cinco urnas iluminadas exhiben una exigua y patética muestra de los hallazgos arqueológicos que emergieron en las polémicas excavaciones del entorno. A la vista de tan raquítica colección, podría pensarse en la intervención de un aprendiz de Maquiavelo a sueldo del Ayuntamiento que hubiera trátado de justificar la magna obra de sus jefes con la parquedad del patrimonio arqueológico exhumado in situ y aquí exhibido. La primera impresión al examinar las reproducciones de alumnos de la Escuela de Cerámica de fragmentos de vasijas, asas de cántaro y trocitos de azulejo, es que no se ha debido perder mucho bajo la acción devastadora de las máquinas.

Sin embargo, esa falsa impresión deja paso a la perplejidad más absoluta, cuando uno se adentra en la lectura del texto depresentación quefigura en la primera urna, donde se dice que ésta há sido la excavación arqueológica más grande de todas cuantas se han realizado en España dentro de un recinto urbano. La más grande y la más desgraciada puertas según los mezquinos vestigios exhibidos aquí. Pero hay que seguir leyendo aun con riesgo de pasar a la estupefacción más profunda cuando unas líneas más abajo se advierte que aún queda un 80% por excavar, tarea que el anónimo redactor del texto ofrece a las futuras generaciones de arqueólogos, que seguramente habrán de intervenir dentro de unos años cuando el aparcamiento se haya convertido en ruina definitivamente.

La obra subterránea nació ya con vocación faraónica y es fácil extraviarse en su laberinto de puertas, escaleras y ascensores, perderse en un dédalo de galerías y pasajes helados, acuchillados por afiladas corrientes de aire malsano que exhalan las profundidades de la tierra. El explorador se siente un pionero adentrándose en los recovecos del aparcamiento hasta que encuentra el camino de salida siguiendo el rastro de colillas y envoltorios de chicles esparcidos por el suelo. El explorador, si tuviera a mano el equipo imprescindible (un pico, una pala y un casco con linterna), no dudaría en ayudar a las futuras generaciones de arqueólogos en sus excavaciones, horadando un poco más en las entrañas de la plaza para sacar a la luz sus tesoros.

La polémica reforma de la plaza de Oriente usó como coartada la mejora de la panorámica frontal del Palacio Real con la creación de una amplia superficie libre frente a él, cuya contemplación no se vería obstaculizada por los automóviles, que por sus muchos pecados fueron emparedados en un túnel de cuyo diseño, dimensiones y seguridad abominan sus usuarios. El espacio escatimado en el túnel se compensa con las amplias proporciones de la auténtica estrella de toda la operación: Su Majestad el aparcamiento, joya enterrada de la megalomanía municipal, de sus pompas y de sus obras.

Al aire libre, fuera de la cripta, la estatua ecuestre de Felipe IV y la majestuosa fachada del palacio reconcilian al cronista subterráneo con las obras de los hombres de antaño. El rey pasmado y golfo de la Casa de Austria da la espalda y enseña los poderosos cuartos traseros de su caballo rampante al palacio borbónico. Posa de esa guisa por designio de Isabel II de Borbón, que cuando se trajo la espléndida estatua del Retiro ordenó que la colocaran del revés, posiblemente para no verle la cara al asomarse al balcón.

Ominoso y lúgubre destaca el balcón principal de la fachada, al que algunos aún miramos de reojo y con aprensión cuando vemos, o imaginamos, una imprecisa sombra gris cruzando su espacio. Con la remodelación, el paisaje que se despliega, bajo el balcón debe ser aún más atractivo si cabe, más tentador para cualquier aspirante a déspota megalómano aficionado a los baños de masas como terapia autoafirmativa. Un balcón peligroso, no por riesgo de defenestración sino por el de tomarle gusto. Un balcón que quizá habría que sellar para evitar tentaciones.

De espaldas al palacio, Felipe IV se enfrenta con un paisaje menos halagador, los cuartos traseros del Teatro Real, grises y amazacotados, y a su alrededor las fachadas de respetables casa burguesas, ajadas y desconchadas, pidiendo a gritos una nueva capa de maquillaje y revoco para ponerse a tono con el rehabilitado entorno.

El nuevo, antiguo Café de Oriente, mantiene el chic en el desierto comercial de la renovada plaza. Las casas colindantes lucen, junto a sus puertas, los rombos metálicos con los que el Ayuntamiento informa sobre sucesos históricos acaecidos en estos lugares, personajes ilustres que en ellos moraron, y notables edificios desaparecidos en la ajetreada historia de este enclave privilegiado por la naturaleza y por los reales designios de emires y reyes cristianos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 1998

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