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Tribuna:

Bajada de fideos y toque de queda

Por la carretera de pago que va de la ciudad de México a Querétaro, te subrayan con señales de tráfico esa evidencia impepinable, amontonada a ras del suelo, de que todo está en obras y para rato. A eso, precisamente, un habitante manso del último Madrid ("en México se piensa poco en tí"), lejos del oso y del manzano, ha de reconocerse acostumbrado y hasta diríase que predispuesto en el acto. Para aceptar deprisa que lo allí (por Madrid) socavado con medios vergonzantes, aquí (por México) sabe expandirse a gusto de orilla a orilla. (Cada paréntesis corresponde a un insecto despachurrado contra el parabrisas del coche.) He ahí los alegrones del desarrollo relativo o a punto de tirarse en marcha lenta: decir "estamos en obras" como por allí decimos "estamos en fiestas", aunque el ecologismo refunfuñe por altavoz al observar determinados estragos desde el helicóptero. Vértigo que vencemos al leer, de pasada, este cartel: "Hombres trabajando a 400 metros".Porque es portento ver que tal gerundio, junto a aquella preposición tan pura, da el susto de una estampa subterránea, automática, donde los abnegados mineros reciben la aureola no de sus lámparas, sino de la profundidad inmensa, esa zona de riesgo que, cuando es bendecida por un lirismo a tiro del sentido común, produce monstruos buenos, atractivos y populares. Y de esta forma irracional o devota se olvida que también la distancia puede extenderse y entenderse sin necesidad alguna de abandonar la simple superficie, como bien representan esos hombres, cada vez más cercanos, que empezaron a trabajar en nuestra imaginación a 400 metros de lejanía. Esto, lo básico y real, sólo se nos ocurre en segundo lugar, pareciendo con ello que empezamos a complicar las cosas sólo para seguir defendiendo algún reducto turbio de desobediencia sin causa justa.

Y atrás quedaron ya los hombres trabajando, a equis kilómetros de distancia, superados por el deseo que segregan otros humanos de andar así, de un lado para otro, con tal de no fijarse de continuo en lo mismo. Cuando en esto que pasa a toda leche un camión, casi rozándonos, y entonces contemplamos, en su trasera, un tambaleante artefacto, tal vez de acero, sobre el que iba dibujada, a conciencia, una gran cruz, ladeada hacia la derecha según se mira: amarilla pollito, con un poco de anaranjado para dar una idea lateral del volumen, creándose, al amparo de dicha mezcla una viva amenaza de fuego eterno, un aviso inflamable. Y, sin embargo, en la base del estandarte rutero, momentos antes de salir de estampida, el conductor había dejado escrito con letras blancas: "Jesús es mi camino". Una garantía. Una tranquilidad. O una advertencia. O un desfogue sin frenos, místico. Con los camioneros nunca se sabe. Con los que trabajan en las carreteras nunca se sabe. ¡Cuánta ignorancia!

Por el contrario, lo que siempre se sabe es que los mineros rellenan nuestra sed de hondura solidaria ("trabajando a") en cuanto deseamos forjar una imagen, rápida y eficaz, sobre la condición humana que aún sufre a no se sabe cuántos metros de profundidad, lejos de nuestro televisor con mando a distancia. En cualquier caso, dicen que ver en vivo aviva los placeres, recompensa el desplazamiento. Y veo en una tienda, nada más llegar a Querétaro, a un matrimonio español. ¡También es potra! Exhibe él un collar entre ambas manos, de cara a su señora. Ésta asiente, si bien disimulando, un poquito, "¡tampoco es para tanto!", no sea que el tendero suba el precio. Y entonces él, comprador concienzudo, y con estudios, interroga al cuitado que allí vende: "¿Es diseño indígena o se te ha ocurrido a ti?" El indígena, condenado a ser veraz, responda lo que responda, elige una verdad en presente, la capaz de enfrentarse a la idea de antigüedad como plusvalía: "Se me ocurrió a mí, señor".

Otro vendedor me distrae de lo que pudo venir luego a propósito del collar, pues procede a enseñarme una calavera, tallada a mano, a la vez que esto aclara acerca de ella: "Es cuarzo rutilante". Me he acordado de Aníbal Núñez. He visto su poesía labrada en tal materia, nombrada así por precisión y no por ocurrencia poética: cuarzo rutilante.

De regreso a la ciudad de México (de nuevo, "hombres trabajando a 400 metros"), por la radio del coche asoma esta delicia publicitaria. Voz de hombre: "Yo, mi amor, te bajaré las estrellas". Voz de mujer: "¡Ay, no, bájame los fideos!" Ráfaga musical romántica. Y otra voz canta luego las excelencias de una marca de pastas, que este mes navideño está dando tres paquetes por el precio de dos.

No es de extrañar, en suma, que más tarde, al final de la cena en un abarrotado local, Agave azul, cuando el vocalista de un trío nos pregunte "¿Qué les voy a tocar?", uno salga de dudas al instante, vaya y le pida Éntrale en ayunas, nada más por probar. Y eso nos toca, buey, ¡qué onda!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 1997