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Tribuna:

En torno a un centenario

Resulta penoso comprobar que la conmemoración -insoslayable- del centenario de Cánovas del Castillo ha suscitado, en determinados sectores de opinión, más atenidos al tópico que a la realidad documentada, una reacción que, de nuevo, viene a agitar los posos de nuestra última guerra civil. Lo que encierra un interés estrictamente histórico -la revisión, con perspectiva secular, de la figura y obra de una de las personalidades más destacadas de la España contemporánea-, se ha trocado, para algunos, en forzada actualización -con propósito asimilista "en exclusiva", o con enconado rechazo- de lo que debe ser referido a las circunstancias de su tiempo, y que precisamente en su tiempo se definió como empeño pacifista e integrador, y no como confrontación maniquea.La gran figura de Cánovas fue objeto preferente de críticas injustas en los momentos en que la crisis del fin de siglo impulsaba, como siempre, a buscar los responsables de una catástrofe que, por cierto, sólo Cánovas, de haber vivido, hubiera sido capaz de conjurar en el momento decisivo. Se atacó al "sistema", se denunció la supuesta "farsa canovista", se tachó de freno y reacción la obra de Cánovas, como si éste hubiera venido a cerrar un maravilloso paréntesis de democracia "pura". El transaccionismo dialogante con el que Cánovas había puesto fin a medio siglo de contiendas cainitas se entendió como "marasmo", y se evocaron con nostalgia hipócrita los ejemplos de energía dinámica encarnados por los espadones de la era isabelina. Y aunque es cierto que, andando el tiempo, muchos de los acusadores corrigieron a fondo sus criterios, trocándolos en alabanza -simplemente al contrastar el medio siglo de paz civil propiciado por la Restauración, con el máximo desastre de nuestra Historia: la guerra civil reiniciada apenas aquélla cerró su ciclo-, siempre ha prevalecido, a través de la lectura de los "regeneracionistas", y de los intelectuales de las generaciones famosas, una imagen equívoca, históricamente falsa, de lo que, de hecho, representó el canovismo.

Teníamos derecho a esperar que, con ocasión del centenario, se abriese paso, por fin, la rectificación necesaria de una visión histórica deformada. Parece que no ha sido así, aunque cabe esperar que algo quede del esfuerzo objetivo realizado por historiadores desapasionados.

Se puede simpatizar, o no, con el personaje; lo que no es lícito es atacar a Cánovas acudiendo, no a los grandes principios definidores de su empresa política, sino a alguna frase irónica sin más alcance que el de simple evasión al agobiante clima creado por un interminable debate "en comisión" (aquella célebre "boutade", que está por demostrar que fuese suya, con que Cánovas constrastó, por el lado burlesco, las discusiones en torno al artículo que en la Constitución de 1876 pretendía definir a los españoles: "Son españoles los que... no pueden ser otra cosa"). O acusándole defingir lo que nunca pretendió ser -un "demócrata"- Es del género idiota rechazar a Cánovas con este asombroso "descubrimiento": su régimen no fue una democracia. Eso lo sabíamos todos. Tampoco lo fue, en el siglo XVIII, el momento ilustrado de Carlos III. Pero hay que situar cada capítulo histórico en su lugar. Y, en este caso, enfocar la política de Cánovas en su momento, en su propósito, y en sus logros dentro de ese propósito.

Cánovas fue un liberal por encima de todo -liberal en el sentido más noble de la palabra, el que Marañón sintetizaba en dos puntos: aceptar que la razón puede estar en el adversario, y no creer nunca que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, pueden ser los medios los que justifiquen el fin- No creía en la democracia, o más bien, no creía en la posibilidad de la democracia partiendo de la materia prima de una sociedad como la española, en la que apenas existía conciencia ciudadana, y en la que las relaciones socioeconómicas aún estaban lastradas por viejas herencias neofeudales -dobladas por la forma en que tomó cuerpo el proceso desamortizador- Pero suponer que Cánovas había venido a cerrar un paréntesis democrático -el "sexenio democrático", denominación inadecuada si las hay, habida cuenta de -lo que ese breve periodo histórico significó de hecho: la culminación final de un largo proceso de autodestrucción, iniciado cuando se extinguía la epopeya nacional por la independencia; proceso pautado por las contiendas civiles y por la forzada superposición del pretendido "poder militar" sobre el legítimo poder civil- es lo mismo que negar la realidad histórica en beneficio de la fantasía. El "sexenio", iniciado con un pronunciamiento más, se resumió como una revolución dentro de la revolución, en un delirante torbellino estimulado de nuevo por la guerra civil, ahora multiplicada por tres: la carlista, la cantonalista, la de Ultramar, y degenerada en el caos de 1873, que a punto estuvo de liquidar la pervivencia, no ya del Estado, sino de la misma nación española, destrozada en el disparate de "la cantonal", a la que estimulaba, a su vez, la primera oleada de la Internacional en su inasimilable versión bakuninista. En cuanto al derecho de sufragio - universal" masculino, desde 1869-, reflejó en la práctica, mejor que nada, la realidad social sobre la que trataba de implantarse, si atendemos a las cifras del abstencionismo (54% en las de 1872; 60% en las republicanas de mayo de 1873, que en algunas provincias osciló entre el 70% y el 80%).

Alguien ha recordado, melifluamente, que la Restauración vino a consecuencia de un "pronunciamiento": esto es, en continuidad con los "malos usos" isabelinos. Pero ha olvidado que la iniciativa de Martínez Campos se produjo a espaldas y contra la voluntad de Cánovas del Castillo; y que si aquélla tuvo éxito, fue precisamente porque la inteligente labor proselitista desplegada por el propio Cánovas a partir de 1871, y que plasmó su programa atractivo en el llamado "manifiesto de Sandhurst", había preparado a la sociedad y a la opinión con tal eficacia, que el "pronunciamiento" se limitó a "descorrer las cortinas" que velaban una realidad viva: la de un país que quería salir a todo trance de la provisionalidad del régimen de Serrano -otro general evitando a un mismo tiempo el retorno al caos y a la dictadura moderada. Exactamente, Cánovas había proyectado la Restauración, no como una vuelta a "lo anterior al 68", sino como una rectificación sustancial de "aquello", para impedir la repetición de la crisis.

El liberalismo de Cánovas se hace explícito en el programa de "doble apertura" con que plantea la nueva Monarquía: como una plataforma de encuentro civilizado para las dos Españas, separadas por la revolución. Y, sobre todo, en su manera de abordar el problema que en aquella época ocupaba lugar preferente en las preocupaciones de políticos e intelectuales: el de las relaciones entre Iglesia y Estado. La reina Isabel había caído por su empeño en no romper con Roma: su error esencial -adscribirse a un solo partido, el moderado, abandonando su alto papel arbitral en cuanto Reina constitucional, y recusando sistemáticamente la opción progresista, e incluso el centralismo de la Unión Liberal- parte de su temor fanático a las fulminaciones del Syllabus. Ello le valdría la "rosa de oro", pero le costaría el trono, cuando todo el amplio abanico de opciones políticas no moderadas la vio como el "obstáculo tradicional". Cánovas mantuvo una pugna difícil con los representantes de la "Unión Católica": si, en los momentos iniciales del régimen, autorizó la legislación de Orovio, que trataba de atraerse el sector de los neocatólicos alejándolos de la opción carlista, aún amenazante en la guerra civil, toda su orientación política posterior, comenzando por la Constitución de 1876, cuyo artículo 11 -la tolerancia de cultos- le enfrentaría con la derecha más definida, respondió a un criterio de transacción y convivencia bien manifiesto en su fraterna amistad con Castelar y con su mano tendida a Sagasta, el antiguo "lugarteniente" de Prim.

Alfonso XII, aún en el destierro, había respaldado la aspiración a la "pacificación ideológica" formulada por Cánovas, en el famoso manifiesto de Sandhurst: "Sea la que quiera mi suerte, no dejaré de ser buen español, ni, como todos mis antepasados, buen católico, ni, como hombre del siglo, verdaderamente liberal". En el último de sus Episodios Nacionales, precisamente titulado Cánovas, Galdós hace decir a uno de sus personajes: "¿Liberal y católico? Pero ¡si el Papa ha dicho que el liberalismo es pecado! ¡Como no sea que el príncipe Alfonso haya descubierto el secreto para introducir el alma de Pío noveno en el cuerpo de Espartero!". Pues bien, lo extraordinario es que en tan difícil empeño radica, precisamente, el máximo éxito de Cánovas.

Para ello hubo de vencer las resistencias encarnizadas de un amplio sector de opinión- que -incluso dentro de su propio partido- pretendía convertir la Restauración en prolongación, sin matices, de la era isabelina. Nada hay más significativo, para entender el programa de Cánovas, que determinados textos de su correspondencia con el ultraconservador catalán Durán i Bas: "Usted comprenderá perfectamente que el Rey legítimamente aclamado por todos los hombres de buena fe para poner término a profundas y arraigadas perturbaciones, no puede desechar ningunos elementos políticos que le ofrecen adhesiones leales y sinceras. Las eliminaciones arbitrarias serían, sin duda, de funestísimas consecuencias, y el Rey necesita hacer la paz conciliando, asegurar el orden convenciendo, y despejar los horizontes del porvenir, que es lo que con preferencia debemos procurar todos". Tal proceso integrador suponía, por otra parte, acabar con el recurso a "la espada redentora". "Si las clases conservadoras no tienen confianza en mí -advertía Cánovas al propio Durán-, que me abandonen en buena hora, y se echen en brazos de cualquier candidato que les brinde los pasajeros placeres y los eternos dolores del caudillaje. Yo soy hombre de otra índole, y hay que tomarme o. dejarme como soy

Y nadie como Galdós -a un mismo tiempo opositor y admirador de Cánovas- supo intuir la realidad del proyecto canovista: su generosa aspiración de hacer europea y moderna a la sociedad española, anquilosada en el integrismo, y su convicción de que sólo una labor continuada en el tiempo podía lograrlo, eludiendo golpes militares y asaltos revolucionarios, que siempre se convertían en una marcha atrás. En su Episodio antes citado, Galdós pone en labios de un Cánovas refugiado en su estudio de bibliófilo esta melancólica reflexión: "Esta vieja nación, con sus glorias y sus tristezas, sus fuerzas y sus recursos, sus instituciones aristocráticas y populares y su extraordinario poder sentimental, constituye un cuerpo político de tan dura consistencia que los hombres de Estado, cualesquiera que sean sus dotes de voluntad y de entendimiento, no lo pueden alterar. El alma de ese cuerpo es igualmente maciza, petrificada en la tradición y desprovista de toda flexibilidad. El único gobernante capaz de llevar a ese alma y ese cuerpo a un nuevo estado de civilización es el tiempo, y yo seré todo lo que usted quiera, pero el tiempo no soy...". "Admito las audacias como labor sintética y teorizante... mas yo no teorizo, yo gobierno, y como gobernante estoy amarrado por los cientos y tantos cordones de la realidad. De mi gestión depende que ese ser interno que he descrito a usted no se convierta en elemento trágico. Mi deber es sofocar la tragedia nacional... no podemos marchar a saltos, ni con trompicones revolucionarios. Las algaradas y las violencias nos llevarían hacia atrás, en vez de abrirnos paso franco hacia un horizonte remoto".

Pretender condenar a Cánovas por no haber realizado la conciliación de los dos ciclos de la Revolución contemporánea -liberal y socialista- como lo intentaría luego Canalejas -otro gran "transaccionista"-, es, una vez más, ignorar el momento en que el estadista malagueño desplegaba su "empresa política de paz", atenida a lograr una síntesis entre los términos antitéticos de la revolución liberal: el tradicionalismo "moderado" y el progresismo "democrático". De la misma manera que sus criterios en cuanto al sufragio se atenían, más que al censo, a las "capacidades" (el restablecimiento insincero del sufragio universal a destiempo fue obra de Sagasta, y obligó a una farsa-elaparato "ortopédico" de que habló Cajal- que nunca debió denominarse, en consecuencia, "farsa canovista", sino, en todo caso, "farsa sagastina" los criterios sociales de Cánovas habían entrado, hacia 1890, en una fase próxima al "intervencionismo" que luego plantearían Dato y Canalejas. Su discurso del Ateneo, en 10 de noviembre de ese año, le aleja claramente de eso que hoy llamamos "liberalismo salvaje": "No hay que hacerse ilusiones: el sentimiento de la caridad y sus similares no son ya suficientes por sí solos para atender a las exigencias del día. Necesítase por lo menos una organización supletoria de la iniciativa individual, que emane de los grandes poderes sociales...".

Al enjuiciar hoy la obra de Cánovas, no cabe exigirle lo que escapilba a las previsiones de su tiempo, sino valorar lo que, ante todo y sobre todo, aportó como una novedad impagable: la sustitución de la guerra civil -caliente o fría-por la concordia en paz; la instalación de un civilismo que no suponía, por supuesto, ignorar o destruir al Ejército, sino situarle en su honroso lugar. Un gran intelectual socialista de nuestro tiempo, recientemente fallecido -José Prat-, se atrevió a afirmar allá por los años ochenta, entrevistado por un ilustre historiador ante las cámaras de televisión, que el más grande estadista de nuestra época contemporánea había sido Cánovas. Y -replicando a una alusión de aquél a la famosa "ficción" en que se basó el sistema-: "De la ficción se puede pasar gradualmente a la realidad". Por mi parte, recuerdo una larga conversación que me fue dado mantener con el mismo Prat en el hotel Colón de Sevilla -ambos formábamos parte del Comité de Expertos que en 1991 asesoraba a los artífices de la "Expo"-. Le pedí que me glosara aquellas sorprendentes afirmaciones suyas, y él se refirió a la dolorosa experiencia de nuestra última guerra civil, como reverso al mensaje de Cánovas: la convivencia, la tolerancia y la transacción necesarias para avanzar con seguridad hacia el progreso; la sustitución del canibalismo político por el diálogo civilizado.

La herencia canovista es un patrimonio común de los españoles de hoy; no debe ser un señuelo para despertar el demonio de la discordia entre ellos. La izquierda civilizada de nuestro tiempo debería asumir, de esa herencia, la lealtad a una historia irrenunciable; la sustitución de las rupturas traumáticas por avances seguros en continuidad. La derecha civilizada debería atenerse siempre a la famosa consigna: "No hay posibilidades de gobierno sin transacciones justas, lícitas, honradas e inteligentes".

Carlos Seco Serrano es miembro de la Real Academia de la Historia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 9 de septiembre de 1997