Entrevista:VA DE RETRO

Memorias de un 'Marco Polo'

Lorenzo del Amo promovió el primer viaje de aventuras que se organizó en Madrid en 1974

"He buscado durante mucho tiempo un lugar para vivir y al final he llegado a la conclusión de que Madrid es mi sitio' El hombre que hace esta declaración, Lorenzo del Amo, tiene 46 años, lleva un diamante incrustado en un diente y fue el promotor del primer viaje de aventuras organizado que salió de la capital, en 1974. Nueve personas se citaron el 10 de octubre de hace 23 años en la casa de Lorenzo, la misma en la que todavía reside, en la madrileña calle del Crucero 25 de Mayo, para partir hacia Katmandú. Lo hicieron en una furgoneta especialmente acondicionada para dormir en ella y recorrer miles de kilómetros. Estuvieron fuera tres meses y medio, y sólo regresaron cuatro de ellos; el resto se quedó en la India. Cuando Lorenzo organizó el itinerario Madrid-Katmandú tenía poco más de 20 años, pero era ya un experto viajero. Había recorrido Europa en auto-estop y había intentado dar la vuelta al mundo, pero la India le atrapó y allí vivió durante lo meses en una comuna hippy. En su casa de Madrid instaló una tienda de artículos exóticos, mucho antes de que este tipo de negocio proliferara en la capital.Fueron los británicos quienes popularizaron a mediados de los años sesenta esta forma de viajar denominada overland, es decir, viajes por tierra, largos y difíciles, en los que no se conoce la fecha de regreso, y que tuvo una gran aceptación entre los hippies."La gente tenía que abandonar el trabajo o pedir permiso sin sueldo, porque no sabían cuándo iban a regresar, pero no les importaba. Ahora ninguna agencia organiza viajes de este tipo porque no se apuntaría nadie. Yo lo he intentado, pero es inútil", comenta Lorenzo, al que un accidente hace 15 años -se golpeó una vértebra con una piedra mientras se bañaba en el río Níger- le provocó una grave parálisis que le obliga a permanecer desde entonces en una silla de ruedas. Pero antes había hecho casi de todo, "menos montar en submarino", aclara.

Este Marco Polo madrileño, que viajó en tractor desde Camerún hasta Tanzania, recuerda que hace tres lustros eran pocos los que se animaban, no ya a emprender un viaje de aventuras, sino a visitar un país de África o Asia. "Entonces eran los yuppies quienes iban a la India o Egipto. Era una cuestión de status. Ahora, como ya viajan las secretarias y los botones, ellos prefieren veranear en Alpedrete, lo pasan como Dios y no se complican la vida"."En España no existe una cultura viajera añade. "Hay un porcentaje alto de gente que viaja para tachar países del pasaporte, por esnobismo o por que mola mucho enseñar las fotos. Hay incluso quien lo hace por obligación y lo pasa fatal. Por fortuna, también hay personas que viajan porque les gusta".Lo que animó definitivamente a los españoles a emprender la aventura africana fue la película Memorias de África, que se estrenó hace una década. "Al poco tiempo del estreno se fletaron cuatro chárteres semanales desde Madrid y Barcelona. Hasta entonces nadie se había interesado por Kenia. En plan turístico se vende lo que está de moda. Parece absurdo, pero a Laos no iba nadie hasta que no pillaron allí a Luis Roldán. Actualmente es un itinerario muy solicitado y lo han bautizado ruta Roldán".La experiencia de Lorenzo es muy valorada por las agencias madrileñas, con las que colabora programando itinerarios, sobre todo por el continente africano. Este verano ha organizado cuatro grupos que han recorrido Kenia, Etiopía, Zimbabue y Namíbia. Son viajes de un mes, cuyo coste oscila entre las 300.000 pesetas y el medio millón, a los que se apunta gente de entre 30 y 45 años. "Es una experiencia a veces dura, pero muy atractiva y gratificante. Se convive las 24 horas del día, en un camión, sin intimidad y surgen tensiones y, por supuesto, grandes pasiones, amor y odio. Un mes en un viaje de este tipo equivale a un año de vida aquí, y hay quien dice que más".

Le fastidia especialmente el síndrome del turista, cuyos síntomas son hacer fotos sin parar y comprar compulsivamente. "Una práctica que a mí me repatea es cuando se llega a un poblado y todo el mundo sale disparado, cámara en ristre, a hacer fotos, sin decir hola o sentarse unos minutos con el paisano para pedirle permiso. Hay tribus, como los masais, tan hartas que no se dejan fotografiar si no pagas. O el afán por comprar, cuando en cualquier gran Almacén encuentras hoy toda clase de objetos exóticos".

Él lo achaca a la falta de cultura viajera. "Un español llega a un hotel de un lugar que está a hacer puñetas y quiere que le suban las maletas. Como ha pagado piensa que tiene derecho a todo. Los japoneses o los alemanes llevan su equipaje a la habitación y no protestan".

En cambio, a la hora de divertirse, los españoles no tienen competencia. "Los británicos, que son los más viajeros, llegan a un sitio y lo primero que hacen es montar las tiendas de campaña; se levantan a las seis de la mañana y a las siete están listos para partir. Los españoles en cuanto para el camión salen corriendo al bar, están de bronca hasta las dos o las tres de la mañana y a las ocho no hay quien les saque de la cama. Aunque esta indisciplina tiene sus inconvenientes, se lo pasan mucho mejor", reconoce.

A pesar de su accidente, considera que los viajes de aventura no entrañan un pe ligro especial, siempre que no se come tan imprudencias. "A mí, antes de rom perme, no me habían dado ni un solo pun to ni había contraído ninguna enferme dad. Lo que me ocurrió fue una cuestión de mala suerte". Su domicilio está lleno de objetos que evocan países lejanos. Está soltero y vi olo. Echa de menos las noches estrelladas en el desierto del Sáhara, o dormir en un hotel cutre de cualquier rincón del mundo. Sus limitaciones físicas le impiden viajar de la manera que a él le gustaría. "Puedo recordar cientos de bellas imágenes y soñar con ellas, pero he perdido la sensación de lo que sería volver a andar por la calle. La imaginación no me da para tanto. Si volviera a caminar, no pararía hasta dar la vuelta al mundo", concluye.

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