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A gusto

Todos los meses del año, excepto febrero y pico de noviembre, son amigos míos; y algunos, como marzo, junio o agosto, íntimos. En su momento, no pude ocuparme de junio, por falta de manos, y ahora, ante el temor de que esto vuelva a repetirse, he decidido lanzarme sobre el teclado para impedir que asuntos venideros se crucen en mi camino. Sí, lector sin bufanda, se presentó por fin agosto, el señor del verano, el único mes silencioso de cuantos llegan a Madrid, y la ciudad se acomoda desde entonces a su influjo. Guapísimo está a fecha de hoy, y más lozano que nunca. Huele a él en todas partes: en las aceras, en los parques, en lo profundo de los portales... Si uno se fija con atención, en agosto los minutos pierden agilidad, se amodorran y resbalan por el aire a su antojo, como el mercurio en un dedal. Y todavía más: esta lentitud altera el espacio-tiempo y, paradójicamente, por inercia, las ondas sonoras se estiran y cobran nuevos bríos. No sé otros, pero yo oigo el mar en agosto, y lo hago desde aquí, sin moverme del barrio. Es un murmullo leve, remoto, procedente de un mar situado a cientos o a miles de kilómetros; y muy real.Quién sabe cómo se comportará el mes de agosto en Mbandakaa, en Boston o en Kiev (ciudades que nunca visité): bien, supongo, pero dudo mucho que en estos sitios se entregue a la causa con la misma entereza que aquí. Cuestión de silencio, como decía antes, que bien utilizado nos permite retroceder en el tiempo y recuperar el dominio perdido en aquel momento clave de nuestra historia, cuando el protohumano no sabía si convertirse en ave, mamífero o reptil. Un gran compinche, el silencio de agosto, en Madrid, y más al caer la noche, cuando empieza a soplar la brisa, duermen las acacias y probablemente sueñen. Durante el día, sin embargo, el mundo se divide en dos secciones: a un lado el sol canicular, y enfrente, su sombra; poca cosa serían el uno sin la otra, y ambos lo saben, de manera que nunca se traicionan. Las tardes de Madrid son perezosas, de goma, cálidas y largas, salpicadas de vez en cuando por un crujir de tormenta. El alba, tranquilo, y las mañanas, sólo un anticipo de lo que llegará a partir del mediodía: el sopor del mundo. Alguien dijo una vez que agosto entiende de Alquimia: sabia reflexión, sin duda, ya que este mes discurre por libre y no acata los mandatos celestes.

Y el secreto de este encanto sólo puede deberse a una circunstancia: la huida en masa de los madrileños. Es una ley inexorable: a menor multitud, mayor sustancia, y al revés; y de ahí que Madrid mejore tanto en estos días. Comprendo, e incluso aliento, la postura de quienes parten. No me parece mal que se ajusten con disciplina a los tiempos que corren, ni me río de ellos, pero sucede que a mí los tiempos que corren me la refanfinflan (un modo de expresarse no muy apropiado, pero sí eficaz y descriptivo); y por eso, si hay que salir, prefiero julio o septiembre. Muchas personas tienen manía al calor -así era yo de zagal-, pero pasan por alto la calidad indómita del fenómeno, su poder inmenso. Sólo es posible protegerse de él en el agua, escondiéndose en un cubículo con ventilación falsa o recurriendo al sortilegio. Y a este respecto, existe un ciprés en el Sáhara de unos 2.500 años que sobrevive gracias a sus gigantescas raíces; estas se abren paso a través de la tierra, penetran y penetran en ella más que ningún otro ser vivo, y alcanzan, muchos metros más abajo, las aguas subterráneas. Y debe ser fuerte el amigo, ya que vive completamente solo, y en plena forma, pese a ser contemporáneo del profeta Ezequiel. Lástima que los árboles no puedan viajar al estilo de los animales, porque me gustaría que el viejo ciprés viniera a pasar unos días con nosotros. Por calor que no quede, y por soledad, tampoco. En resumen: ¡qué bueno es tener a los demás de vacaciones! Que sigan así: en agosto, en septiembre y en octubre, y el resto del año, puestos a pedir. Yo les pago los gastos, ¡ejem!, es una broma, aunque lo cierto es que no deben preocuparse: aquí, mientras nos dejen, vamos a seguir cuidando la ciudad con verdadero mimo. Mientras nos dejen, sí, porque cualquier día, dado el vértigo del mundo, agosto puede acabar convertido en un bloque de oficinas.

En mi opinión, las cosas marchan muy bien así. Nadie sobra, nadie falta. En este momento estamos los justos, sabemos manejarnos y no es preciso que parta más gente. Además, tampoco es cuestión de apretar las clavijas, y quedarse sin lectores, algo fatal para más de uno; y no me quiero señalar.

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