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Tribuna

El 'zulo'

Lectura de la traducción de Frassinelli de mi poema Ciudad. Cena en la terraza de Bárbara, la responsable de Librería Feltrinelli en Génova, maravillosa platea sobre Il Duomo iluminado. Cuarenta y ocho horas para lograr un menú: fritelle di baccalá, focaccia alla salvia, tronette al pesto, cima alla genovese, cappon magro, ripieni di verdura, canestrilli, panera. Uno de los invitados es el arquitecto Aristos Cirruzzi, comandante partisano comunista, combatiente con Pertini, socialista, en la reconquista de la ciudad frente a los nazis. El comandante habla el español aprendido en tiempos de solidaridades generosas, de ética de la resistencia. Entre los asistentes, el dottore José Marino, italo-vasco, en el pasado uno de los puentes clandestinos entre el PCE y el PCI. De mi inopia de estrella invitada me saca la noticia que me da Marino: ETA ha soltado a Delclaux y la Guardia Civil ha liberado a Ortega Lara.Luego me llegarán los detalles. Me encierro con Ortega Lara en ese zulo, en el momento en que le enfoca una linterna y se siente el ser más amenazadoramente iluminado de la tierra después de haber sido el secuestrado más pasteleado de este mundo. El guardia civil que le libera describe su posición como fetal, el autoengaño de ensimismarse como si aún protegieran los líquidos placentarios de la madre. La posición de las angustias y los pánicos paralizantes, de la definitiva desesperanza. También me entero de que los secuestradores han permitido a Cosme Delclaux leer dos libros, uno de ellos mío, Pasionaria y los siete enanitos, mi balance del claroscuro de la ética revolucionaria del siglo XX. Escrito a mi favor de la lucha por las libertades, a favor del comandante Aristos, a favor de la arriesgada generosidad que ha movido a los combatientes sociales desde 1789. No. No lo escribí como texto obligatorio de zulo.

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